Escuché un grito que resonó por toda la casa. Reconocà la voz de inmediato: era mi madre, Ruth. Dejé lo que estaba haciendo y corrà escaleras arriba, el corazón latiéndome con fuerza. Al entrar en su habitación, la encontré mirándose en el espejo con desesperación.
—¿Mamá, qué pasa? —pregunté, tratando de mantener la calma.
—¡Me salió una arruga! —exclamó Ruth, con los ojos llenos de pánico.
—¿En serio? —pregunté, sin poder evitar que una mezcla de incredulidad y exasperación se filtrara en mi voz.
Sin responderme, mi madre sacó su teléfono y marcó un número con dedos temblorosos. Mientras escuchaba su conversación, me di cuenta de que estaba hablando con la secretaria de una clÃnica de estética. Ruth arreglaba una cita con la misma urgencia con la que uno solicitarÃa una ambulancia.
Cuando finalmente colgó, le dije:—No puedes salir. El señor Moretti vendrá hoy a la casa.
Ruth me lanzó una mirada irritada.
—No le digas "señor". Christopher solo tiene 35 años recién cumplidos. —Luego suspiró y añadió—: No te preocupes, vendrá para la cena.
—Aún asÃ, mamá, no puedes irte—insistÃ.
—SofÃa, no seas dramática. Esto es algo que no puede esperar —respondió, pasando sus manos por su rostro con desesperación.
¿Qué no sea dramática, es enserio? La frustración creció dentro de mÃ. Mi madre siempre ha sido asÃ, obsesionada con su apariencia y con mantener su juventud a toda costa. Su falta de consideración por los eventos importantes de nuestra vida familiar era exasperante, pero tratar de razonar con ella era como hablar con una pared.
—Está bien, haz lo que quieras —dije finalmente, dándome por vencida. SabÃa que no cambiarÃa de opinión.
Ruth me miró con algo parecido a la lástima.
—Querida, algún dÃa entenderás que la apariencia lo es todo en nuestro mundo.
Me di la vuelta y salà de la habitación, dejando a mi madre con sus preocupaciones superficiales. Mientras bajaba las escaleras, traté de calmarme. Christopher Moretti vendrÃa esa noche, y tenÃa que estar preparada. No solo era una visita de cortesÃa; sentÃa que algo más estaba en juego, algo que podrÃa cambiar el curso de mi vida.
Al llegar al pie de la escalera, encontré a Esther, esperándome con una sonrisa cálida.
—¿Qué pasó, niña? —preguntó, con una pizca de preocupación en su voz.
—Es mamá —respondÃ, suspirando—. Le salió una arruga y está haciendo un drama.
Esther soltó una carcajada y no pude evitar sonreÃr también.
—Esa mujer y sus vanidades —dijo Esther, meneando la cabeza—. Siempre ha sido asÃ.
—SÃ, pero... —me quedé pensativa, y Esther, notando mi preocupación, me miró con curiosidad.
—¿Qué te preocupa, SofÃa?
—Sé que mamá puede ser insoportable con su obsesión por la imagen, pero últimamente ha estado mucho peor. Solo me pregunto si tiene algo que ver con Christopher Moretti.
Esther asintió lentamente, comprendiendo.
—Es posible. Moretti no es cualquier hombre, y tu madre siempre ha sido muy consciente de las apariencias, especialmente ante personas importantes.
—Lo sé, pero siento que hay algo más. Como si ella estuviera tratando de impresionar a alguien de una manera que va más allá de lo superficial. Y con la visita de Christopher hoy... no puedo evitar pensar que algo está pasando.
Esther me observó con sus ojos sabios, una mezcla de compasión y seriedad en su mirada.
—SofÃa, es normal sentirte asÃ. Pero recuerda, no puedes controlar todo lo que pasa a tu alrededor, solo cómo reaccionas ante ello.
AsentÃ, apreciando sus palabras.
—Tienes razón, Esther. Solo espero que lo que sea que esté pasando, no nos perjudique a mà ni a mamá.
