Capitulo 2. Falta a la autoridad.

1729 Words
Capítulo 2: Falta a la autoridad Tercera persona. Italia, mansión Lombardi. El aire en el despacho del patriarca estaba cargado con la fragancia intensa del tabaco y el aroma robusto del café recién hecho. Darek Lombardi permanecía de pie frente al ventanal, observando el jardín, mientras su padre lo vigilaba desde el sillón de cuero, con la mirada endurecida por una frustración que no intentaba ocultar. —Hijo, es el momento. Quédate aquí, toma las riendas de nuestra empresa —dijo el padre, señalando con el habano un fajo de documentos sobre la caoba—. Deja atrás esos juegos peligrosos. Mira a tu tío, vive atrapado en una vida que no le pertenece. Darek giró sobre sus talones, una leve sonrisa carente de humor se dibujó en sus labios. —Lo miro, padre, y solo veo a un hombre exitoso. No necesitó de nuestro apellido para forjarse un camino. Él eligió su destino; yo ya elegí el mío. —¿No puedes, por una vez, simplemente acatar una orden? —el hombre mayor suspiró, frustrado. —Sabes perfectamente que mi decisión es inamovible. Un estruendo repentino atravesó la paz de la mansión. Los gritos de Gloria comenzaron a filtrarse desde el pasillo, resonando contra los muros de piedra: «¡Darek, abre! ¡No puedes dejarme así! ¡Hablemos!». El eco de sus súplicas chocaba contra la indiferencia del joven, quien se hundió con mayor desidia en el sillón contiguo. —¿Es el final, entonces? —preguntó su padre, observando la reacción pétrea de su hijo. —¿No resulta evidente? —respondió Darek, apurando el último sorbo de su café con una calma que rozaba la insolencia. El padre dejó escapar una risa seca. —Tienes mi sangre, Darek. Eres incorregible, un Lombardi de pies a cabeza; nunca aceptas un «no» por respuesta. Lana —llamó, y la empleada apareció al instante—, saca a esa chica de mi propiedad. —Como ordene, señor —respondió la mujer, recogiendo la vajilla con manos ágiles antes de salir de la sala. El ambiente se volvió más íntimo; el padre se reclinó, adoptando una postura de negociación. —Ya que no puedo retenerte, te pediré que supervises mis activos en Los Ángeles. Tu tío se negó, pero tú tienes la responsabilidad que a él le falta. Dos clínicas, un club y la fundación benéfica requieren un mando firme. —Puedo encargarme —concedió Darek, valorando las posibilidades de expansión—. Pero no pasaré por la empresa de publicidad ni por las editoriales de mi madre. Sabes cuánto le irrita que alguien invada su espacio, especialmente en sus meses de retiro. —Deberías intentar convencerla de regresar. No me gusta que pase tanto tiempo lejos. A veces me asalta el pensamiento de que… alguien más ocupa mi lugar en su mente. —Padre, eso es un absurdo —replicó Darek, suavizando su tono—. Mamá es una mujer de principios inquebrantables. Su lealtad hacia ti es su eje. Lo sabes mejor que nadie. El padre asintió, aunque una sombra de melancolía oscureció su rostro. Se levantó con parsimonia. —Si no nos volvemos a ver pronto, ten un viaje seguro. Parece que todos están ansiosos por escapar de este nido. Darek se puso en pie y lo envolvió en un abrazo firme, palmeándole la espalda. —Cuídate tú también. Y, por favor, deja de lado los consejos sobre mujeres. Mamá te tiene donde quiere, y ambos sabemos que es la única que ha podido domarte. —Soy un zorro viejo, hijo. Las mujeres van y vienen, pero ella es el centro de mi mundo. Fue por ella que me convertí en el hombre que ves. Ahora, ve a descansar; tienes un largo camino mañana. Cuando el padre se retiró, Lana regresó a la estancia. La atmósfera cambió de inmediato, volviéndose pesada, cargada de una tensión eléctrica. La joven se movió con una deliberada lentitud, dejando que la falda se alzara. —Joven, ¿se le ofrece algo más? —preguntó con un hilo de voz. Darek la miró con frialdad dominante. —Arrodíllate. Ella obedeció sin titubear. Darek tomó el control, asegurándose de que el clímax fuera una respuesta directa a su autoridad. —Ve a mi habitación —ordenó al finalizar, mientras se recomponía con parsimonia—. Prepara mi maleta y espérame de rodillas sobre la cama. Darek Lombardi El aterrizaje en Los Ángeles estuvo marcado por un cielo gris. El trayecto hacia la mansión fue breve. Al llegar, mi tío me esperaba. El uniforme impecable y la presencia de patrullas a su alrededor dejaban claro que el deber nunca dormía. —Bienvenido, Darek —dijo, estrechándome en un abrazo—. ¿Fue difícil dejar a tu padre? —Solo le ahorré el viaje, tío. Sus empresas están bajo control. —Buena suerte con eso —se despidió, consultando su reloj—. Debo volver al servicio. Mañana, a primera hora, te espero. Prepárate, porque tu vida tal como la conoces se termina hoy. Aquel verano fue una forja de fuego. Aprendí a leer las calles, a predecir el peligro y