El sonido del despertador era apenas un murmullo en comparación con la confusión que me acompañó durante toda la noche. Me levanté despacio, los recuerdos de la noche anterior todavía frescos en mi mente, como un eco persistente. Sin pensarlo demasiado, alcancé mi teléfono en la mesita de noche. Lo primero que hice fue revisar los mensajes. El brillo de la pantalla me cegó por un segundo, pero al adaptarse mis ojos, me di cuenta de que no había recibido nada de Sara.
Mordí mi labio inferior, dudando por un momento, antes de decidir que debía escribirle yo primero. Algo en la forma en que desapareció la noche anterior me inquietaba. Además, el chico que la había recogido, Tomás, no dejaba de rondar en mi mente. No podía sacudirme la sensación de que había algo raro en él, algo que no me dejaba tranquila.
Le envié un mensaje:
“Emily
Sara, ¿todo bien? ¿Cómo te fue anoche?"
Esperé mientras el pequeño icono de mensaje enviado desaparecía, señal de que había sido recibido. Para mi sorpresa, la respuesta llegó más rápido de lo que esperaba.
“Sara
Em, pasé la mejor noche de mi vida! No puedo esperar para contarte todo. Tienes que escuchar lo que pasó. Nos vemos a las tres en el centro comercial, ¿te parece?"
Me encontré sonriendo ante el entusiasmo de Sara. No era raro que ella siempre viera el lado positivo de cualquier situación, y si bien su emoción me tranquilizaba un poco, no podía evitar seguir sintiendo una ligera preocupación. Aún así, le respondí
“Emily
¡Genial! Nos vemos a las tres. Quiero saber cada detalle."
Después de enviar el mensaje, me dejé caer de nuevo sobre la cama, mirando el techo. Si Sara estaba tan emocionada, entonces tal vez había exagerado la sensación de peligro que sentí anoche. Tal vez Tomás no era más que un chico guapo con un auto lujoso, y yo simplemente estaba proyectando mis propios miedos en la situación. Sin embargo, una pequeña voz en mi cabeza seguía susurrando que algo no encajaba del todo.
Miré el reloj. Eran apenas las diez de la mañana, lo que me dejaba varias horas antes de encontrarme con Sara. Me levanté lentamente y fui a la cocina, donde mis padres ya estaban desayunando. Mi mama Isabela Smith, con su habitual taza de café en una mano y el periódico en la otra, me miró con una sonrisa.
—Buenos días, Em. ¿Qué tal la noche? —me preguntó, con esa calidez que siempre irradiaba.
—Bien, —dije, mientras me servía un vaso de jugo—. Salimos a bailar como siempre. Nada fuera de lo común.
Mi papá Alejandro Smith, asintió desde el otro lado de la mesa, enfocado en su tablet, como siempre. A pesar de su concentración, sabía que estaba escuchando cada palabra.
Mientras terminaba mi jugo, me volví hacia mis padres para avisarles de mis planes para la tarde.
—Voy a reunirme con las chicas más tarde en el centro comercial. Nos veremos a las tres, —les dije mientras mamá recogía su taza de café vacía y papá seguía inmerso en su tablet.
Mi papá, asintió desde el otro lado de la mesa, como siempre hacía cuando yo anunciaba mis salidas. No levantó la vista, pero su respuesta no se hizo esperar.
—¿Tienes dinero? —preguntó sin apartar la vista de la pantalla, su tono despreocupado pero atento.
—Sí, papá. No te preocupes, tengo suficiente, —respondí con una sonrisa. Siempre me aseguraba de que supiera que no necesitaba nada más, aunque sé que si se lo pedía, me lo daría sin pensarlo. Era su manera de asegurarse de que nunca me faltara nada, una de las muchas formas en las que demostraba su cariño.
Mamá, siempre más preocupada por los detalles, me miró con su expresión habitual de madre protectora. —Recuerda estar atenta, cariño. Ya sabes que a veces en esos lugares hay demasiada gente. No pierdas de vista tus cosas.
—Lo sé, mamá. No te preocupes, —le dije, riendo suavemente. Siempre había sido así: papá se preocupaba por lo práctico, mientras mamá se enfocaba en los pequeños detalles que podían hacer que todo saliera bien.
Me levanté de la mesa, dejé mi vaso en el fregadero y me dirigí a mi habitación. Tomé mi teléfono y, antes de alistarme, le escribí a Valentina.
“Emily
Valen, nos reunimos con Sara a las tres en el centro comercial. ¡No faltes!"
