El trayecto en la camioneta fue silencioso. A pesar de que las calles estaban casi desiertas, no pude dejar de sentirme inquieta, como si la sombra de Hernán Silvestre me siguiera incluso en la tranquilidad de la noche. Mis pensamientos iban de un lado a otro, tratando de encontrar sentido a todo lo que había pasado. **¿Por qué le importaba a Hernán si llegaba a casa a salvo?**
Finalmente, llegamos a mi casa. El hombre que me había recogido, fuerte y serio, detuvo la camioneta suavemente frente a la puerta. Respiré aliviada al ver la familiaridad de mi hogar. Antes de bajar, me giré para agradecerle.
—Gracias por traerme, —dije, intentando mantener la compostura, aunque por dentro todo estaba desordenado.
El hombre, sin mucha expresión, asintió y dijo: —Mi nombre es Peter. Si alguna vez necesitas algo, no dudes en decirlo. —Su voz era firme pero cortés, como si estuviera acostumbrado a cumplir órdenes, sin hacer preguntas.
Le sonreí levemente, más por educación que por otra cosa. —Gracias, Peter. Que tengas buena noche.
—Igualmente, señorita, —respondió él, con un ligero asentimiento de cabeza.
Bajé de la camioneta y caminé hacia la puerta de mi casa. La luz del porche iluminaba el camino, pero la sensación de estar siendo observada no me abandonaba. Sabía que era irracional, pero no podía evitarlo. **El nombre de Hernán seguía resonando en mi cabeza.**
Una vez dentro, cerré la puerta tras de mí y respiré profundamente. **Estaba en casa.** Estaba a salvo. Pero la sensación de haber cruzado una línea que no comprendía del todo seguía presente. Sin hacer ruido, subí las escaleras hacia mi habitación, deseando con todas mis fuerzas dejar atrás la inquietud que sentía.
Entré a mi cuarto y cerré la puerta, buscando la seguridad de mi propio espacio. Me dejé caer en la cama, agotada tanto física como mentalmente. **¿Qué estaba pasando en mi vida?** Todo había cambiado tan rápido desde que conocí a Tomás, y ahora Hernán. **¿Qué era lo que realmente querían?**
A pesar de todas las preguntas que giraban en mi mente, el cansancio se impuso. Poco a poco, mi cuerpo se fue relajando, y mis párpados, pesados, comenzaron a cerrarse. El sueño me venció sin que me diera cuenta, llevándome a un lugar de silencio y oscuridad donde, por un momento, nada más importaba.
Pero la paz no duró mucho.
El sonido agudo de la alarma rompió la quietud, sacándome del sueño de golpe. Me espanté, el corazón latiéndome rápido por la sorpresa. Tardé un segundo en recordar dónde estaba, y cuando miré el reloj, vi que era hora de levantarme para el colegio.
—No puede ser… —murmuré mientras me frotaba los ojos.
El cansancio seguía presente, pero no había tiempo para descansar más. Me levanté de la cama, con la mente aún nublada por los eventos de la noche anterior. **La realidad me llamaba de vuelta, pero la sombra de lo que había vivido seguía presente.** Era un nuevo día, pero la sensación de que algo más estaba por venir no desaparecía.
Me preparé lo más rápido que pude, sabiendo que tenía que enfrentar el colegio como cualquier otro día, aunque una parte de mí sentía que ya nada volvería a ser igual.
Me levanté con el cuerpo pesado, como si el peso de la noche anterior todavía estuviera sobre mis hombros. Caminé hacia el baño y dejé que el agua de la ducha me despertara del todo. Mientras el agua caliente caía sobre mí, mis pensamientos volvían una y otra vez a lo que había pasado. **Hernán Silvestre, Peter, la camioneta, esa extraña sensación de estar entrando en un mundo peligroso...**
Sacudí la cabeza, intentando despejar mi mente. **Hoy era un día normal, me repetí a mí misma.** Era solo el colegio, como cualquier otro día.
Salí de la ducha y me puse el uniforme con movimientos automáticos, tratando de no dejar que mi mente se quedara atrapada en lo que había ocurrido. Me miré en el espejo brevemente mientras alistaba mi mochila, asegurándome de que todo estaba en su lugar: los libros, la calculadora, las notas. **Lo mismo de siempre**, pensé.