—ConfÃa en ti misma, niña. Eres más fuerte de lo que piensas. Y sea lo que sea que traiga esta noche, estoy segura de que podrás manejarlo.
Le sonreÃ, sintiendo un poco de alivio.
—Gracias, Esther. Realmente necesito eso.
—Siempre estaré aquà para ti, SofÃa —respondió, dándome un suave apretón en el brazo—. Ahora, vamos a preparar todo para la cena. Queremos que todo esté perfecto, ¿no?
Asentà y juntas nos dirigimos a la cocina para asegurarnos de que todo estuviera listo para la llegada de Christopher Moretti. Mientras trabajábamos, no podÃa dejar de pensar en lo que esa noche podrÃa traer. La ansiedad seguÃa presente, pero con el apoyo de Esther, me sentÃa un poco más preparada para enfrentar cualquier cosa que viniera.
Me estaba arreglando para la cena, eligiendo cuidadosamente un vestido elegante para la ocasión. QuerÃa verme bien, aunque solo fuera por mà misma. Me recogà el cabello en una cola alta, dejando algunos mechones sueltos para enmarcar mi rostro. Una vez lista, me miré en el espejo, intentando proyectar confianza y serenidad.
Bajé las escaleras con cuidado, encontrando a mi madre en el recibidor, mirándose la cara en un espejo de mano. Cuando la vi, me di cuenta de que casi no podÃa mover el rostro.
—Mamá, ¿estás bien? —pregunté, preocupada.
Ella giró los ojos con dificultad y murmuró algo ininteligible, probablemente una afirmación de que estaba bien. No pude evitar sentir una mezcla de incredulidad y tristeza ante su vanidad desmedida. ¿Cuántos tratamientos estéticos se habÃa hecho para verse asÃ, casi congelada en el tiempo?
Antes de que pudiera decir algo más, las puertas se abrieron y Christopher Moretti hizo su entrada. Su presencia era imponente, su traje impecable y su porte seguro. Nuestras miradas se cruzaron y sentà un escalofrÃo recorrer mi espina dorsal. HabÃa algo en su mirada, una mezcla de determinación y misterio que me hacÃa sentir tanto curiosidad como aprensión.
—Bienvenido, Christopher —dijo mi madre, con la voz ligeramente afectada por su rostro rÃgido.
—Ruth, SofÃa —respondió él, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Es un placer estar aquÃ.
Su voz era profunda y controlada, y aunque intentaba parecer relajado, habÃa una tensión subyacente en su postura. Caminó hacia mÃ, extendiendo una mano.
—SofÃa —dijo, su tono más suave—. Encantado de verte de nuevo.
Tomé su mano, notando la firmeza de su apretón.
—Igualmente, Señor Moretti —respondÃ, tratando de mantener la compostura.
—Christopher, sólo Christopher. Nada de Señor.
Nos quedamos asà por un momento, nuestras manos unidas y nuestras miradas fijas. SentÃa como si el tiempo se hubiera detenido, como si este encuentro fuera un punto de inflexión en mi vida.
Aproveché el instante para detallar a Christopher. Era un hombrep extremadamente guapo, con una presencia que llenaba la habitación. Sus ojos azules intensos eran hipnóticos, atrayendo la atención de cualquiera que se cruzara con ellos. Aunque sabÃa que tenÃa 35 años, su apariencia era mucho más juvenil, como si el tiempo lo hubiera tratado con especial favor. Su mandÃbula marcada, su cabello oscuro y bien cuidado, y su porte elegante le daban un aire de sofisticación y poder que era difÃcil de ignorar.
Finalmente, solté su mano, sintiendo un leve temblor en mis dedos. Christopher me dirigió una sonrisa enigmática antes de girarse hacia mi madre.
— ¿Te encuentras bien, Ruth? —preguntó él, con una cortesÃa que no ocultaba su autoridad.
Mi madre asintió con una rigidez que delataba la tensión de su rostro, y los tres nos dirigimos hacia el comedor, donde la mesa estaba puesta con una elegancia que solo ella podÃa conseguir.
