Capítulo 5: Súplicas
— Marc —
Cuando conocí a Megan, su inocencia me cautivó por completo, a tal punto que mi vida se tornó en protegerla. La quiero como a ninguna otra; es mi mayor motivación y ha sido mi compañera por largos años. Agradezco a Dios por haberla traído a mi vida y por esa negociación retorcida de mi padre hacia sus padres. Con ella estoy creando el terreno para formar una familia en el futuro; ahora solo quiero aprovechar nuestros días juntos, cada momento y cada segundo a su lado. Cuando no la tengo cerca siento que me falta el aire, pero trato de contenerme para que no piense que la estoy acosando. Estoy en la oficina revisando unos documentos cuando veo llegar a mi padre y a mi madre con varias carpetas en sus manos; no me imagino qué pueda ser si está forrado en dorado. ¡Mi maldito acuerdo matrimonial! ¡Aquí vamos de nuevo!
—Hola, hijo. ¿Estás ocupado?
—Sí, pero sé que eso no los detendrá —digo algo enojado porque sé por dónde vienen.
—¿Viste, Marco, si nos conoce? —dice mi madre dándome un beso en la mejilla.
—Por supuesto que nos conoce, Emilia; solo que nos ignora. —Mi padre toma asiento y mi madre lo sigue—. Bien, ya sabes por qué estamos aquí, Marc. Como ya sabes, nosotros adoramos a nuestra nuera, pero no estás cumpliendo con el objetivo principal de esta familia.
—Lo siento si ella no cumple tus expectativas, papá. Pero no la obligaré a darme un hijo y a abandonar su carrera porque tú me lo pidas, porque quieras que sea… —me detengo para no ofender a mi madre—. Sin ofenderte, madre; solo porque quieres que sea como tú.
—Hijo, está dando de qué hablar. Tu esposa liberal e independiente no nos sirve para cubrir nuestras empresas. ¿Ya le hablaste sobre el contrato prenupcial? ¿Y del contrato para ser tu esposa?
—Padre, si te refieres al contrato prenupcial, ella no quiere nada de mí, así que no lo necesito. Es independiente y le gusta ganarse las cosas por sus propios méritos. Y segundo, si para poder casarme ella debe dejar todo lo que tanto le ha costado conseguir, solo para complacerte y que cumpla sus deberes en mi empresa y como mi esposa, darme hijos y esas cosas... no, no he hablado con ella de eso. No me llevará a nada más que a que me deje. No puedo perderla; no podría vivir sin ella.
—No seas ignorante, Marc. Sabes que es su obligación; para ello sus padres firmaron una ayuda con el fin de que su estúpida tienda tuviera éxito, solo si su hija me daba un heredero. Tienes que verlo de esta manera: ella está bajo tu poder. Lo que ella decida, solo tú puedes manejarlo; no puede ni respirar sin tu permiso. Hazla firmar el documento, Marc. Si te casas y ella aún se niega a tener hijos, no tendría sentido nada por lo que he trabajado. No te olvides de tu abuelo y todo lo que sacrificó para darte todo. Ella trabajando para otras personas no ayuda, pudiendo sencillamente tomar el lugar vacío en la empresa. ¿O es que piensas que entró a la universidad porque tenía buenas notas? No seas imbécil, Marc; hasta dar un paso es por ti y debido a que mi familia mete la mano para ayudarla. Darme nietos y ser la mujer abnegada es lo único que pido. Nada en la vida es gratis y nada está garantizado. Su matrimonio está arreglado; no puedes permitir que ella siga haciendo lo que le viene en gana y mucho menos dejando el apellido de mi familia por el suelo con su ataque liberal. O controlas a tu mujer o te quitaré todo y te casarás con otra. Sara ha esperado esta oportunidad por años y he dejado que estés con Megan porque me lo has pedido, pero si no se organizan y cumplen con mis objetivos, tu amor y el de ella los haré trizas en un momento. Te quitaré todo y se lo daré en bandeja de plata a tu primo, quien sí está interesado en seguir mis pasos.
—¿Qué demonios dices, papá? Es mi trabajo también, es mi dedicación y mi esfuerzo. No puedes manipular a mi mujer como te venga en gana solo para tus propios planes ambiciosos.
