—Pasen, pónganse cómodas, —dijo Hernán, haciendo un gesto hacia los sillones de cuero que rodeaban una pequeña mesa de cristal.
Su voz era suave, pero había algo en ella que emanaba autoridad. Las chicas se sentaron de inmediato, como si estuvieran bajo un hechizo, mientras yo me quedaba de pie un segundo más, tratando de procesar lo que estaba sucediendo. La presencia de Hernán era abrumadora. No podía apartar los ojos de él, y por alguna razón, me sentía fuera de lugar, mucho más que antes.
—¿Qué quieren tomar? —preguntó Hernán, con una sonrisa que parecía cortés, pero algo en su mirada me decía que había más detrás de esa fachada controlada.
—Un gin tonic para mí, —dijo Sara con una sonrisa brillante. Estaba completamente deslumbrada por el ambiente y por Hernán, y no podía culparla. Él tenía esa extraña capacidad de hacer que todo el mundo a su alrededor se sintiera pequeño, insignificante.
—Lo mismo para mí, —añadió Valentina, aunque su tono era más reservado que el de Sara.
Yo, sin embargo, me quedé callada. No podía concentrarme en nada más que en Hernán. Había algo en su manera de moverse, en la forma en que observaba todo a su alrededor, que me hacía sentir vulnerable, como si pudiera ver a través de mí. No era solo guapo; había algo más oscuro en él, algo que me daba una mala espina.
Mientras Hernán dirigía su atención a las chicas, pidiéndole las bebidas a un camarero que apareció casi de la nada, mi incomodidad creció. El lugar, el ambiente, el hecho de estar sentada en esa sala exclusiva y ser observada por este hombre misterioso... todo me hacía sentir que no pertenecía aquí.
De repente, sin pensarlo mucho, las palabras salieron de mi boca.
—Yo... tengo que irme, —dije de golpe, rompiendo el momento de silencio.
Las chicas se giraron hacia mí, sorprendidas. Sara frunció el ceño, claramente confundida. —¿Irte? Pero si acabamos de llegar, Emily.
Valentina también me miró, pero su expresión era más comprensiva, como si pudiera ver el nerviosismo que intentaba ocultar.
—Aún es temprano, —intervino Tomás, mirándome con una sonrisa tranquila, pero sus ojos mostraban una leve sorpresa—. Relájate, no hay prisa.
Hernán, sin embargo, no dijo nada de inmediato. Solo me miró fijamente, con esos ojos oscuros que parecían atravesarme. Me sentí expuesta, como si él supiera exactamente por qué quería irme, como si hubiera visto mi incomodidad desde el principio y la estuviera saboreando. Su mirada era intensa, pero no agresiva. Más bien, era como si estuviera evaluando cada una de mis reacciones, como si mi decisión de irme fuera algo que él esperaba... o algo que le divertía.
—No hay necesidad de apresurarse, —dijo finalmente, su tono bajo pero firme. Esa sonrisa en sus labios no desaparecía, pero tampoco alcanzaba sus ojos.
Sentí un nudo en la garganta. Las chicas me miraban, esperando que cambiara de opinión, pero yo no podía sacudirme la sensación de que estar aquí era un error, que había algo en este lugar, en Hernán, que no estaba bien.
—Lo siento, pero de verdad tengo que irme, —insistí, intentando mantener la calma mientras evitaba mirar a Hernán directamente.
Sara suspiró, claramente molesta, y Valentina me dio una mirada comprensiva pero no dijo nada. Tomás me observaba con atención, como si intentara entender qué me estaba ocurriendo. Mientras tanto, Hernán seguía mirándome, sin apartar la vista ni un segundo.
—Está bien, —dijo finalmente, levantando una mano en señal de aceptación—. Si realmente tienes que irte, nadie te detendrá.
Pero su tono, aunque suave, tenía una extraña gravedad, como si hubiera una advertencia oculta detrás de esas palabras. Sentí que mi decisión de irme era algo más que un simple rechazo a quedarme. Era como si cruzar esa puerta implicara más de lo que entendía en ese momento.
Me levanté lentamente, intentando no parecer demasiado ansiosa por salir, aunque por dentro, todo mi ser me gritaba que me fuera de inmediato. Sentí los ojos de Hernán sobre mí mientras me dirigía hacia la puerta. El ascensor se abrió silenciosamente, y cuando entré, me giré por última vez. Hernán seguía mirándome, como si hubiera algo en mí que le resultara interesante o peligroso. No pude evitar tragar saliva con dificultad.
—Nos vemos luego, chicas, —dije con voz forzada antes de que las puertas se cerraran.
A medida que el ascensor bajaba, el peso de la mirada de Hernán seguía sobre mis hombros. Algo en esa sala, en ese hombre, me decía que esto no había terminado.