Bajé las escaleras con rapidez, apurándome porque el reloj no dejaba de avanzar. En la cocina, mis padres estaban como siempre, ya preparados para su propio día. Papá leía el periódico mientras mamá arreglaba unos papeles del trabajo.
—Buenos días, cariño, —dijo mamá, sin levantar la vista de lo que estaba haciendo.
—Buenos días, —respondí, acercándome para darle un beso en la mejilla. Hice lo mismo con papá, quien me devolvió una sonrisa.
—¿No te quedas a desayunar? —preguntó mamá, finalmente mirándome.
Agarré una manzana del frutero y me la llevé a la boca mientras caminaba hacia la puerta. —No, ya es tarde, mamá. Comeré algo rápido en el camino.
Mamá suspiró, pero no insistió. Sabía que cuando decía que tenía prisa, realmente no había vuelta atrás. —Cuídate y presta atención en clase, —dijo, con ese tono protector que siempre usaba, aunque había una leve preocupación en su voz.
—Lo haré, —dije, intentando sonar más tranquila de lo que realmente me sentía. Salí de la casa y cerré la puerta detrás de mí, agradecida por la brisa fresca de la mañana que me ayudó a despejarme un poco.
**Hoy era un día como cualquier otro, me repetí nuevamente.** Pero mientras caminaba hacia el colegio, no pude evitar la sensación de que, aunque todo parecía igual en la superficie, algo había cambiado. Y no sabía exactamente cómo manejarlo.
Llegué al colegio y, como siempre, Valentina me esperaba en la entrada. Su expresión era relajada, como si todo estuviera en calma, pero yo aún llevaba conmigo el peso de la noche anterior. Mientras caminaba hacia ella, intenté sacudirme los pensamientos que seguían rondando en mi cabeza.
—¡Hola, Em! —dijo Valentina con su típica sonrisa tranquila.
—Hola, Valen. ¿Has visto a Sara? —le pregunté, aunque la respuesta llegó en ese mismo momento.
Un auto familiar se detuvo frente a nosotras. **Tomás.** Lo reconocí de inmediato. Sara salió del auto, pero no antes de darle un beso rápido en los labios a Tomás. No pude evitar sentir un pequeño nudo en el estómago al ver la escena. ¿Qué estaba haciendo ella metida tan profundamente en esto?
Tomás bajó la ventanilla y nos saludó con un gesto despreocupado. —Chicas, que tengan un buen día.
—Gracias, Tomás, —respondió Valentina, aunque yo apenas levanté una mano en señal de saludo.
El auto se alejó, y Sara, completamente radiante, se acercó a nosotras con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Buenos días! —dijo, casi brincando de emoción.
La miré fijamente, sin poder contener mi curiosidad, y antes de que pudiera detenerme, las palabras salieron de mi boca. —¿Dormiste con él?
Sara soltó una pequeña risa y asintió sin la menor preocupación. —Sí, en su casa.
Abrí los ojos como platos. ¿Qué? Esto era mucho más de lo que me había imaginado. Mi mente empezó a correr, pensando en todas las implicaciones de lo que acababa de decir. —¿Y qué dijo tu papá?
Sara se encogió de hombros, como si no fuera gran cosa. —Mi papá ni se entera. Ya sabes cómo es, siempre está trabajando. Apenas lo veo. Además, tiene su propia vida, y yo tengo la mía.
Valentina, que había estado escuchando en silencio, intervino. —Sara, ¿estás segura de que esto es lo que quieres? No es solo Tomás, es... todo lo que implica estar con él.
Sara rodó los ojos, claramente fastidiada por la preocupación. —Chicas, estoy bien. Sé lo que hago. Mi papá no se involucra en mi vida, y eso me da libertad para hacer lo que quiero. Tomás es diferente. Me siento bien con él.
No pude evitar fruncir el ceño. No era solo la libertad lo que me preocupaba, sino el control que Tomás parecía tener sobre ella sin que ella lo notará. Sara siempre había sido la más liberal entre nosotras, pero esto... esto era distinto.