—Que tome su lugar. Si no quiere hacerlo ahora, bien; pero después del matrimonio ella tiene que estar aquí y tú procura darme nietos. Dame nietos, Marc. No me importa que ella no quiera ser madre; ella tiene que tener responsabilidades y cumplirte. Camina, Emilia. —Se levanta y mi madre lo sigue.
—Te amo, cariño, pero necesitas recuperar esa herencia.
No digo nada; me mantengo en silencio y dejo que se marchen sin más. ¿Cómo piensan que obligaré a Megan a darme un hijo que no desea? Solo decirle que le abriré una editorial me causa tantos conflictos. ¿Cómo le explico que no tiene más opción? ¿Que no puede opinar sobre su propia vida o futuro? Me va a odiar; no quiero que me odie. La quiero completa, no obligada a vivir conmigo y casarse por un maldito acuerdo. Dejaríamos a sus padres sin nada, eso la devastaría. Mi padre es un hombre ruin. ¿Cómo pudo usar estrategias como esas para buscarme una esposa? Mi Megan es una diosa, es hermosa. Sus ojos verdes me llevan a otro mundo y su fino abdomen, que amo recorrer, me vuelve loco. Esto sería el fin de mi relación y no puedo perderla, no puedo hacerlo. Sin ella sería el mismo hombre ruin que mi padre. Ella es ese tramo de paz que me mantiene en calma. La amo hasta los huesos y no la perderé; no me casaré con otra mujer más que con ella.
Para completar mi día, mi proyecto fue rechazado. Me negaron la instalación donde estaba dispuesto a invertir y no tengo más opción que tomar otra o volver a hacer todo nuevamente. Esto me tomará mucho tiempo y no tengo ganas para esto. Sé que al volver a casa debo explicarle a Megan que mi madre cambió sus anticonceptivos a propósito para que me dé un heredero. Cuando vi el mensaje de la doctora de la familia informándome la situación, me llenó de ira. Todo esto es una locura ambiciosa. Megan es una mujer explosiva; sé que tomará todo esto a mal y no quiero ni puedo arriesgarme a perderla. Después de una pequeña pelea, le envío flores a su empresa; sus favoritas, para ser exactos. Me encanta verla feliz, me llena de una gran alegría. Al terminar, tomo mis cosas y me voy a casa para terminar allá lo del proyecto y esperarla para cenar. Al llegar a la casa me siento en el sofá de la sala donde reviso los correos, notando un mensaje de Alfonso, el padre de Sara. Sé que mi papá tiene las manos metidas en esto; me quiere buscar problemas con Megan, quien estará furiosa al enterarse de esta cita. Los problemas se avecinan y esto hace que pierda la concentración, tanto que siento que he descuidado a mi novia y, aunque quiera, no es perdonable. La siento besar mi cuello dándome un fuerte abrazo. La necesito; la necesito como el aire para respirar. La tomo atrayéndola a mí, la acomodo en mis piernas besándola. Sus labios son como un manjar exquisito que no paro de besar. Quiero hacerla mía; la tomo de la mano llevándola a la habitación, donde la empiezo a desnudar. Quiero consumirme en sus brazos. Quito su pantalón, haciéndome retroceder de golpe, aterrado por su grito. Mi corazón se rompe al ver su herida.
—Dios mío, Megan, ¿cómo te pones jeans con una herida así? Tenías que decirme, cariño; lo siento mucho. Buscaré algo para curarte.
Me levanto buscando el botiquín. Odio verla llorar, odio verla sufrir. Al volver, ella se acomoda y yo curo su herida. Al hacerlo, quito su lencería dejando ese cuerpo que me enloquece desnudo frente a mí. La detallo porque es mía y sé que yo soy de ella. La beso y ella me acaricia mientras nos vamos entregando a la pasión que recorre mi cuerpo y el suyo. Le hago el amor y no puedo evitar pensar en el cambio de pastillas; empiezo a sentirme incómodo y sé que no es justo para ella. No está bien. Ella me mira y yo a ella; aun así, no siento que sea el momento. La veo alejarse y sé que está por explotar de deseo.
—Aléjate, quiero otra posición. —Sé que le gusta hacer cosas diferentes, no me niego a eso; solo que hay cosas que no siento que sean necesarias. La hemos pasado muy bien sin tener que exagerar. Hacer cosas que nos incomoden no es lo mío. Siento que voy a llegar al clímax y me acomodo tratando de no terminar adentro; no puedo arriesgarme, no sin que sea algo que elijamos los dos.