Después de enviar el mensaje, me senté en la cama un momento, repasando mentalmente la mañana. La verdad es que, aunque intentaba no pensar demasiado en ello, seguía dándole vueltas a la cabeza lo que había pasado anoche con Sara y ese chico, Tomás. Algo en mí no estaba del todo tranquila, pero me forcé a pensar que tal vez estaba exagerando. Después de todo, Sara parecía más que feliz, y si había algo que aprender de ella era cómo disfrutar el momento sin pensar tanto en las consecuencias.
Poco después, mi teléfono vibró. Era Valentina, respondiendo con su habitual calma.
“Valentina
"Perfecto. Nos vemos allá."
Sonreí al leerlo y me puse de pie para prepararme. La tarde prometía ser interesante, y aunque no sabía exactamente qué esperar de la reunión con Sara, estaba segura de que había algo importante que descubrir en su historia. Y quién sabe, tal vez todo resultaría ser mucho más sencillo de lo que parecía en mi cabeza.
Con ese pensamiento, me alisté para salir, esperando que las piezas del rompecabezas se acomodaran cuando estuviéramos todas juntas.
Pasé gran parte de la mañana y el mediodía estudiando. Había exámenes a la vuelta de la esquina, y aunque salir con las chicas me emocionaba, sabía que si no aprovechaba el tiempo, el estrés me alcanzaría más tarde. Los libros de historia y matemáticas estaban esparcidos por el escritorio, y mi cuaderno estaba lleno de anotaciones. Perdí la noción del tiempo entre ecuaciones y fechas, pero cuando finalmente miré el reloj, vi que casi eran las tres.
—¡Mierda! —exclamé para mí misma, al darme cuenta de que casi me había quedado sin tiempo para arreglarme.
Cerré los libros rápidamente y los apilé en un rincón del escritorio. Aunque estudiar era importante, no podía dejar que eso me retrasara. Tenía que encontrarme con Sara y Valentina en menos de media hora, y sabía que las chicas siempre eran puntuales.
Corrí hacia mi armario, buscando algo casual pero bonito. Después de revolver un poco, encontré un par de jeans ajustados y una camiseta blanca sencilla. No era nada demasiado elegante, pero me sentía cómoda y eso era lo que importaba. Me até las zapatillas, y justo cuando estaba lista para salir, me detuve un momento frente al espejo.
Me miré con atención. Mis ojos marrones, algo apagados después de horas de estudiar, se reflejaban de vuelta. Mi cabello castaño, ligeramente despeinado por estar concentrada tanto tiempo, caía en suaves ondas sobre mis hombros. Nunca había sido de esas chicas que se consideraban extraordinarias. Mi piel era clara, salpicada con pequeñas pecas que cubrían mis mejillas y nariz. De niña odiaba esas pecas, pero con el tiempo aprendí a apreciarlas, aunque aún a veces me sentía insegura.
Observé mi figura. No era nada del otro mundo. Pechos pequeños y un trasero redondeado que apenas llenaba los jeans. A veces me preguntaba si realmente era atractiva, pero luego sacudía esos pensamientos de mi mente. No tenía que ser perfecta. Era suficiente ser yo.
Respiré hondo, enderecé los hombros y sonreí levemente al espejo. "Estás bien así, Emily", me dije a mí misma. Las chicas no se preocuparían por cómo me veía, y en el fondo, yo tampoco debía hacerlo.
Tomé mi bolso, el teléfono y las llaves, lista para salir. Hoy no solo sería una tarde para ponernos al día, sino una oportunidad para entender qué había detrás de esa "mejor noche" que Sara había vivido con él tal Tomás. Y aunque todavía tenía una sensación de incertidumbre, estaba lista.
—Vamos allá —murmuré mientras cerraba la puerta de mi cuarto, sabiendo que la tarde no solo sería una charla entre amigas.
Tomé el taxi y, mientras avanzábamos por las calles abarrotadas de la ciudad, observé por la ventana cómo el día comenzaba a descender hacia la tarde. El tráfico era denso, pero afortunadamente, el centro comercial no quedaba lejos. Mis pensamientos volvieron a la reunión con las chicas y lo que Sara podría contar. A pesar de su mensaje lleno de entusiasmo, aún no podía sacudirme esa sensación de que algo estaba fuera de lugar.
Al llegar al centro comercial, pagué el taxi y bajé rápidamente, sintiendo la brisa fresca en mi rostro. Caminé entre la multitud de compradores y familias hasta encontrar la entrada. Dentro, las luces brillaban intensamente, y el ambiente estaba lleno del bullicio típico de un sábado por la tarde. Gente paseando, niños corriendo, y el constante murmullo de las conversaciones en el aire.
