Astrid terminó por alejarse de la habitación, no quería ver a Dylan y un poco de aire podía ayudarla a despejarse los pensamientos. Todo estaba siendo muy extraño, si continuaba así, iba a perder la cabeza, más de lo que ya lo había hecho. Aceptar a Dylan en su casa era una completa locura; sin embargo, ya no podía echarse atrás.
—Señorita Sheldon —la llamó una de las enfermeras, justo cuando estaba por doblar la esquina del pasillo. Ella se detuvo y se giró.
—¿Sí?
—El doctor ya ha firmado el alta médica para el joven Marshall, todo lo que tiene que hacer es pagar la cuenta en ventanilla y podrán marcharse —indicó la mujer.
Astrid elevó una ceja, ¿cómo que ya podían irse a casa? Dylan aún estaba herido e incluso pensaba que necesitaba algún otro tipo de exámenes. ¡Sufrió un aparatoso accidente! Pero nadie parecía consciente de eso.
—¿Estás segura de que ya puede irse? —preguntó, con un hilo de voz. Sentía que algo le obstruía la tráquea, robándole el aire a sus pulmones. Ni siquiera le habían dado tiempo de procesar lo que acababa de pasar y lo que acababa de aceptar.
—Por supuesto, el joven está en perfectas condiciones, a excepción de su brazo…
¿Estaba en perfectas condiciones? Astrid estaba segura de que nada estaba perfecto, pero discutir con la enfermera no iba a ayudarla en nada y menos cuando parecía que, a ojos de todo el mundo, el accidente no era algo para preocuparse.
Astrid asintió, incapaz de responder, se giró y continuó con su camino. No tenía ningún problema en pagar la cuenta de hospitalización, pero tampoco tenía prisa. Así que se metió al ascensor y presionó el botón para ir a la última planta. Buscó la cafetería y se tomó un café, esperando que eso la devolviera a la vida.
Cuatro horas más tarde, luego de ir a su casa para cambiarse y de conseguir ropa para Dylan, volvió al hospital. Seguía sin poder explicarse cómo era que la fea herida en el rostro de Dylan había desaparecido por completo, como si nunca hubiese estado allí.
—Señorita Sheldon —llamó la secretaria cuando su turno llegó y al notar su distracción.
—Lo siento, por favor —dijo entregando su tarjeta para cancelar la cuenta. Astrid decidió asumir los gastos médicos de Dylan y no sabía exactamente ¿Por qué? Después de todo había sido culpa de Dylan por presumir frente a sus amigos de llevársela a la cama, cuando no era así… Aparte de ser un hijo de papi, también era un charlatán y de los peores. Jamás se lo hubiera imaginado…
—¿Señorita?
Astrid se maldijo por estar comportándose como una tonta, le dedicó una ligera sonrisa de disculpa a la chica y cogió su tarjeta para volver a la habitación de Dylan.
—¿Estás listo? —preguntó sin verlo, sacando la ropa de la bolsa y dejándolo todo a los pies de la cama.
—Más puesto que un calcetín —respondió con una risa melodiosa que hizo sentir un ligero escalofrío a Astrid. ¿Desde cuándo se reía así?
—¿Sabes? Sigo creyendo que venir a mi casa es una locura, Dylan, sobre todo, porque creo que cogeré una gripa —expresó con seriedad.
—Gracias por preocuparte, pero no tengo miedo a enfermarme y menos si es por ti —aseguró, tomando la ropa para vestirse.
Astrid quería protestar ante las palabras del muchacho, pero optó por girarse al verlo quitarse la camisa. Unos minutos después, lo miró pasar por su lado y no parecía que hubiese sufrido ningún accidente.
—¿Vas a quedarte aquí? —preguntó Dylan desde la puerta.
Astrid negó y caminó detrás de él, como si fuera un perrito faldero. ¿Qué era lo que le sucedía? ¡Bastaba escuchar su voz para obedecerle sin chistar!
El trayecto a casa fue en completo silencio, Astrid se concentró en la carretera y no desvió su mirada a ningún lado.
—Tienes una casa bonita —expresó Dylan al bajar del auto.
—Gracias —musitó, caminando a la puerta.
Dylan entró, apenas Astrid le concedió el permiso para hacerlo y pronto el chico se sintió como en casa, sabía exactamente dónde estaba cada cosa, como si no fuese esta la primera vez que estaba en el sitio, algo que desconcertó a Astrid.
—Nunca has estado en mi casa, ¿cómo sabes dónde está cada cosa? —preguntó, acercándose a él y mirándolo a los ojos.
Dylan sonrió.
—Quizá solo ha sido suerte —respondió—. Tampoco es que tengas una casa con apariencia de laberinto —agregó, sentándose en el sillón.
Astrid le dio un punto a su respuesta, pero seguía sin estar satisfecha.
—Me haces sentir un poco confuso —habló Dylan luego de varios minutos de silencio.
—¿Qué?
—Me miras como si tuviese algo en la cara o…, ¿será que te soy atractivo? —preguntó con una sonrisa capaz de hacerle mojar las bragas.
¿Qué demonios le estaba pasando?
Astrid se movió tan rápido como pudo, al sentir su coño lubricar. ¡Era una puta sonrisa! No había nada de especial en ella.
—¿Te sientes bien, Astrid? —preguntó Dylan, detrás de ella.
