Súplicas.

2460 Words
Capítulo 5: Súplicas Marc Cuando conocí a Megan, su frescura y esa chispa de inocencia que la caracterizaba me cautivaron por completo. Fue un impacto inmediato, una certeza que se instaló en mi pecho y que transformó mi existencia en una sola misión: protegerla. La quiero con una intensidad que a veces me asusta; es mi mayor motivación, el pilar que sostiene mis días y mi compañera incondicional desde hace años. Agradezco a la vida por haberla puesto en mi camino, aunque a veces no pueda evitar que una amarga nota de culpa se cuele al recordar esa negociación retorcida que mi padre mantuvo con sus padres años atrás. Con ella estoy construyendo los cimientos de algo sólido, un terreno donde espero edificar una familia. Ahora, mi único deseo es exprimir cada segundo a su lado, capturar esos momentos fugaces y hacerlos eternos. Cuando no la tengo cerca, una opresión familiar me aprieta el pecho, una falta de aire que me recuerda mi dependencia emocional hacia ella; sin embargo, me obligo a contenerme, a mantener la calma para no abrumarla, para que no sienta el peso de mi vigilancia como algo sofocante. Estaba sentado en mi despacho, sumido en la revisión de unos informes financieros que apenas procesaba, cuando el sonido seco de la puerta abriéndose me sobresaltó. Levanté la vista para ver a mis padres entrar con una solemnidad que me tensó los músculos. Llevaban varias carpetas en sus manos, unas fundas lujosas que brillaban con un tono dorado, demasiado ostentoso para ser simple correspondencia. Mi pulso se aceleró; mi instinto me gritó que aquello no presagiaba nada bueno. Era el aroma del maldito acuerdo matrimonial, el peso de un futuro dictado por otros. —Hola, hijo. ¿Estás ocupado? —preguntó mi madre, acercándose con esa sonrisa ensayada que siempre lograba irritarme. —Sí, pero sé perfectamente que eso no los detendrá —respondí, dejando el bolígrafo sobre el escritorio. Mi tono salió más cortante de lo que pretendía, pero el hartazgo me ganaba la partida. —¿Viste, Marco? ¿Cómo nos conoce? —dijo mi madre, ignorando mi desdén mientras se inclinaba para depositar un beso rápido en mi mejilla, un gesto que se sintió gélido. —Por supuesto que nos conoce, Emilia; solo que nos ignora, que es diferente —replicó mi padre, tomando asiento frente a mí con una parsimonia que solo añadía leña al fuego. Se acomodó la chaqueta, observando mi espacio de trabajo con un desprecio apenas disimulado—. Bien, ya sabes por qué estamos aquí, Marc. Nosotros adoramos a nuestra nuera, es una chica agradable, pero no estás cumpliendo con el objetivo principal de esta familia. Sentí una oleada de calor subir por mi cuello, una mezcla de rabia y frustración que intenté dominar apretando los puños bajo la mesa. —Lo siento si ella no cumple con tus expectativas de trofeo, papá. Pero no voy a obligarla a darme un hijo ni a abandonar su carrera solo porque tú lo exijas, porque quieras que sea una marioneta como... —me detuve en seco, clavando la mirada en mi madre, buscando una salida elegante—. Sin ofenderte, madre; simplemente no puedo permitir que viva bajo la sombra de alguien más. —Hijo, el tema está dando de qué hablar —continuó mi padre, ignorando mi defensa—. Tu esposa, con esa mentalidad tan liberal e independiente, no nos sirve para blindar nuestras empresas. ¿Ya le hablaste sobre el contrato prenupcial? ¿Y de las cláusulas para ejercer su papel como tu esposa? Sus palabras cayeron como piedras sobre el cristal. La idea de manchar nuestra relación con acuerdos legales me causaba náuseas. —Padre, si te refieres al prenupcial, ella no quiere nada de mi dinero, así que no es necesario. Es una mujer íntegra y le gusta ganarse su lugar por sus propios méritos. Y segundo, si para poder casarme ella debe renunciar a todo lo que le ha costado sangre, sudor y lágrimas, solo para complacer tus delirios de control, para que trabaje en tu empresa y cumpla con la cuota de hijos que exiges... no, no he hablado de eso. No lo haré. Eso solo serviría para que me deje, y no puedo perderla. No podría sobrevivir a su ausencia. —No seas ignorante, Marc —dijo él, golpeando la mesa con los nudillos—. Sabes que es su obligación. Sus padres firmaron un compromiso porque necesitaban nuestra ayuda para que su pequeña tienda no se hundiera en la miseria; el trato fue claro: su hija me daría un heredero. Tienes que entenderlo de una vez: ella está bajo tu poder. Lo que ella decida es irrelevante si tú no lo autorizas; no puede ni respirar sin tu permiso si