La cena transcurrió en una atmósfera de formalidad y cortesÃa, con mi madre haciendo esfuerzos visibles por parecer la anfitriona perfecta. Sin embargo, mi mente seguÃa ocupada con pensamientos sobre Christopher y lo que su visita significaba. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, sentÃa esa misma mezcla de emoción y nerviosismo.
Ruth intenta hablar, pero Christopher se dirige a mà con una pregunta directa.
—SofÃa, cuéntame un poco sobre ti. ¿Cómo ha sido tu vida hasta ahora?
Sorprendida por la pregunta, pero decidida a mantener la compostura, le respondo con calma.
—Mi vida ha sido bastante normal, supongo. Estudié en un internado en Suiza, donde pasé la mayor parte de mi adolescencia. Al regresar, me he dedicado a ayudar en algunos proyectos familiares y a estudiar administración de empresas. No he tenido muchas experiencias extraordinarias, pero valoro las pequeñas cosas y la estabilidad que he tenido.
Christopher asintió, pareciendo genuinamente interesado. Mi madre, incapaz de soportar estar fuera del foco de atención por mucho tiempo, intentó interrumpir nuevamente.
—Christopher, deberÃas saber que SofÃa también tiene un gran interés en el arte. Incluso ha organizado varias exposiciones benéficas...
Christopher la interrumpió con suavidad, pero firmeza, sin apartar la mirada de mÃ.
—Eso suena fascinante. ¿Tienes algún artista o movimiento favorito?
Agradecida por su interés genuino, sonreà levemente.
—Me gusta mucho el arte impresionista. Las obras de Monet y Degas siempre me han inspirado. Hay algo en la manera en que capturan la luz y el movimiento que me parece mágico.
—Interesante —respondió Christopher, su mirada intensificándose—. Hay algo en el arte que trasciende el tiempo y el espacio, ¿no crees?
—SÃ, exactamente —contesté, sintiendo una conexión inesperada—. Es como si los artistas pudieran capturar un momento eterno.
La conversación fluyó con una naturalidad sorprendente, y por un momento, el mundo exterior dejó de importar. Mi madre, aunque visiblemente irritada, se vio obligada a seguir el ritmo de nuestra conversación, manteniendo una fachada de interés.
A medida que la cena avanzaba, la conversación entre Christopher y yo continuó fluyendo. Pero de repente, su tono cambió ligeramente, volviéndose más inquisitivo.
—Supe que Vladimir y tú tuvieron una relación. ¿Es cierto?
Mi corazón se acelera al escuchar su pregunta, y por un momento me detengo, el peso de la verdad a punto de salir a la luz.
—SÃ, es cierto —respondo con calma—. Tuvimos una relación, pero se terminó hace poco.
Christopher frunce el ceño, y su expresión revela una ligera incomodidad, como si la mención de Vladimir le molestara más de lo que habÃa esperado.
—¿Puedo preguntar qué pasó entre ustedes? —su voz es controlada, pero hay una tensión palpable en el aire.
Respiro hondo, el dolor del pasado aún fresco.
—Simplemente... las cosas no funcionaron. HabÃa diferencias que no pudimos superar. Preferimos seguir caminos separados.
Christopher asiente lentamente, pero su mirada no pierde su intensidad. Hay algo en su expresión que me hace sentir que no está satisfecho con la respuesta.
—Entiendo —dice, su tono aún más calculador—. A veces, las diferencias son más profundas de lo que parece.
La conversación toma un giro más general, pero la pregunta de Christopher y su reacción me dejan pensando. Es claro que la relación con Vladimir aún no se ha disipado del todo en su mente.
A medida que el postre se sirve y la noche avanza, trato de mantener la calma y seguir adelante con la conversación, aunque la inquietud por la pregunta de Christopher y la tensión que dejó en el aire persiste en mi mente.
Christopher toma un sorbo de su copa, su mirada se vuelve más seria y su postura cambia gradualmente, irradiando una autoridad imponente.