Salí de la discoteca con una mezcla de alivio e incomodidad que no podía sacudirme. El aire fresco de la noche me recibió, pero no fue suficiente para calmar los nervios que seguían agitados desde el encuentro con Hernán. **Sus ojos oscuros** seguían grabados en mi mente, como si su mirada me hubiera dejado una huella invisible.
Miré a mi alrededor, esperando encontrar un taxi que me sacara de allí lo antes posible, pero estas calles no eran como las del centro de la ciudad. Aquí no había taxis esperando ni movimiento en las aceras, solo autos caros pasando de vez en cuando. No sabía a dónde ir ni cómo volver a casa.A pesar de la elegancia del lugar, me sentía completamente perdida.
Decidí empezar a caminar. No quería quedarme parada allí, vulnerable, y menos con la sensación de que algo no estaba bien. Mis pasos resonaban en las calles desiertas, el eco acompañándome mientras mi mente seguía repasando todo lo que había ocurrido. No podía sacarme de la cabeza la presencia de Hernán. Había algo oscuro en él, algo que me hacía sentir pequeña y fuera de lugar.
Mientras me alejaba de la discoteca, escuché un claxon. Un sonido fuerte que me sobresaltó. Me giré y vi una camioneta negra, grande y cara, una de esas que usaban los políticos o empresarios importantes. El vehículo se detuvo a mi lado, y por un momento, el miedo se apoderó de mí. No conocía esa camioneta, y en esta parte de la ciudad, todo parecía más amenazante de lo que debía ser.
La puerta del pasajero se abrió y un hombre alto y fuerte, vestido de manera formal, salió del vehículo. Caminó hacia mí con pasos firmes y se detuvo a unos pocos metros. Su voz, profunda y seria, rompió el silencio.
—Señorita, suba. La llevaré a casa.
Me quedé inmóvil por un momento, intentando procesar lo que acababa de decir. ¿Cómo sabía que necesitaba que me llevaran? ¿Y por qué debía confiar en él?
—No es necesario, gracias, —respondí rápidamente, sintiendo mi corazón acelerarse. Mis pies comenzaron a moverse de nuevo, alejándome de la camioneta.
El hombre, sin moverse, me siguió con la mirada y dijo algo que hizo que me detuviera en seco.
—El señor Silvestre no estará contento si rechaza su ayuda.
Me congelé. Silvestre. ¿Había oído bien? Mi mente volvió a la sala de la discoteca, al hombre vestido de n***o que había dominado todo el ambiente. Hernán Silvestre. No conocía a nadie con ese apellido, pero algo en la manera en que el hombre lo dijo me hizo detenerme. Me giré lentamente, repitiendo el apellido en voz baja.
—¿Silvestre? —pregunté, confundida. No tenía idea de quién era ese tal "señor Silvestre" más allá de lo que acababa de vivir en la discoteca.
El hombre asintió, su rostro imperturbable. —Hernán Silvestre. Mi jefe. Él me envió para asegurarme de que llegara a casa a salvo.
Mi corazón latía con fuerza en mi pecho. Hernán me había seguido… o al menos, estaba al tanto de que me había ido sola. ¿Pero por qué? Nada de esto tenía sentido. ¿Por qué le importaría lo que hiciera yo? Apenas nos habíamos conocido, y sin embargo, ahí estaba, enviando a alguien para que se asegurara de que volviera a casa.
—Yo… —dudé, mirando al hombre y luego a la camioneta. Todo en mí gritaba que no debía subir, que no debía confiar en este extraño, pero al mismo tiempo, el peso del nombre de Hernán Silvestre me mantenía anclada al lugar.
El hombre dio un paso hacia mí, manteniendo una distancia respetuosa, pero sus palabras fueron firmes. —Le aseguro que no tiene nada de qué preocuparse. Solo queremos que esté segura. El señor Silvestre no quiere que pase algo.
Me quedé en silencio por un momento, debatiéndome entre mi instinto y la situación en la que me encontraba. Subir a esa camioneta significaba entrar aún más en el mundo de Hernán, un mundo que no entendía y que me daba miedo. Pero al mismo tiempo, la idea de rechazar su "ayuda" y seguir caminando sola en esas calles desiertas me hacía sentir aún más vulnerable.
Finalmente, tomé una decisión. No tenía elección.Tragué saliva y me acerqué a la camioneta, mirando al hombre.
—Está bien, —dije con voz baja, tratando de mantener la calma—. Llévame a casa.
El hombre asintió sin decir nada más y abrió la puerta para que subiera. Me acomodé en el asiento, mi mente llena de preguntas sin respuesta. La camioneta arrancó suavemente, y mientras nos alejábamos de la discoteca, no pude evitar sentir que, de alguna manera, ya no había vuelta atrás.