así lo dispongo. Hazla firmar el documento, Marc. Si te casas y ella sigue negándose a cumplir con su rol maternal, todo el esfuerzo de mi vida habrá sido en vano. No olvides a tu abuelo y lo que sacrificó para que hoy tú estuvieras sentado en esa silla. Ella perdiendo el tiempo trabajando para otros no nos aporta nada, pudiendo ocupar el vacío en la empresa. ¿O es que piensas que entró a la universidad por mérito propio? No seas imbécil, Marc; hasta el aire que respira es gracias a que mi familia metió la mano para sostenerla. Darme nietos y ser la mujer abnegada que la posición requiere es lo único que pido. Nada en la vida es gratis y aquí nada está garantizado. Su matrimonio está arreglado; no puedes permitir que siga haciendo lo que le viene en gana y mucho menos que ensucie el apellido de esta familia con sus posturas liberales. O controlas a tu mujer, o te quitaré todo y buscaré a alguien que sí esté a la altura. Sara ha esperado esta oportunidad por años y he tolerado tu debilidad por Megan solo porque me lo has pedido, pero si no se organizan y cumplen con mis objetivos, tu amor y el de ella los haré trizas en un segundo. Te dejaré en la calle y le daré todo a tu primo; él sí sabe lo que es la lealtad a la empresa. —¿Qué demonios dices, papá? Es mi trabajo también, es mi dedicación, mi esfuerzo lo que mantiene esto a flote. No puedes manipular a mi mujer como una pieza de ajedrez solo para tus planes ambiciosos. —Que tome su lugar —sentenció él, levantándose con una frialdad que me dejó helado—. Si no quiere hacerlo ahora, bien; pero después del matrimonio ella estará aquí, bajo mi supervisión, y tú te encargarás de darme esos nietos. No me importa que ella no quiera ser madre; tiene que tener responsabilidades. Camina, Emilia. Mi madre me lanzó una última mirada cargada de una compasión que no quería aceptar. —Te amo, cariño, pero necesitas recuperar esa herencia. No nos obligues a tomar medidas drásticas. Se fueron, dejándome en un silencio sepulcral. El aire de la oficina me pareció de repente irrespirable. ¿Cómo se suponía que debía obligar a Megan a darme un hijo que no deseaba? Solo pensar en mencionarle la idea de dirigir una editorial bajo mis términos me provocaba un nudo en el estómago. ¿Cómo le explicaba que su vida no le pertenecía del todo? Me iba a odiar, y la sola idea de perder su mirada de complicidad me destrozaba. La amo hasta los huesos, amo sus ojos verdes que me transportan a otro mundo, la suavidad de su abdomen que me vuelve loco cuando recorro su piel con mis manos. Ella es mi tramo de paz en este caos. Sin ella, sería exactamente igual a mi padre: un hombre vacío y ruin. No me casaré con otra. Ella es la única. Para colmo de males, mi proyecto fue rechazado. La instalación donde planeaba invertir me fue negada, lo que me obligaba a reiniciar todo el proceso, una pérdida de tiempo y recursos que me agotaba solo de pensarlo. Pero lo que más me carcomía era el mensaje de la doctora de la familia: mi madre había ordenado el cambio de sus anticonceptivos. Una jugada maestra de manipulación que me llenó de una ira ciega. Megan es explosiva, es una mujer de carácter, y cuando se enterara, el mundo se vendría abajo. Después de una pelea silenciosa con mi propia conciencia, le envié flores a su empresa, sus favoritas, esperando que un simple ramo pudiera aplacar la tormenta que se avecinaba. Me reconfortaba verla feliz, así que, al terminar la jornada, me dirigí a casa. Al llegar, me senté en el sofá, intentando enfocarme en los correos, pero un mensaje de Alfonso, el padre de Sara, me paralizó. Mi padre estaba moviendo sus fichas, buscando crear fricción entre Megan y yo, citándome para una reunión que solo traería problemas. El sonido de la puerta al abrirse me sacó de mi trance. La sentí llegar, sus pasos ligeros aproximándose, antes de sentir sus brazos envolviendo mi cuello en un abrazo cálido. La necesitaba. La atraje hacia mí, sentándola sobre mis piernas, y no pude evitar buscar su boca. Sus labios eran un manjar exquisito, una distracción necesaria de la oscuridad que intentaba rodearnos. Quería consumirme en ella, olvidar el contrato, a mi padre y las pastillas. La tomé de la mano, llevándola hacia la habitación con la urgencia de quien busca salvación. Empecé a desnudarla, con la misma reverencia de siempre, hasta que un grito suyo me hizo retroceder en seco, el corazón golpeando mi pecho como un tambor. —¡Dios mío, Megan! —exclamé, viendo la herida que había intentado ocultar—. ¿Cómo te pones jeans