—Si sabes dónde están, entonces llévame —le exigí a Hernán, mi voz temblando por la mezcla de frustración y preocupación. Él negó con la cabeza sin siquiera dudar, manteniendo la calma. —No puedo hacer eso, Emily —respondió firmemente, sin apartar los ojos del camino. La furia se encendió dentro de mí. Sentía que nadie me estaba tomando en serio, que todos sabían algo que yo no, y eso me quemaba por dentro. —¡Maldita sea, Hernán! —le grité, las palabras saliendo antes de que pudiera controlarlas—. ¡Esto no es justo! Hernán frenó el auto de golpe y se giró hacia mí, sus ojos oscuros, pero no llenos de ira, sino de advertencia. —Esa boca, Emily —me dijo con un tono bajo y firme, tan severo que me dejó sin aliento por un segundo. Respiré profundamente, tratando de calmarme, aunque mi c

