- ¡Maldita sea! ¡Qué mierda de atasco! gritó dando un fuerte golpe con las manos al volante.
Se desabrochó el nudo de la corbata.
Le faltaba la respiración.
Respiró hondo para calmarse.
Miró la hora en el reloj del coche: 8:55 horas.
Faltaban cinco minutos para la hora de entrada al despacho.
Comenzó a darle al claxon una y otra vez. Parecía que estaba enloquecido.
A veces odiaba Madrid, otras lo amaba, no había un término medio. En esta ocasión lo odiaba en todo su ser.
Estaba claro que llegaba tarde ya.
No se le ocurría ninguna excusa. Ya las había utilizado todas.
- Piensa, piensa, susurró.
Cogió el móvil para llamar al despacho.
Y entonces cayó en la cuenta: no había leído el último wasap del tal Claudio. Lo había olvidado completamente cuando fue a coger el coche para conducir.
Desbloqueó el móvil y buscó en los wasap no leídos. Allí estaba.
"Quiero volver a repetir lo de anoche pero la próxima vez prefiero en una cama. Los baños no me gustan"
Darío dejó perplejo el móvil en el asiento.
Estaba pálido.
Se desabrochó aún más la corbata.
Marcó el número de teléfono del despacho. Pidió que no se lo cogiera Sophie, porque si lo hacía era hombre muerto. Era la arpía del despacho. La que nadie querría tener nunca como compañera.
Antes de comenzar el tercer tono descolgaron la llamada:
- Buenos días, despacho NY. Al habla Sophie ¿En qué puedo ayudarle?
- ¡Mierda, es ella!
Tenía que decir algo, estaba seguro que ella ya sabía que era él. Le aparecía su número de teléfono en la pantalla.
- Buenos días, Sophie ¿Qué tal estás?
- Hola Darío, ¿Algún problema? Te estamos esperando para la reunión semanal... Te recuerdo que tienes una vista hoy en el juzgado, de nuestro cliente Peter Taylor. Te está esperando ya en la sala de juntas. Por cierto, dice que tiene prisa...
Darío guardó silencio.
- ¡Víbora! pensó.
Los pitidos de los coches comenzaron a sonar, impacientes por salir del atasco y llegar cuánto antes a los trabajos.
- Darío ¿Sigues ahí?
- Si, perdona, me he despistado... Resulta que estoy en un atasco, estoy a punto de entrar a la Castellana. No tardaré mucho, unos minutos quizás... Discúlpate de mí parte con Peter, por favor.
- Faltaría más, se lo transmito de tu parte.
Y Sophie colgó la llamada.
Darío sabía que no se disculparía, no lo haría. La conocía ya muy bien. Ella haría lo que fuera por quitarle su puesto de socio colaborador y ahora él le había dado un motivo para conseguirlo. Estaba ya cansada de ser una simple pasante. Era una mala persona, así de simple. Mentía más que hablaba.
Llegó al número 19 del Paseo de la Castellana.
Se metió por el lateral derecho del edificio en dirección al garaje.
Divisó su plaza y aparcó el Porsche.
Miró el reloj del móvil.
9.25 horas.
Fue apresuradamente hacía el ascensor.
Presionó el botón: una voz en off anunció la planta número 17.
Respiró hondo, necesitaba calmarse, no sabía que podía encontrarse cuando traspasara la puerta del despacho.
Salió del ascensor y recorrió un largo pasillo enmoquetado en dirección al despacho.
Estaba todo en silencio.
Le pareció extraño, no era lo habitual.
Debían de estar ya todos los colaboradores en sus ordenadores aporreándolos.
Miró a través de los cristales y observó perplejo que no había nadie sentado en sus mesas.
Deberían de estar esperándole.
No podían comenzar la reunión sin él.
Abrió la puerta de cristal y saludó a Leo la secretaria que estaba tras el mostrador atendiendo una llamada de teléfono. Ella le hizo un gesto con la mano a modo de saludo. No le sonrió cómo otras veces solía hacer.
Notó cómo le vibraba el móvil dentro del pantalón.
Otro wasap, pensó.
Se moría de ganas de leerlo pero debía contenerse. El cliente le esperaba.
Fue recorriendo el pasillo y comprobó que los mesas de los distintos despachos estaban vacías. Sus compañeros no estaban sentados en sus puestos.
- ¿Dónde cojones están? Se preguntó.
Entró en su despacho y dejó el maletín sobre la mesa.
Encendió el ordenador y conectó la cafetera.
Marcó la extensión interna de Leo:
- Dígame, señor Darío ¿En qué le puedo ayudar?
No le gustaba que le llamara "señor", se lo había advertido numerosas veces pero no surtía efecto alguno.
- ¿Se puede saber donde están todos?
Leo guardó silencio.
- Señor están todos reunidos con Peter en la sala de juntas, están preparando la vista oral de esta mañana. El jefe ha designado a Sophie para llevar el caso y le ha apartado a usted...
Darío colgó el teléfono con un fuerte golpe.
- No puede ser verdad, la mato, pensó furioso.
Se sirvió un café y sacó el móvil del bolsillo.
Esta vez no era el tal Claudio.
Era su madre invitándole a comer a un sushi que habían inaugurado recientemente a escasos metros de donde él trabajaba, en plena Castellana.
- Ok, le contestó.
Se metió el móvil en el bolsillo.
Al instante notó cómo el teléfono volvía a vibrar.
Decidió mirarlo después, pensó que sería su madre de nuevo replicándole al wasap suyo.
Pero se equivocó...