Stella Me remuevo entre las sábanas, aunque aún no ha amanecido, mientras la luz grisácea del cielo empieza a filtrarse por el enorme ventanal de la habitación. Lars me aprieta contra su pecho con un fervor que corta la respiración, como si no existiera posibilidad de separación entre nosotros, como si este instante pudiera detener el tiempo. Llegué ayer por la mañana a Nueva York, y allí estaba él, esperándome en el hangar con un ramo de rosas. Mi corazón se aceleró apenas lo vi; después de tres largos meses sin poder vernos, cada segundo de espera había valido la pena. Nos habíamos conformado con llamadas interminables y una avalancha de mensajes, pero nada se comparaba con tenerlo frente a mí, con su sonrisa, su olor, su presencia que siempre me hacía sentir segura. A pesar de la dis

