El horizonte no era más que una marea de sombras. Miles de lobos de la manada del Ébano descendían por las laderas como una mancha de petróleo sobre la nieve inmaculada. No había aullidos de advertencia, solo el retumbar rítmico de tambores hechos con piel humana y el entrechocar de las armaduras de obsidiana. Nor no venía a parlamentar; venía a borrar la existencia de los Bronce de la faz de la tierra.
En los muros de la fortaleza, Silas, Jaxon y Bastien observaban el avance. La desproporción era ridícula. Por cada guerrero de Bronce, había diez colmillos sedientos de sangre bajo el mando del Gran Alfa.
—No podemos sostener estos muros —sentenció Jaxon, su voz resonando con una autoridad gélida—. Si nos quedamos, esta será nuestra tumba y la de los cachorros. Silas, propongo la evacuación inmediata a los túneles de los Centinelas. Son estrechos, el terreno nos favorece y podemos llevar a la manada a las profundidades donde el ejército de Nor no significará nada.
Silas apretó los puños, mirando los alrededores que sus antepasados habían defendido por siglos. Pero como líder interino, la supervivencia de la especie pesaba más que las piedras. —Hazlo. Jaxon, guía a la retaguardia. Lyra, guiará a los civiles. ¡Abandonen la fortaleza!
El Sacrificio del Guardián Roto
Mientras la manada recogía todo lo que pudiesen llevar con ellos hacia los pasadizos secretos, Bastien no se movió se quedó con un pequeño grupo de sus rastreadores. Permaneció junto a la pira funeraria donde el cuerpo de Selene era rodeado por las llamas azules de las chamanes. Sus ojos no reflejaban miedo, solo un vacío absoluto.
—¡Bastien, muévete! —le gritó Torin mientras pasaba.
—Vayan ustedes —respondió Bastien sin mirarlo—. Yo voy a distraer un poco al enemigo.
Cuando las puertas de la fortaleza fueron derribadas por la fuerza bruta de los Ébanos, Bastien se lanzó como un rayo hacia el frente con su pequeña banda de compañeros. No peleaba como un soldado, sino como una fuerza de la naturaleza. Logró abrirse paso entre la horda hasta encontrar a su objetivo: Sköll, el hermano de Valka, el asesino de su mujer.
El combate fue una danza de odio. Bastien logró desgarrar el hombro de Sköll, pero la superioridad numérica pronto se hizo sentir. Nor, observando desde el trono improvisado en el patio, hizo un gesto seco. Sus otros hijos se abalanzaron sobre Bastien, inmovilizándolo contra el suelo helado.
—¿Buscabas venganza, pequeño lobo? —siseó Nor, acercándose con un frasco que emitía un brillo lunar antinatural—. El hierro mata el cuerpo, pero la plata líquida deshace el alma.
Bastien forcejeó, pero los hijos de Nor le abrieron la mandíbula por la fuerza. Vertieron el metal fundido por su garganta. El alarido de Bastien se ahogó en un borboteo de vapor y carne quemada. Sus órganos internos se convirtieron en ceniza líquida mientras la plata recorría sus venas.
Con sus últimas fuerzas, Bastien se arrastró hacia la pira de Selene. Los Ébanos lo miraban con una mezcla de asco y fascinación. Subió los peldaños de piedra ardiente y se acostó al lado de los restos de su amada. —Espérame... —susurró antes de que las llamas lo reclamaran. Ya es hora de partir mi preciosa loba.
Sus cuerpos se fundieron en un solo abrazo de fuego, desapareciendo antes de que Nor pudiera profanarlos.
Nor miro a los alrededores de la fortaleza, no había nada. Los Bronces se habían retirado y con ellos, su hija. Un pequeño triunfo que aún sabía amargo.
La Ley de Unión y el Castigo Subvertido
En la entrada de los túneles, Kaia sintió el momento exacto en que el vínculo de Bastien se extinguió. Fue un vacío súbito, un eco del dolor de Selene. Se transformó instantáneamente. Una loba blanca de proporciones colosales rugió, girando sobre sus pasos para regresar a la fortaleza y despedazar a Sköll.
—¡Kaia, no! —Jaxon la interceptó, bloqueando el camino con su cuerpo—. ¡Es una trampa! ¡Te matarán antes de que cruces el patio!
Kaia le lanzó un zarpazo que Jaxon apenas esquivó. Sus ojos plateados estaban inyectados en sangre, desconociendo a su protector.
—¡Apártate, carcelero! —rugió ella a través del vínculo—. ¡Mi sangre clama justicia!
Jaxon, viendo que la manada se detenía a observar el descontrol de su mujer, supo que debía actuar. Invocó la Ley de Unión, una frecuencia mística que solo el Protector y su protegida compartían. —¡Kaia, por la sangre que nos une y el pacto que prometimos cumplir: Detente!