Me dirigí directamente a la cafetería donde siempre nos reuníamos. Era nuestro punto de encuentro habitual, un lugar acogedor y pequeño escondido en una esquina del centro comercial. A medida que me acercaba, saludé al chico del mostrador, un joven que ya nos conocía por la frecuencia con la que veníamos.
—¡Hola, Emily! —me saludó con una sonrisa amistosa—. Las chicas ya están en la mesa de siempre.
—Gracias, —le respondí, devolviéndole la sonrisa antes de caminar hacia nuestra mesa.
Cuando llegué, vi a Valentina y Sara ya sentadas, charlando entre risas. Al verme, ambas levantaron la vista y me saludaron con entusiasmo.
—¡Emily! —dijo Valentina, alzando una mano para saludarme mientras Sara se inclinaba un poco hacia adelante, con una sonrisa traviesa en el rostro—. Justo a tiempo.
—Hola, chicas, —dije mientras me sentaba con ellas, sintiéndome aliviada de que todo pareciera tan normal, al menos por ahora. Nos saludamos con un rápido abrazo antes de que me acomodara en la silla.
—Bueno, bueno… —comenzó Sara, sin perder tiempo. Sus ojos brillaban de emoción, y ya sabía que estaba a punto de lanzarse directamente a los detalles—. ¿Quieren saber lo que pasó anoche o no?
Me reí y asentí, aunque una parte de mí seguía alerta. Sabía que lo que vendría sería, al menos para Sara, increíble, pero no podía evitar sentir que había más debajo de la superficie.
—Claro que sí, Sara. Cuenta todo. —La miré con una mezcla de curiosidad y cautela, preparada para escuchar lo que ella describiría como "la mejor noche de su vida".
Sara no tardó en empezar a contar su historia, y su entusiasmo era contagioso, aunque algo en su tono me hizo sentir una pizca de inquietud.
—Chicas, no tienen idea. Anoche, Tomás me llevó a una discoteca… pero no una cualquiera. Era una de esas donde solo entra la élite de la ciudad, —dijo, haciendo énfasis en la palabra “élite" como si eso lo hiciera aún más emocionante.
Valentina arqueó una ceja, intrigada. —¿La élite? ¿Qué quieres decir?
—¡Exactamente eso! —Sara rió, visiblemente emocionada—. Esta discoteca no es para cualquiera. Ni siquiera sabía que existía. Solo entra gente con conexiones, y lo mejor de todo es que… —hizo una pausa dramática, bajando la voz— … ¡es de su hermano!
Valentina y yo intercambiamos una mirada rápida. Exclusive nightclubs, hermanos misteriosos… Todo esto comenzaba a sonar demasiado fuera de lo común, incluso para Sara. No es que dudara de lo que decía, pero esto sonaba como algo que no encajaba del todo con el chico que conocimos anoche.
—¿Su hermano? —pregunté, intentando sonar casual, aunque mi curiosidad iba en aumento—. ¿Y qué hace su hermano con una discoteca de la élite?
—Pues… —Sara se encogió de hombros como si fuera algo insignificante—. No me dijo mucho sobre él, pero me quedó claro que tiene bastante poder en la ciudad. Entramos como si nada, sin esperar ni un segundo. La gente lo conocía, saludaban como si él fuera el dueño del lugar.
Valentina la miró con una mezcla de escepticismo y curiosidad. —Y... ¿qué más pasó?
Sara sonrió, inclinándose hacia nosotras como si fuera a compartir el mejor de los secretos. —Bailamos toda la noche. Había música increíble, bebidas por todas partes… ¡y todo gratis! Tomás me llevaba de la mano por toda la pista, como si no existiera nadie más. Fue... ¡wow! —Dijo esto último con un brillo en los ojos que dejaba claro que, para ella, había sido una experiencia inolvidable.
Pero algo en su tono cambió levemente cuando continuó. —Y, bueno, ya saben cómo terminó la noche, ¿verdad? —Nos miró con una sonrisa cómplice, esperando que captáramos la insinuación.
Valentina abrió los ojos con sorpresa. —¿Terminaron...? ¿Tuvieron sexo?
Sara asintió con una sonrisa más grande. —¡Sí! Fue... perfecto. No sé qué tiene Tomás, pero definitivamente sabe lo que hace. —Hizo una pausa, mordiéndose el labio inferior—. No puedo esperar para volver a verlo.
Mientras Sara seguía hablando sobre lo increíble que había sido la noche, una sensación de incomodidad se asentó en mi estómago. No era que juzgara a Sara por lo que había hecho, ella siempre había sido más atrevida que nosotras, más dispuesta a lanzarse sin pensar demasiado. Pero la mención de esa discoteca exclusiva y la manera en que describía a Tomás... algo no me encajaba.
