Conflictos en la fortaleza y el reencuentro

1662 Words
La fortaleza de la Manada de la Garra de Bronce respiraba con una pesadez nueva. El aire, antes cargado solo de testosterona y humo de leña, ahora estaba impregnado con el aroma gélido y dulce de las Lobas Blancas. La revelación de la estirpe de Anuk no solo había despertado leyendas; había encendido un fuego biológico que amenazaba con devorar la cordura de los guerreros más veteranos. El Reclamo de la Sangre: Entre la Entrega y el Instinto En los aposentos privados de la planta superior, el silencio era casi doloroso. Silas, el ejecutor, observaba a Lyra con una fijeza que recordaba a un depredador acechando su tesoro más preciado. Lyra, ya recuperada de la violencia de su transformación, se movía por la habitación con una gracia nueva, su cabello de plata pura cayendo como una cascada sobre la túnica blanca con diseños dorados que la cubría. El vínculo de apareamiento, potenciado por la proximidad de la guerra, estaba alcanzando un punto de no retorno. Silas sentía la vibración en su médula ósea; su lobo exigía marcarla, reclamar su aroma y fusionar sus almas para protegerla del caos exterior. —Te mueres por hacerlo —susurró Lyra, acercándose a él. Sus ojos verdes, ahora con notas plateadas, no reflejaban miedo, sino una aceptación vibrante. —Si, me muero por marcarte, Lyra, ya no habrá vuelta atrás —respondió Silas, con determinación—. No solo serás mi compañera ante la Diosa; serás la propiedad más valiosa de la manada Garra de Bronce. El Consejo no te dejará escapar. Simultáneamente, en otra ala de la fortaleza, Bastien y Selene vivían su propia danza de seducción y tensión. Bastien, siempre ágil y burlón, se encontraba inusualmente serio. Su mano recorría la espalda de Selene, trazando la columna vertebral de la loba que ahora habitaba en ella. —Siento tu presión, Bastien —dijo Selene, inclinando la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello—. Siento cómo tu bestia quiere devorar a la mía. —No quiero devorarte, Selene. Quiero que seas la dueña de mis instintos —gruñó Bastien, hundiendo la nariz en su piel—. Pero el tiempo se acaba. Los viejos están pidiendo sangre nueva. La Presión del Consejo: El Futuro de la Estirpe Mientras la pasión hervía en las sombras, en el Gran Salón el ambiente era tenso. Hakon, el Guardián de las Crónicas, presidía el Consejo. Ante la ausencia de Caleb, que permanecía como una estatua frente a la cueva sellada, y el estado de demencia senil del padre de Caleb —el antiguo Alfa, que vagaba por los pasillos susurrando nombres de lobos muertos—, el Consejo había tomado las riendas políticas. Hakon golpeó su bastón contra el suelo de piedra. Alrededor de la mesa redonda, los hombres más fuertes de la manada escuchaban con atención. —No podemos permitirnos el lujo de la paciencia —sentenció Hakon—. Las Lobas Blancas son la llave para nuestra supervivencia. Debemos incentivar la unión de nuestros mejores guerreros con estas mujeres. Silas y Bastien ya tienen a sus mates, pero hay más allá afuera, ocultas. La sangre blanca debe mezclarse con el bronce para crear una casta de guerreros que los Ébano no puedan ni soñar con enfrentar. El Consejo estaba decidido: querían que las uniones se consumaran de inmediato. Para ellos, las hermanas no eran solo refugiadas, son la garantía de salvar a la manada y garantizar la futura generación. El Regreso de la Guerrera y el Reencuentro El estruendo de los portones principales interrumpió la sesión. Jaxon entró en la fortaleza escoltando a Kaia. La mayor de las hermanas caminaba con la cabeza alta, aunque sus ojos reflejaban el trauma del ataque de Malphas. Jaxon, imperturbable y sólido como una roca, se mantuvo un paso detrás de ella, su mirada barriendo la sala para asegurar que nadie se propasara con su protegida. El reencuentro de las tres hermanas fue una explosión de alivio. Lyra y Selene bajaron de sus aposentos y se lanzaron a los brazos de Kaia. Durante unos minutos, no hubo lobos, ni consejos, ni guerras; solo tres mujeres que habían sobrevivido a un siglo de mentiras. —¿Dónde están Elena y Maia? —preguntó Lyra, apartándose para mirar a Kaia a los ojos. Kaia bajó la mirada, su voz temblando por primera vez. —Las sellé, Lyra. No tuve opción. Elena estaba desangrándose y los Ébano estaban sobre nosotros. La cueva de cuarzo las tiene. Están atrapadas allí, y Caleb, el alfa de esta manada está afuera intentando entrar. Lyra sintió un frío repentino. Sus habilidades chamánicas, ahora despiertas por su transformación, le trajeron visiones de la cueva, de las esferas de cristal y de la energía de Anuk. —Elena no puede abrir esa cueva sola —dijo Lyra con urgencia—. La sangre de