—La voz de Jaxon resonó no solo en el aire, sino en los huesos de Kaia.
El cuerpo de la loba blanca se paralizó, vibrando bajo el peso de una obediencia ancestral que no podía ignorar. Jaxon la sujetó por el cuello, sometiéndola contra la pared de piedra mientras ella volvía a su forma humana, temblando de rabia y humillación.
—Le has faltado al respeto a tu Protector frente a toda la manada —dijo Jaxon, con una dureza que ocultaba su propio dolor—. Silas, llévalos al punto de encuentro. Yo me encargaré de Kaia. Debe ser castigada según las leyes del Consejo.
La manada murmuró, asombrada. Lyra seguía conduciendo a las mujeres y cachorros, por un instante reconoció que Kaia se había sobrepasado con esa sed de venganza. Silas asintió, llevando a los sobrevivientes hacia las profundidades, mientras Jaxon arrastraba a una Kaia desafiante hacia un claro secreto en el bosque, lejos de los ojos de los demás.
El Calma tras la Tormenta
Cuando llegaron al claro, rodeados de pinos centenarios, Jaxon soltó a Kaia. Ella se puso de pie, lista para recibir el azote o el golpe. Estaba preparada para odiarlo, para usar ese odio como escudo contra la pérdida de su hermana y cuñado.
Jaxon levantó la mano, pero su mano temblaba. Miró a la mujer que tenía enfrente: su piel manchada de ceniza, sus ojos llenos de lágrimas contenidas y su alma rota. No pudo. El "Ejecutor" se desmoronó.
En lugar de un golpe, Jaxon la envolvió en un abrazo desesperado. Sus labios buscaron los de ella con una pasión que no era de castigo, sino de redención. Kaia intentó luchar al principio, golpeando su pecho, pero el calor de Jaxon y la desesperación de su beso la desarmaron.
Se entregaron allí mismo, sobre el lecho de agujas de pino y nieve, en un acto que no era sexo, sino una ceremonia de curación. Cada caricia de Jaxon borraba un moretón del alma; cada gemido de Kaia soltaba una pizca del luto que la asfixiaba. En esa unión, Kaia sintió que el fuego de Jaxon no la quemaba, sino que la forjaba de nuevo.
El Despertar de la Sucesora de Anuk
Fue en el clímax de esa unión, cuando sus almas se rozaron sin las barreras de los títulos o los pactos. Kaia descansaba sobre el pecho de su hombre, su protector. Mientras Jaxon acariciaba su cabellos, sus brazos y besaba su frente. Ambos renovaron aquella unión de protección.
—¿Por qué no me castigaste, Jaxon?—me lo merecía, sostuvo Kaia.
—Porque te amo. Este amor me está quemando por dentro, la última vez que te castigue me dolió mucho, estuve aullando, corriendo por el bosque. Le pedí a la luna que nos libere de esta unión y me permita marcarte como mi pareja destinada.
Kaia busco los labios de su hombre y lo beso profundamente. Jaxon hizo lo que ningún Protector hace, confesarle su amor, tener afecto y compasión. De repente se apartó de él al sentir algo en su pecho.
Un estallido de luz blanca-rosa emanó del pecho de Kaia, lanzando una onda expansiva que hizo que los árboles cercanos se cubrieran instantáneamente de escarcha plateada. Jaxon retrocedió, asombrado.
El cuerpo de Kaia comenzó a levitar levemente. Sus ojos ya no eran plateados, eran de un blanco absoluto, como dos lunas llenas. En su frente, una marca rúnica que nadie había visto en milenios empezó a brillar: El Glifo de Anuk, la Primera Loba, la Madre de la Creación y la Destrucción.
Kaia descendió después que el signo marcó su frente y colocó sus manos sobre la tierra, sintió la conexión con la montaña. Pudo sentir a Caleb en la cueva, pudo sentir a los chamanes sacrificados, a todos los lobos blancos sobrevivientes y pudo sentir la podredumbre en el corazón de Nor.
—Ya no quiero ser tu protegida, Jaxon —dijo Kaia, y su voz sonaba como mil voces susurrando a la vez—. La sangre de Selene y Bastien ha fertilizado la tierra, y la Diosa me ha dado la llave. Soy la Sucesora de la Manada de la Nieve. Soy el final de los Ébanos.
Jaxon se arrodilló, no por ley, sino por reverencia. La mujer que amaba ya no era solo suya; era la esperanza de una estirpe que se negaba a morir. El asedio de Nor apenas comenzaba, pero por primera vez en la historia, los Bronce tenían algo que el Gran Alfa nunca podría poseer: el poder de la sangre original despertado por el amor, no por el odio.