—Sara, —interrumpí suavemente, intentando sonar preocupada sin parecer crítica—. ¿Estás segura de que todo está bien con Tomás? No sé, solo siento que es un poco… raro.
Ella rodó los ojos y me dio una sonrisa despreocupada. —Ay, Emily, siempre tan preocupada. Te lo digo, está todo bien. Tomás es increíble. Tal vez solo deberías relajarte y disfrutar más.
Me obligué a sonreír, pero la inquietud seguía ahí. Tal vez estaba exagerando, como ella decía, pero no podía sacudirme la sensación de que había algo que no sabíamos, algo más oscuro detrás de la fachada perfecta de esa "mejor noche de su vida".
Mientras Sara continuaba hablando sobre Tomás, mi incomodidad aumentaba. Algo en su historia no me convencía del todo. Decidí no quedarme callada y hablarle con sinceridad, aunque sabía que corría el riesgo de que se molestara.
—Sara, no lo sé... —dije finalmente, jugando con la servilleta que tenía entre las manos—. Es solo que ese chico me parece raro. Desde la primera vez que lo vi, había algo en él que no me terminaba de cuadrar. Además... se ve mucho mayor que tú.
Sara frunció el ceño, claramente sorprendida y un poco a la defensiva. —¿Mayor? ¡Emily, exageras! Tomás solo tiene 24 años.
Valentina, que había estado escuchando en silencio, también levantó la mirada, pero no dijo nada. Estaba observando atentamente, como si quisiera ver cómo se desarrollaba la conversación antes de opinar.
—¿Veinticuatro? —pregunté, intentando mantener la calma—. Sara, tú tienes diecisiete. Siete años de diferencia no es poco, y… no sé, me parece que hay una brecha grande entre lo que un chico de esa edad quiere y lo que nosotras buscamos. Además, no es solo la edad, es... todo. Esa discoteca, su actitud… no lo sé, me da mala espina.
Sara suspiró y rodó los ojos, claramente molesta. —¡Vamos, Emily! Tienes que dejar de preocuparte tanto. No todos los chicos mayores son malos. Además, ¡veinticuatro no es tanto! Es apenas un poco más de lo que tienen algunos de los chicos de nuestra clase que han repetido curso. Y Tomás es maduro, tiene experiencia... Me gusta eso.
—Pero no es lo mismo, Sara, —insistí—. Ya está fuera del colegio, está en otro momento de su vida. No sé si él y sus intenciones son tan... claras como las tuyas.
Sara cruzó los brazos, claramente frustrada. —¿Y qué si es mayor? No estoy haciendo nada malo. Tomás me trata increíble, y eso es lo que importa. ¿Sabes qué? A veces creo que deberías relajarte más, Em. No todo es un gran misterio o un peligro oculto.
Me quedé en silencio un momento, sintiendo la tensión en el aire. Sabía que Sara odiaba que cuestionáramos sus decisiones, especialmente cuando se trataba de chicos. Pero algo en Tomás me inquietaba profundamente, y no podía evitar expresarlo. Lo que más me preocupaba no era la diferencia de edad en sí, sino el control que parecía tener sobre Sara tan rápido, y el mundo en el que la estaba introduciendo.
—No es que no quiera que te diviertas, —dije suavemente—. Solo... no quiero que termines lastimada o en una situación que no puedas manejar.
Sara me miró con una mezcla de frustración y comprensión, como si supiera que mis preocupaciones venían de un lugar genuino, pero al mismo tiempo, estaba decidida a no dejarse influenciar.
—Te entiendo, Emily, de verdad, pero estoy bien. No tienes que preocuparte tanto por mí, —respondió, más calmada esta vez—. Tomás es diferente a lo que estás pensando. Confía en mí, ¿sí?
Valentina, que había estado observando todo el intercambio, finalmente intervino con suavidad. —Solo cuídate, Sara. Eso es todo lo que te pedimos.
Sara asintió, sonriendo con más suavidad. —Lo haré, chicas. Sé lo que estoy haciendo.
Aunque sus palabras eran reconfortantes, no pude sacudirme del todo la sensación de que algo no estaba bien. Tomás era mayor, sí, pero había algo más en él que me preocupaba. Quizás Sara lo veía como un chico atractivo y emocionante, pero para mí, seguía siendo un misterio que tal vez ocultaba más de lo que ella podía ver.
La tarde continuó con nuestras risas y charlas habituales, pero en el fondo de mi mente, el nombre de Tomás seguía rondando, acompañado de esa extraña sensación de inquietud.