a entrenar a Weiller, mi compañero canino. Me hice un nombre a pulso, ganando el respeto de mis compañeros y forjando amistades que se extendían desde las patrullas hasta el club donde terminábamos las noches. Hasta aquel despliegue. El aire estaba cargado de tensión; el sudor se mezclaba con el olor a pólvora. —¡Control uno y dos, repórtense! —exclamé por el radio. —Control uno cerca de los establos. Sin novedad. —Esperen a mi señal. No avancen hasta asegurar a los rehenes. De pronto, la frecuencia se llenó de estática y luego, un grito ahogado. —¡Darek, responde! ¡Darek! —Aquí control dos. Ocho rehenes a salvo. Procedan. —¡Te voy a matar por el susto, idiota! —la voz de mi tío sonaba tensa. Pero entonces, el sonido cambió. El estallido de un arma rompió la calma, seguido por una ráfaga incesante. —¡Coronel! ¡Tío, responde! ¡Responde! —Darek… —su voz llegó débil, entrecortada por el jadeo del dolor—. Termina la misión. Saca a los niños. —¡Voy por ti! ¿Dónde estás? —¡Salva a los niños! —insistió. El mundo se detuvo. El dolor se transformó en una rabia ciega mientras cumplía sus últimas órdenes. Cuando el silencio finalmente regresó, solo quedó la frialdad de la pérdida. Ocho meses después, el peso de las medallas en mi uniforme no lograba llenar el vacío, pero sí afianzaba mi propósito. Me ascendieron a teniente coronel, ocupando el lugar que él dejó. Su legado no era una carga; era mi hoja de ruta. ### Darek Lombardi El presente me devuelve a la realidad con un golpe de adrenalina. —Alfa Uno, coordinen la zona. Alfa Dos, entramos —ordené, ajustándome el pasamontañas. El vehículo frenó en seco en pleno centro. Bajé con la urgencia que exigía el operativo, pero el destino me jugó una mala pasada: colisioné contra una figura que se cruzó en mi trayectoria. Un estallido de papeles voló por los aires mientras ella caía al suelo. —¡No, no! ¡Cielos! ¿Es que acaso no tiene ojos? —gritó, su desesperación era tan genuina como su indignación. Se movía con una furia errática, intentando recuperar sus documentos sin percatarse de que estaba en medio de una zona de alto riesgo. Su pecho subía y bajaba con agitación, y la forma en que su camisa se tensaba con su respiración me cautivó. Era una mujer de una belleza que distraía hasta al hombre más disciplinado. —Si hubiera mirado por dónde caminaba, esto no habría ocurrido —repliqué, bajando del coche con la calma que ella parecía carecer. —¿Inepto? ¡Ahora resulta que soy la culpable de que un oficial sea tan torpe! —sus ojos verdes, cargados de un fuego desafiante, me atravesaron. En ese preciso instante, el mundo a nuestro alrededor pareció desvanecerse. El estruendo de la ciudad, el bullicio de los equipos de asalto y el peligro inminente se silenciaron por completo. Fue un clic, una chispa eléctrica que recorrió mi columna vertebral. Sus ojos verdes no solo me desafiaban; me succionaban hacia un abismo donde no existía la jerarquía ni el deber, solo una extraña y abrumadora familiaridad, como si nuestras almas se hubieran reconocido en medio del caos. —Estás en medio de un operativo —dije, tratando de recuperar mi tono firme, aunque mi voz sonó más ronca de lo habitual—¿Vas a quedarte ahí discutiendo o vas a dejar que te ayude? Estaba en shock, temblando. Le extendí la mano, pero la rechazó con un golpe seco. —Debería pedirme una disculpa —exigió, intentando recuperar la compostura, aunque sus manos delataban su miedo. Entonces, mientras ella se esforzaba por recoger los documentos, vi la mancha carmesí extendiéndose por su manga. Sangre. —Muéstrame eso —la tomé del brazo con firmeza. —¡Ahhh! —soltó un gemido agudo al contacto. No la solté. Me incliné levemente, lo suficiente para notar el perfume fresco que desprendía, una nota de azahar que contrastaba con el olor a ciudad. A mis pies, su credencial yacía en el pavimento. Con un movimiento rápido, la recogí y guardé el nombre en mi memoria. —Llévala a la clínica —ordené a mis hombres, sin quitarle los ojos de encima—. Y asegúrate de que no se mueva de ahí. —¡No iré a ningún lado, suélteme! —gritó, pero mi mente ya estaba en otro lugar. La vi alejarse, y aunque el operativo reclamaba cada fibra de mi ser, una parte de mí se fue con ella. —Stiven —llamé sin mirar atrás. —¿Sí, señor? —Quiero un informe detallado de ella. Todo. Lo quiero en mi correo antes de que termine el día. —A la orden, señor. La misión fue un éxito, pero mi mente permaneció anclada en esos ojos verdes. Al volver, revisé la pantalla de mi tableta. Stiven había sido exhaustivo; no solo tenía su informe personal, sino que había contactado con el médico de urgencias para un parte de salud completo. —Buen trabajo —le dije, sintiendo una satisfacción oscura— Llévame con ella.
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