la loba blanca activa el sello, pero se necesita la frecuencia de un chamán para liberar el cuarzo. Si no voy ahora, la energía de la magia colapsará y la cueva se convertirá en su tumba. El Dilema de la Marca y la Protección Lyra giró hacia el Consejo, sus ojos brillando con determinación. —Debo ir a la Caverna de Cuarzo. Mi hermana me necesita. —¡No! —La voz de Silas resonó con una autoridad final—. No saldrás de este territorio mientras los Ébano patrullen los bosques. Eres demasiado valiosa para arriesgarte en un viaje suicida. —Silas tiene razón —añadió Hakon—. Una Loba Blanca sin protección es una carnada para Malphas. La única forma en que este Consejo permitiría que salieras es si vas escoltada por una fuerza de élite, y solo permitiremos eso si tu unión con Silas es oficial. Lyra miró a Silas. Sabía lo que eso significaba. En la cultura de los lobos, una hembra "no marcada" generaba desconfianza y falta de lealtad, pero una hembra "marcada" era parte de la manada, un m*****o con derechos y, sobre todo, bajo la protección absoluta del Alfa y su mate. —Si es el precio para salvar a Elena, lo pagaré —declaró Lyra, mirando a Silas—. Pero no será por obligación del Consejo. Será porque te reconozco como mi compañero. Selene asintió, tomando la mano de Bastien. Ambas hermanas tomaron su decisión en ese momento: aceptarían a sus hombres no como dueños, sino como protectores para poder actuar en la guerra que se avecinaba. —Aceptaremos la unión —dijo Selene—. Pero con una condición: el reconocimiento oficial debe ser hecho por Caleb. Solo el Alpha puede sellar nuestra entrada formal a la manada. Hasta que él regrese, seremos vuestras mujeres por elección, no por ley. —Mis apreciadas lobas blancas. --interrumpió Hakon. Ustedes aún no lo han entendido, solo tendrán voz y voto cuando estén marcadas por sus parejas. Una vez que su sangre y la de nuestros hombres se conecten entonces hablemos de ayudar a sacar a tu hermana de su prisión. Retírense y solo regresen cuando sean las mujeres de Silas y Bastien. Ambas chicas molestas se retiraron a los aposentos de sus machos, para entregarse a sus compañeros. Jaxon y Kaia: Un Vínculo Diferente Mientras Silas y Bastien se retiran con sus parejas para su encuentro íntimo, Jaxon se quedó en el patio de entrenamiento, golpeando un poste de madera con una intensidad que hacía crujir los troncos. A pesar de que no sentía el tirón místico del vínculo de apareamiento con Kaia, no podía dejar de mirarla. Kaia, desde el balcón del salón, observaba los movimientos precisos y brutales de Jaxon. Apreciaba la belleza cruda del guerrero, la forma en que su musculatura trabajaba bajo la piel y la frialdad con la que controlaba a su bestia interna. Ella no buscaba un romance de leyendas; ella buscaba ser letal. Kaia bajó al patio, deteniéndose frente a Jaxon. Él se detuvo, el sudor brillando en su torso desnudo, su respiración agitada. —Jaxon —dijo ella, con voz firme—. Gracias por salvarme de Malphas. Pero no quiero ser una "hermana rescatada" por el resto de mi vida. Jaxon la miró de arriba abajo, sus ojos oscuros analizando la postura de la mujer. —Eres una Loba Blanca, Kaia. Tu lugar es en el refugio, no en el frente de batalla. —Mi lugar es donde yo decida —respondió ella, dando un paso hacia él—. Mis hermanas tienen a sus chamanes y a sus rastreadores. Yo soy una guerrera, pero mi entrenamiento humano no es suficiente para la fuerza de mi loba. Enséñame. Jaxon frunció el ceño. —¿Qué quieres de mí? —Quiero que me tomes como tu aprendiz —pidió Kaia con una seriedad que sorprendió al ejecutor—. Enséñame todo lo que un lobo guerrero de la Garra de Bronce debe saber. Enséñame a usar mi nueva fuerza para destrozar a los Ébanos. Si vamos a ir a esa cueva, no quiero ir como un fardo de pieles. Quiero ir como una espada. Jaxon guardó silencio durante un largo momento. En su manada, las hembras raramente entrenaban con los ejecutores de élite. Pero en los ojos de Kaia vio algo que reconoció: la misma sed de justicia y la misma disciplina que él mismo poseía. —El entrenamiento de un ejecutor no tiene piedad, Kaia —dijo Jaxon, dando un paso hacia ella, reduciendo la distancia hasta que sus pechos casi se tocaban—. No te trataré como a una realeza de tu resucitada manada blanca. Te trataré como a una recluta que puede morir en cualquier momento. —Es exactamente lo que espero —respondió ella, sin retroceder ni un milímetro. Un vínculo especial, nacido no del destino sino del respeto mutuo y la voluntad, comenzó a forjarse entre ellos. Jaxon sentía una curiosidad peligrosa por esta mujer que prefería el sudor y el acero a la seguridad del hogar.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD