Seguí caminando, sintiendo el frío de la noche en mi piel mientras intentaba poner distancia entre Hernán y yo. Mis pies dolían, y la rabia aún seguía apretada en mi pecho. De pronto, noté una camioneta que avanzaba lentamente a mi lado. Por un segundo, pensé que era él, pero al mirar mejor, vi a Peter al volante. —¿Te llevo? —preguntó con su voz calmada, asomándose por la ventana. Negué con la cabeza, sin detenerme. —No, gracias —contesté, apretando el paso. No quería subirme a ese auto. No después de todo lo que había pasado. Peter suspiró, y aunque su tono se mantuvo tranquilo, podía notar un rastro de impaciencia. —Ya tuvimos esta conversación antes, señorita —dijo mientras la camioneta seguía avanzando a mi ritmo—. A menos que quieras caminar veinte cuadras sin encontrar un taxi