—Será mejor que no te me acerques —le advirtió. Astrid sentía el corazón agitado y un deseo carnal que no había sentido en mucho, mucho tiempo le atravesó el cuerpo.
—Puedo ayudarte —se ofreció Dylan, tocando la piel del brazo de Astrid.
La mujer gimió al sentir el suave toque del muchacho sobre su carne, algo que definitivamente le avergonzó y terminó huyendo a su habitación.
Astrid cerró la puerta con seguro, su corazón seguía latiendo como un caballo desbocado, su piel se erizó y un cosquilleo bajó por su columna vertebral.
«Eres mía…»
La voz quela perseguía en sus sueños sonó en su cabeza y la sensación de deseo aumentó tanto, que Astrid no fue capaz de pensar, la ropa sobre su piel quemaba y ella no deseaba arder, no de aquella manera.
¡Estaba loca!
Astrid corrió a la ducha, tenía que quitarse esa sensación de calor del cuerpo, tenía que recuperar la cordura y pensar con claridad sobre lo que le estaba pasando… Sin embargo, no era tan fácil.
Astrid temblaba de pies a cabeza, como una hoja mecida por un fuerte viento. Temblaba, pero no era frío lo que sentía, sino un deseo y una pasión que la consumía desde lo más profundo de sus entrañas.
Lágrimas de impotencia se desbordaron por sus mejillas al no poder controlar su propio cuerpo, Astrid abrió la llave de la ducha, el agua fría cayó sobre su piel ardiente, pero nada aplacó la necesidad de su cuerpo; su piel se erizó, sus pechos dolieron y su coño sufrió un violento espasmo.
Astrid tragó el nudo formado en su garganta, cerró los ojos, deslizó su mano entre sus piernas y tocó su duro e hinchado clítoris, sus dedos se deslizaron entre sus pliegues y se humedecieron con sus fluidos.
«Tengo hambre, Astrid, aliméntame»
El susurro se abrió paso por su nublada mente, pero lejos de asustarla, ella movió sus dedos sobre su clítoris con más ímpetu, con más necesidad de la que jamás sintió. Los gemidos abandonaron su garganta, sus labios lucharon por mantenerlos presos y no dejar que Dylan la escuchara, sin embargo, Astrid no fue capaz de contenerse y mientras se tocaba así misma, alimentaba al demonio que vivía dentro del cuerpo de su inquilino.
Los gemidos de Astrid fueron la mejor sinfonía jamás escuchada por Dylan, era brutal, casi mágico. Era su mejor alimento…
El hombre cerró los ojos y disfrutó de los gemidos que salían de la habitación de Astrid, él podía escuchar perfectamente como los dedos de la mujer resbalaban por su clítoris y se hundían en el calor de su coño. Dylan y el demonio dentro de él salivaron y mientras fueron alimentándose de la pasión de Astrid, sus heridas fueron curándose por completo, pero no solo era eso, sino las facciones jóvenes, fueron marcándose, dándole un aspecto más varonil e irresistible.
Mientras en el cuarto de baño, Astrid convulsionaba de placer, el orgasmo que atravesó su cuerpo la dejó laxa, sus piernas temblaban como si fueran de gelatina, su espalda recargada sobre la fría pared resbaló hasta dejarla sentada sobre el piso y el agua cayendo sobre su cuerpo, tratando de apagar lo que ya se había incendiado.
Astrid no salió de su habitación hasta pasada las siete de la noche, se había olvidado por completo de su huésped y si por ella hubiera sido, lo habría hasta echado de su casa; esas fueron sus intenciones hasta que escuchó el ruido en su cocina.
—¿Qué haces? —preguntó desde el umbral de la puerta. Astrid no sabía que Dylan fuera amante de las artes culinarias, pero debía admitir que el ambiente olía delicioso, tanto que sus tripas gruñeron en protesta.
—¿Tienes hambre? —preguntó él con una linda sonrisa.
—Te hice una pregunta, Dylan —gruñó Astrid.
—También yo te he hecho una pregunta, ¿tienes hambre? —cuestionó de nuevo—. Porque yo estoy famélico —añadió con un brillo en los ojos que Astrid no había visto jamás.
Ella negó con un movimiento de cabeza.
—Esto parece un chiste, ni siquiera eres capaz de recordar el nombre de los departamentos de la empresa, ¿cómo se supone que puedes recordar las recetas de cocina sin ver un recetario?
—Hay cosas que sé hacer mejor que otras —respondió encogiéndose de hombros y dejando escapar una melodiosa risa.
Astrid caminó con pies descalzos a la mesa, cuando él le sirvió un poco de pasta en un plato y una copa de vino.
—Ven, aliméntate —le susurró Dylan sin apartar la mirada de la suya.
Astrid se sentó en la silla y terminó haciendo lo que el hombre le indicó, la mujer bebió un sorbo de vino y probó un bocado de aquella comida que olía delicioso y se enteró de que el sabor era infinitamente mejor.
Dylan la miró complacido, mientras ella dejaba escapar uno que otro gemido de satisfacción, su pene dentro de sus pantalones se agitó violentamente, pero se controló todo lo que pudo. Aún no era hora de mostrarle a Astrid lo que tenía para ella.
Luego de aquella incómoda, pero deliciosa cena, Astrid le enseñó a Dylan su habitación, antes de encerrarse en la suya…