—Antes de que continuemos, hay un tema importante que debo abordar —comienza, su voz firme—. SofÃa, espero que tu madre te haya explicado el acuerdo que tu padre y yo tuvimos en el pasado y que no se ha cumplido. La razón de mi visita es precisamente para cerrar ese asunto.
Mi madre se queda en silencio, su expresión imperturbable. La frialdad en su rostro revela que no es una sorpresa para ella. La miro, buscando una señal de complicidad o arrepentimiento, pero ella mantiene su mirada fija en el plato, sin hacer ningún gesto.
—Mi abogado ya tiene los documentos preparados para formalizar el traspaso —continúa Christopher, su tono dejando claro que no hay margen para la negociación—. Esto es un paso necesario para ajustar los asuntos pendientes entre nuestras familias.
Mi mente da vueltas con la noticia. El peso de las palabras de Christopher y la aparente indiferencia de mi madre me llenan de inquietud. El aire se siente más denso, y la tensión en la habitación es palpable.
—¿Y qué pasará con nosotras? —pregunto, mi voz cargada de ansiedad y desesperación—. ¿Vamos a quedarnos sin hogar, sin nada?
Christopher me observa, y aunque su expresión es implacable, hay una nota de comprensión en su mirada, casi una sombra de humanidad.
—Eso lo discutiremos más tarde —dice, su voz firme pero con un matiz de consuelo—. Por ahora, es necesario cerrar este capÃtulo. Pero no te preocupes, te aseguro que todos ganaremos.
La incertidumbre se cierne sobre mÃ, y mientras la conversación continúa, no puedo evitar sentir una creciente preocupación por el futuro. Christopher ha dejado claro que esta noche es solo el principio de un cambio más profundo, y el impacto en nuestras vidas aún está por definirse. La decisión que se toma aquà y ahora alterará el curso de todo lo que he conocido, y la sensación de estar al borde de un precipicio me consume.
Las palabras de Christopher resuenan en mi mente, cada una cargada de un peso que me oprime el pecho. ¿Qué significa realmente "ganar" en su mundo? ¿Y a qué costo? La tensión en la sala es insoportable, y el silencio que sigue a su declaración solo amplifica mi angustia.
La cena termina en un silencio incómodo, cargado de tensiones no resueltas. Mi madre y yo acompañamos a Christopher hasta la puerta, nuestros pasos resonando en el pasillo vacÃo. Christopher se detiene y se vuelve hacia nosotras, su expresión tan inescrutable como siempre.
—Mañana temprano mi abogado y yo vendremos para cerrar el acuerdo —dice, su voz firme—. Espero que todo salga bien.
Sus ojos se posan en mÃ, y puedo sentir el peso de su mirada penetrante. Hay algo en su expresión que me hace sentir vulnerable, como si pudiera ver a través de mis pensamientos y emociones.
—SofÃa —añade, su tono suavizándose ligeramente—, antes de firmar, tú y yo tenemos una conversación pendiente.
Asiento, incapaz de encontrar las palabras adecuadas para responder. La promesa de esa conversación pende en el aire, una mezcla de incertidumbre y expectativa que solo añade a mi inquietud.
Christopher nos dedica una última mirada antes de girarse y salir, su figura imponente desapareciendo en la noche. La puerta se cierra con un suave clic, dejando atrás un silencio espeso.
—Mamá, ¿sabÃas todo esto? —le pregunto, mi voz apenas un susurro, pero ella solo sacude la cabeza, su rostro aún tenso.
—Lo importante es que todo se resolverá mañana —responde, evitando mi mirada.
Subo las escaleras lentamente, sintiendo el peso de la noche sobre mis hombros. Las palabras de Christopher resuenan en mi mente: "tenemos una conversación pendiente". Mañana traerá respuestas, pero también nuevas preguntas y desafÃos.
Cierro la puerta de mi habitación y me dejo caer en la cama, mi mente dando vueltas con pensamientos y emociones encontradas. La visita de Christopher ha dejado una marca, y la promesa de lo que vendrá mañana me mantiene en vilo.