El Despertar de la Sangre Plateada

2131 Words
La tierra de los Montes de Hierro no solo bebió la sangre de Elena; la devoró con la sed de quien ha pasado un siglo en el desierto. En el instante en que la primera gota de plata líquida se filtró en la tierra y continuo en las grietas del suelo de la cueva de cuarzo, el velo de Anuk, que había envuelto al mundo en un silencio artificial durante cien años, se deshizo como ceniza en un vendaval. No fue un cambio sutil. Fue una explosión de energía blanca que recorrió las venas de la montaña, viajando a través de las raíces de los árboles y los cauces de los ríos subterráneos. El conjuro de la Luna Roja, esa prisión de cristal que había condenado a los lobos blancos a vivir como humanos frágiles, acababa de ser revocado por el sacrificio involuntario de la heredera. La Agonía del Primer Despertar A kilómetros de la cueva, en los límites del territorio de la Garra de Bronce, el aire se volvió denso y eléctrico. Lyra y Selene, que corrían escoltadas por sus parejas destinadas de regreso a la manada, una decisión de Silas al ver que las hermanas iban a transformarse, cayeron emitiendo gritos que helaron la sangre de los guerreros que las rodeaban. —¡Lyra! —rugió Silas, atrapándola antes de que su cabeza golpeara un tronco. La transformación había comenzado. Pero no era la transición fluida y natural que experimentaban los jóvenes de la Garra de Bronce a los once años. Para las hermanas, cuyas estructuras óseas y musculares se habían solidificado en su forma humana durante más de dos décadas, el despertar era una tortura medieval. Sus huesos empezaron a romperse y a reubicarse con el sonido seco de ramas quebrándose. —¡Aaah!...Los gritos de dolor y el ruido de los huesos invadieron la atmósfera del bosque. —¡Selene, mírame! ¡Mantén el aliento! —Bastien sujetaba a su compañera, cuyos ojos grises habían desaparecido tras una neblina de plata pura. La piel de Selene ardía, y de sus poros empezaba a brotar un pelaje tan blanco que cegaba. —Es la transformación... —logró gemir Lyra entre espasmos de dolor insoportable—. Anuk nos selló... y la carne... la carne se resiste a la magia... ¡Aaah! Silas, el ejecutor, sintió un terror que nunca había experimentado en el campo de batalla. Ver a su mate siendo destrozada y reconstruida por su propia herencia lo volvía loco de impotencia. —Tenemos que llevarlas a la manada —sentenció Silas, cargando a Lyra con una urgencia brutal—. Necesitan el suelo sagrado de la Gran Casa para estabilizarse, o el dolor detendrá sus corazones antes de que el lobo emerja. Bastien asintió, envolviendo a Selene en su capa mientras ella se retorcía, sus uñas se alargaban hasta convertirse en garras de marfil. Silas se giró hacia Jaxon, uno de sus guerreros más aguerridos y letales, un hombre cuya lealtad a la corona de bronce era absoluta. —Jaxon, quédate con Caleb —ordenó Silas, su voz vibrando con la autoridad del ejecutor—. Él ha salido disparado hacia la cueva como una bestia poseída. Está con un pequeño grupo de nuestros hombres, tal vez contra cientos del Ébano. Asegúrate de que no muera, dirige a la tropa, les enviaré más combatientes para que limpien la zona de esas escorias. Desconozco cuantos cambiaformas de los Ébano están en la cueva. ¡Protege a nuestro Alfa! Jaxon asintió una sola vez, sus ojos brillando con la promesa de sangre, se lanzó bosque adentro hacia la Caverna de Cuarzo con una pequeña tropa, mientras Silas y Bastien emprenden una carrera desesperada de vuelta a su territorio con las últimas hijas del invierno en brazos. La Masacre en la Cueva y la Infamia de Malphas Mientras tanto, frente a la entrada de la cueva que ya estaba sellada, el caos era absoluto. Caleb había llegado como un torbellino de pelaje bronceado y garras de acero. Su lobo estaba en un estado de frenesí; el olor de la sangre de Elena en la tierra lo había sumergido en un trance de muerte. El ejército de los Colmillos de Ébano se interponía entre él y la entrada. El lobo de Caleb