con una herida así? Tenías que habérmelo dicho, cariño; lo siento tanto. Me levanté, buscando el botiquín con manos torpes. El dolor que ella sentía se reflejaba en el mío. Al volver, la ayudé a desnudarse con cuidado, revelando ese cuerpo que me enloquecía y que, a pesar de todo, seguía siendo mi única certeza. La besé, dejando que nuestras caricias se convirtieran en un lenguaje silencioso. Hice el amor con ella, pero mientras nuestros cuerpos se sincronizaban, el pensamiento del engaño de mi madre se filtraba en mi mente como una mancha. Me sentí incómodo, sucio. Ella se separó ligeramente, buscándome la mirada. —Aléjate, quiero otra posición. Sé que le gusta explorar, no me negaba a eso, pero algo en mí se bloqueaba. Sentía que el clímax se acercaba y me acomodé, tratando de contenerme, de no terminar adentro. El miedo a lo que mi madre había provocado era demasiado grande. —¿Qué pasa? —preguntó ella, observando mi vacilación. —¿Aún no llegas al orgasmo? —solté, torpe y a la defensiva. —No, no y no —respondió ella, frustrada—. ¿Cómo demonios no puedes saberlo? Odio cuando me lo preguntas. ¿Cómo no puedes notar que apenas estoy a la mitad? Quiero más. Sus palabras me dolieron, no por el reclamo, sino porque me sentí incapaz de darle lo que pedía. —Venga, Megan, no te enojes, ¿vale? Solo trataba de ayudarte. No quiero discutir. —Antes no eras así, Marc. ¿Qué te pasó? —Nada, cariño; estoy cansado. Solo ven aquí, terminaremos esto juntos. Noté su decepción, un brillo de tristeza en sus ojos que me partió el alma. —No, Marc. Hacer el amor no es solo eso. Necesito sentirte y que tú me sientas. ¿Qué demonios te pasa? ¿No puedes verlo? ¿No me deseas? —Megan, lo hacemos a veces hasta tres o cuatro veces al día. ¿Estás enferma o qué te ocurre? —No me complaces, Marc. Eso pasa —dijo ella, soltándose de mi abrazo. Aquella frase fue como una bofetada. Suspiré, sintiendo que no podía seguir ocultándole la verdad. —Lamento no ser suficiente, pero te estoy protegiendo. Megan, mi madre ordenó a la doctora cambiar tus pastillas anticonceptivas. Si termino dentro de ti, puedes quedar embarazada. Su rostro se transformó, pasando de la frustración a una ira contenida que me dio miedo. —¿Por qué demonios tu madre se mete en mi vida? ¿Quién le dio ese derecho? Te dije que no estoy lista, ¡no quiero ser madre aún! ¿Por qué no lo entiendes? ¿Tú qué tienes que ver en esto, Marc? —¡No, mi amor, no! —la tomé de las manos, tratando de transmitirle mi desesperación—. Por eso me cuido, por eso trato de protegerte. No quiero obligarte. Tú eres mi vida entera; si te pierdo, yo me muero. No es mi culpa. —Mírame a los ojos —ordenó ella, con una seriedad que nunca le había visto—. ¿Hay algo más? ¿Por qué quieren un bebé nuestro? El peso del secreto me asfixió. No podía decirle lo del contrato, lo de la editorial, lo de la amenaza de mi padre de dejarme en la calle. No ahora. Le expliqué, de forma parcial, la presión de mis padres por ser abuelos, omitiendo los detalles más ruines. Megan se quedó inmóvil, horrorizada, antes de levantarse y correr hacia la ducha, buscando purgar la frustración y la rabia bajo el agua fría. Me quedé allí, solo, escuchando el sonido de la lluvia artificial tras la puerta. —No te presiono, mi amor —le grité, aunque sabía que apenas me oía—. Cuando estés lista, lo haremos. Por favor, no me odies. Ella salió minutos después, envuelta en una toalla, los ojos rojos de tanto llorar. Se acercó y me abrazó con una fragilidad que me hizo sentir el hombre más afortunado y el más despreciable del mundo. —Te amo, Marc, pero no estoy lista. No pueden obligarme; tengo tantos planes, tantas cosas que hacer. Por favor, entiéndeme. La envolví en mis brazos, besando su hombro, sintiendo el calor de su piel. —No tengo nada que perdonar, mi reina. Eres mi mundo. No llores más. Esta noche te haré mía, mañana buscaremos una pastilla de emergencia y visitaremos a otro ginecólogo que realmente se preocupe por ti. Lo solucionaremos. —Confío en ti, mi amor —susurró ella contra mi pecho. —Lo haré —respondí, aunque una parte de mí sabía que la solución definitiva era mucho más difícil de alcanzar de lo que le había prometido. La amaba demasiado como para dejarla escapar, y si tenía que luchar contra el mundo entero —incluso contra mi propio padre— para mantenerla a mi lado, lo haría sin dudarlo. Pero el tiempo se agotaba, y el juego de sombras que mi padre había orquestado comenzaba a cerrarse sobre nosotros.
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