—¿Qué pasa? —dice mirándome, y no sé cómo explicarle.
—¿Aún no llegas al orgasmo? —le digo algo incómodo.
—No, no y no. ¿Cómo demonios no puedes saberlo? Odio cuando me lo preguntas. ¿Cómo no puedes notar que apenas voy a la mitad? Quiero más —dice enojada, y no sé cómo encontrar las palabras para empezar.
—Venga, Megan, no te enojes, ¿vale? No es que sienta eso; solo tú lo sientes. Te ayudaré a llegar, ven. —Le digo estrechando mi mano para que la tome. No quiero discutir y menos en la cama. Por Dios, obvio quiero follarla hasta el cansancio, pero no así, no sintiéndome tan incómodo.
—Antes no eras así, ¿qué te pasó?
—Nada, cariño; estoy cansado. Solo ven aquí, lo haremos hasta que llegues al final. —Trato de arreglarlo y noto lo decepcionada que está.
—No, no; hacer el amor no es solo eso, Marc. Entiende, necesito más, necesito sentirte y tú a mí. ¿Qué demonios te pasa? ¿No puedes verlo? ¿No lo deseas?
—Megan, lo hacemos a veces hasta tres y cuatro veces. ¿Estás enferma o qué demonios te pasa?
—No me complaces, Marc. Eso pasa. —Sus palabras me hieren. ¿Cómo puede hablar así? Solo el sexo es lo que importa para ella.
—Lamento no ser suficiente para ti, pero te estoy protegiendo. No he querido hablar de esto antes para no arruinar la noche, pero ya que tú lo hiciste... Megan, mi madre ordenó a la doctora cambiar las pastillas anticonceptivas. Si seguimos y termino dentro, puedes quedar embarazada. —Su cara me informa lo enojada que está.
—¿Por qué demonios tu madre se mete en mi vida? ¿Quién le dio ese maldito derecho? Te dije que no estoy lista, no quiero ser madre aún. ¿Por qué no lo entiendes? ¿Tienes que ver en todo esto, Marc?
—No, mi amor; por ello trato de cuidarte. No quiero obligarte, sé que no estás lista y no quiero forzarte. Megan, por favor, no te enojes conmigo. Mi amor, tú eres mi vida entera; si te pierdo, yo me muero. No es mi culpa. Buscaremos una solución.
—Mírame. ¿Hay algo que aún no me dices? ¿Por qué ellos quieren un bebé nuestro? ¿Qué pasa?
Ni loco le cuento todo. No pienso perderla, no lo haré. Le contaré a su debido tiempo; no ahora, no así. Le cuento las ganas que tienen ellos de ser abuelos y que me presionan para que les demos nietos. Ella me mira horrorizada al saber gran parte de las cosas. Sé que está muy enojada, tanto que se va a la ducha para quitarse las ganas que aún recorren su cuerpo.
—No te presiono, mi amor. Cuando te sientas segura, haremos un bebé. No me odies por esto, por favor. —Beso su hombro y ella se voltea para besarme.
—Te amo, Marc, pero no estoy lista. Lo siento, no puedo hacerlo. No pueden obligarme; tengo planes, tengo mucho por hacer. Por favor, entiéndeme. —Me abraza y yo a ella; no me gusta verla llorar y sé que no poder complacerme la aterra—. Por favor, Marc, no me dejes. Yo te amo, mi amor; por favor, perdóname.
—No tengo nada que perdonar. Te amo, Megan, y no permitiré que te alejen de mí, no sin pelear. Eres mi vida, mi amor; eres todo mi mundo. No llores más, mi reina; mírame. —La hago mirarme y, cuando lo hace, le doy un beso—. Te haré mía esta noche y mañana compraremos una pastilla de emergencia. Luego te llevaré a otro ginecólogo para que te mande nuevamente un anticonceptivo para cuidarte. Lo solucionaremos, mi amor.
—Confío en ti, mi amor. Hazme tuya, Marc.
—Lo haré. —Sé que encontraré una solución para todo esto. No puedo perderla; debo buscar una ocasión para contarle toda la verdad sin que la pierda en el intento.