—Solo queremos que tengas cuidado, —dije suavemente, intentando no sonar como si la estuviera juzgando.
Sara suspiró y nos dio una sonrisa tranquilizadora. —Lo tendré, lo prometo. Ahora, vamos a clase. No quiero hablar de esto todo el día.
Valentina y yo nos miramos, sabiendo que no habíamos terminado con esta conversación, pero por ahora, seguiríamos su ritmo. Había mucho más detrás de esa fachada despreocupada que Sara nos estaba mostrando.
Mientras caminábamos hacia el edificio, no pude evitar sentir que, aunque todas estábamos juntas, algo estaba esta apunto de pasar.
Las clases pasaron rápidamente, casi como si hubieran sido un susurro en el fondo de mi mente. Mi concentración había estado en otra parte, atrapada en los eventos de la noche anterior y en las palabras de Sara sobre Tomás. Pero ahora, sentadas en una mesa en la cafetería, tratando de relajarnos y disfrutar de la comida, Valentina parecía tener algo importante que decir.
—Te perdiste de muchas cosas a noche, —dijo Valentina, dándole un mordisco a su sándwich mientras me miraba con una sonrisa divertida.
Fruncí el ceño, algo sorprendida. —¿Así de qué cosas?
Valentina se inclinó hacia adelante, como si estuviera a punto de contarme un gran secreto, y empezó a relatar lo que había pasado después de que me fui de la discoteca. Me contó cómo Tomás y Sara estuvieron bailando toda la noche, cómo conocieron a otras personas del círculo de Hernán, y cómo todo parecía volverse más exclusivo y más intenso a medida que la noche avanzaba.
—Todo el mundo parecía conocer a Hernán, —dijo Valentina, como si todavía estuviera sorprendida—. Y todos lo respetaban como si fuera alguien muy importante. Fue una locura. Al final, Sara y yo nos fuimos cuando Tomás dijo que era hora de marcharnos...
Antes de que pudiera terminar su historia, Sara intervino, mirándome directamente con una pequeña sonrisa.
—Oh, y hablando de Hernán, —dijo de repente—, me preguntó por ti.
Sentí como si me hubieran dado un golpe en el estómago. ¿Hernán preguntó por mí? No pude evitar soltar una tos ahogada, y Valentina rápidamente me pasó su jugo, preocupada. Tomé un sorbo, intentando calmarme, mientras el peso de lo que Sara acababa de decir se asentaba en mí.
—¿Qué? —pregunté, con la voz todavía un poco entrecortada—. ¿Por qué preguntó por mí?
Sara se encogió de hombros, como si no entendiera por qué me sorprendía tanto. —No lo sé, solo preguntó quién eras. Me dijo algo como que quería saber más sobre ti.
Me quedé en silencio, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar. Hernán Silvestre quería saber más sobre mí. El hombre que había dominado la habitación con su sola presencia, que había enviado a alguien para asegurarse de que llegara a casa... ¿y ahora estaba interesado en mí? Nada de eso tenía sentido.
—¿Y qué le dijiste? —pregunté finalmente, con un nudo en el estómago.
Sara sonrió, casi divertida por mi reacción. —Solo le dije que eras mi amiga del colegio. No te preocupes, no fue nada raro... bueno, al menos no lo parecía. —Su tono era despreocupado, pero mi mente estaba lejos de sentir calma.
Valentina me observaba en silencio, claramente preocupada por cómo estaba tomando la noticia. La verdad era que no sabía cómo sentirme. Hernán me había inquietado desde el primer momento que lo vi, y ahora que sabía que había preguntado por mí, no podía evitar sentirme aún más inquieta.
—¿Qué piensas, Em? —preguntó Valentina con suavidad, rompiendo el silencio.
Sacudí la cabeza, tratando de recomponerme. —No lo sé... Es raro. No sé por qué querría saber algo sobre mí.
Sara se rió ligeramente, como si todo esto fuera un juego. —Tal vez le gustaste.
Valentina y yo intercambiamos una mirada. Sabíamos que esto iba mucho más allá de un simple "me gustas". Había algo más en Hernán, algo que todavía no entendíamos.
—Solo ten cuidado, ¿sí? —dijo Valentina finalmente, dándole voz a lo que ambas estábamos pensando.