luchaba con una fuerza sobrenatural. Cada zarpazo degollaba a un rastreador, cada mordida quebraba el cuello del enemigo. Pero eran demasiados. Los Ébano, liderados por la crueldad de su general, estaban decididos a reclamar la cueva. Malphas, observaba con ojos lujuriosos a la hermosa guerrera Kaia, que se mantenía como la última línea de defensa frente a la grieta. La guerrera blanca estaba exhausta, con el arco roto y la ropa manchada de sangre de sus enemigos. Una sonrisa asquerosa se dibujó en el rostro de Malphas. Su mente, retorcida por siglos de odio y ambición, no solo buscaba la victoria militar. Buscaba la profanación. —Miren esa belleza de nieve —siseó Malphas a sus hombres, su voz cargada de una lujuria enferma—. Dicen que la sangre de una loba blanca es más dulce cuando grita de humillación. Primero tomaré lo que me plazca de ella, la romperé hasta que sus ojos pierdan ese brillo de orgullo, y luego le cortaré la garganta para ver si su sangre termina de abrirnos el camino a esa cueva. Malphas se lanzó hacia la entrada, esquivando a un guerrero de bronce que lo intentaba interceptar. Con una fuerza bruta potenciada por su magia oscura, sujetó a Kaia por el cuello, estrellándola contra la pared de piedra. —¡No! —gritó Kaia, intentando clavarle una daga, pero Malphas era un depredador experimentado. La desarmó con un golpe seco y empezó a arrastrarla hacia la espesura de los árboles, lejos de la vista de la batalla principal. —Grita todo lo que quieras, maldita sangre blanca —gruñó Malphas en su oído, rasgando parte de su túnica de cuero—. Tu manada está a punto de desaparecer, no tienen un protector, no cuentan con un alfa, estás sola, tonta mujer sin colmillo. Hoy conocerás lo que es un verdadero macho de Ébano. Crees que ese minúsculo ejército de Caleb podrá contra nosotros. Es probable que venga por lo mismo que nosotros por la Loba Blanca que está sepultada en esa cueva. Kaia emitió un grito de auxilio, un sonido desgarrador que no pedía por su vida, sino por su honor. Pero Malphas era implacable. Se detuvo por un segundo para ordenarle a uno de sus rastreadores: —¡Ve con el Gran Alfa! Dile que la manada de Caleb nos ataca con todo, que desista de enviar más hombres aquí hasta que yo consolide el control de las lobas. ¡Dile que el premio es mío! La Intervención de Jaxon y la Huida del General Kaia ya no tenía fuerza, luchaba por no transformarse y veía de lejos como los pocos miembros de su manada estaban siendo destrozados por los Ébanos. Malphas le había pedido a varios de sus hombres que abusaran sexualmente de las mujeres que acompañaban a Kaia. Guerreras que harían lo que sea por defender a su manada, pero sus cuerpos también estaban pasando por un sufrimiento inexplicable. Sin embargo, ella tenía el mismo destino que sus compañeros, eran presas fáciles de los Ébanos. De repente sintió las manos de aquel monstruo en su cuerpo, la despojó de sus ropajes dejándola desnuda. Sintió como aquel asqueroso tomaba uno de sus pechos y se lo llevaba a la boca, chupaba como un animal sus senos, mientras manoseaba sus partes íntimas. Kaia se armó de valor y emite su último grito humano. —¡AUXILIOOOOOOO!.... De repente una enorme aparición llego en el momento que Malphas entre golpes y quitándose su ropa, iba a violar a la chica. No era un lobo. Era Jaxon en su forma humana, con el torso desnudo y un hacha de batalla doble que parecía demasiado pesada para un hombre mortal. Sus ojos estaban fijos en Malphas con una promesa de exterminio. —Suéltala, basura de pantano —dijo Jaxon. Su voz no era un grito, era una sentencia de muerte. Malphas soltó a Kaia, quien se separó como pudo de aquel monstruo, y se acurrucó como un bebe para cubrir su cuerpo desnudo. —Uno de los perros de Silas —se mofó Malphas—. ¿Crees que puedes detenerme? La pelea fue breve pero brutal. Jaxon no buscaba el estilo, buscaba el daño. Esquivó la primera estocada de Malphas, recibiendo un corte superficial en el hombro, solo para conectar un puñetazo que