Cuando abro los ojos, la luz suave que entra por las ventanas me indica que ha pasado un buen rato desde que me quedé dormida. Me estiro lentamente, sintiendo aún el peso de lo ocurrido en mi cuerpo, pero al darme la vuelta, me doy cuenta de que estoy sola en la cama. Hernán ya no está a mi lado. Me incorporo con cuidado, notando la suave sensación de las sábanas sobre mi piel desnuda. Busco su camisa que está tirada en el suelo, la recojo y me la coloco. La tela aún conserva su aroma, una mezcla de su perfume y algo más... algo puramente suyo. Con pasos lentos, me dirijo hacia la puerta, abriéndola en silencio. Mientras bajo las escaleras, el silencio que envuelve el apartamento me resulta extraño, casi desconcertante. El eco de mis pasos es lo único que llena el aire vacío. La sala es