rompió la mandíbula del general de Ébano. Malphas intentó usar su velocidad, pero Jaxon era un muro de piedra. Con un movimiento ascendente de su hacha, Jaxon cercenó dos dedos de la mano derecha de Malphas y le abrió un tajo profundo en el pecho, desde el hombro hasta la cadera. Malphas cayó hacia atrás, su sangre oscura tiñendo la nieve que empezaba a caer milagrosamente del cielo. Sabía que estaba vencido. Su cuerpo estaba malherido y la presencia de Caleb en el valle estaba diezmando a sus hombres. —Esto... esto no termina aquí —escupió Malphas, su voz borboteando sangre—. Regresaré con toda la manada. Borraremos a los Garras de Bronce de la faz de la tierra. Y tú, mi perrita virginal,—dirigiéndose a Kaia— volveré para terminar nuestro encuentro pasional. Te cogeré por todas partes hasta que me supliques que me detengas. Usando una bomba de humo mística, Malphas se desvaneció entre las sombras antes de que Jaxon pudiera dar el golpe de gracia. El general necesitaba vivir para informar a su Alfa; la guerra de guerrillas se había convertido en una guerra total, y necesitaba un plan para destruir a los Garras de Bronce desde sus cimientos. Jaxon no lo persiguió. Se arrodilló junto a Kaia, cubriéndola con su propia camisa. —¿Estás bien, guerrera? —preguntó Jaxon, con una inusual suavidad en su voz. Kaia asintió, se sentía segura con aquel hombre. Su cuerpo empezó a ceder a la dolorosa transformación. Fue tanta la tensión que se desmayó frente a Jaxon. El hombre al ver la condición de la chica la tomó en sus brazos. No sin antes verificar si todo estaba bien con su Alfa. El Aullido del Alfa Desesperado Caleb, en su forma de lobo, terminó de desgarrar al último de los Ébanos que quedaba en el claro. Su pelaje bronceado goteaba sangre enemiga, pero sus ojos estaban fijos en la entrada de las Cavernas de Cuarzo. La cueva estaba herméticamente cerrada. Las rocas que Kaia había derribado se habían fusionado con el cuarzo gracias a la magia de la sangre de Elena, creando una barrera translúcida pero indestructible. A través del cristal esmerilado de la entrada, Caleb podía ver un resplandor blanco, rítmico, como el latido de un corazón gigante. Elena estaba allí dentro, transformándose sola, sufriendo la fiebre que la Diosa Luna había dictado para su despertar. Y junto a ella, Maia, desangrándose por su herida en la panza. Caleb se acercó a la pared de cuarzo y rascó la superficie con sus garras, dejando marcas inútiles en la piedra mística. No podía sentir su aroma. El cuarzo bloqueaba el vínculo de apareamiento, dejándolo ciego ante el estado de su compañera. Los lobos de la Garra de Bronce que lo acompañaban, exhaustos y heridos, rodearon la entrada. Intentaron empujar, usaron sus hombros y sus fauces para mover los escombros, pero era como intentar mover una montaña con las manos desnudas. Caleb retrocedió un par de pasos. Su pecho se infló, cargando no solo aire, sino todo el dolor y la frustración de cien años de soledad de su linaje. Elevó el hocico hacia el cielo, donde la luna parecía brillar con una intensidad plateada que nunca antes se había visto, y emitió un aullido largo, profundo y desgarrador. No era un aullido de victoria. Era un llamado de auxilio a la Diosa, un grito de guerra contra el destino y una promesa de que no se movería de ese lugar hasta que el cuarzo se rompiera o él mismo se convirtiera en piedra. A lo lejos, en las montañas vecinas, otros aullidos empezaron a responder. No eran los aullidos de los Garras de Bronce. Eran aullidos claros, agudos y gélidos. Eran los sobrevivientes de la Manada del Invierno que, en granjas aisladas, sótanos olvidados y bosques lejanos, estaban rompiendo sus armaduras de cristal y revelando sus pelajes blancos al mundo por primera vez en un siglo. La Manada del Invierno se había despertado. Y la nieve empezaba a cubrir los Montes de Hierro, preparándolos para la batalla que decidiría quién era el verdadero dueño de la noche.
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