Yo asentí, aunque por dentro me sentía cada vez más atrapada en algo que no podía controlar ni comprender.
Las clases terminaron y el sol empezaba a descender en el cielo, tiñendo la tarde con un brillo cálido. Mientras salíamos del colegio, mis ojos se posaron en una camioneta estacionada a lo lejos. Era negra, lujosa, similar a la que me había llevado a casa la noche anterior. Me quedé mirando por un momento, un extraño nudo formándose en mi estómago. Pero, después de unos segundos, decidí ignorarla. Seguramente solo era una coincidencia.
—Vamos, Em, —dijo Valentina, dándome un leve empujón para sacarme de mis pensamientos.
Asentí y las seguí mientras comenzábamos a caminar. Sara parecía distraída, probablemente pensando en Tomás, y Valentina estaba animada, hablando de tareas y cosas de chicas como siempre. Yo trataba de involucrarme en la conversación, aunque mi mente aún vagaba por los eventos de los últimos días.
—¿Qué piensan hacer más tarde? —preguntó Valentina de repente, rompiendo el hilo de la conversación.
—Nada, realmente, —respondió Sara con un tono relajado—. Probablemente me quede en casa a descansar.
Yo asentí. —Igual que Sara, creo que no tengo planes para esta tarde.
Valentina nos miró a ambas, como si ya tuviera algo en mente. —Entonces, ¿por qué no vamos un rato a la playa? Hace tiempo que no lo hacemos. Nada de estrés, solo nosotras, el mar y tal vez algo de música.
La idea me sorprendió, pero también me atrajo de inmediato. Un escape a la playa suena perfecto. Necesitaba un descanso de todo lo que había pasado últimamente, y la tranquilidad del mar siempre me había ayudado a despejar la mente.
—Eso suena bien, —respondí con una sonrisa—. Podríamos caminar por la orilla y olvidarnos de todo por un rato.
Sara parecía dudar por un segundo, pero luego se encogió de hombros y sonrió. —Está bien, me apunto. No estaría mal relajarme un poco después de todo lo que ha pasado.
Así que las tres seguimos caminando, dejando atrás el colegio, y dirigiéndonos hacia la playa. Mientras nos alejábamos, no pude evitar lanzar una última mirada a la camioneta que había visto antes. Seguía ahí, inmóvil, pero decidí no pensar más en ello. Esta tarde era para nosotras, para dejar atrás las preocupaciones y disfrutar de algo tan simple como el sonido de las olas.
Llegamos a la playa poco después de dejar atrás el bullicio de la ciudad. La arena estaba tranquila, el mar calmado, y apenas había personas a la vista. El lugar parecía casi abandonado, lo cual, al principio, me dio una sensación de paz. No había nada más que nosotras y la inmensidad del océano frente a nosotras.
—¡Por fin, algo de tranquilidad! —exclamó Sara mientras comenzaba a quitarse la ropa, quedándose solo en ropa interior.
Valentina hizo lo mismo, riéndose mientras se adentraba en el agua. Yo, aunque un poco más reservada, las seguí, quitándome la ropa con timidez y dejándola en una pequeña pila junto a las suyas. El aire fresco y el sonido de las olas me envolvieron, y por un momento, todo parecía estar en su lugar.
Las chicas comenzaron a correr hacia el agua, riendo y chapoteando en el borde. Yo decidí quedarme un poco más atrás, disfrutando del paisaje y del sonido relajante del mar. Me senté en la arena, dejando que la brisa me despeinara, y saqué mi teléfono para enviarle un mensaje a mi madre.
“Emely
Estoy en la playa con las chicas. No tardaré mucho. Te quiero."
Sentí que era lo correcto, después de todo lo que había pasado últimamente, avisar dónde estaba y mantener a mis padres tranquilos. No quería preocuparlos más de lo necesario.
Mientras guardaba el teléfono en mi bolso, escuché a Sara y Valentina riendo, jugando en el agua como si no tuvieran una sola preocupación en el mundo. Sonreí al verlas, deseando poder relajarme de la misma manera.
De repente, mi teléfono vibró. Lo saqué de nuevo, pensando que era una respuesta de mi madre. Pero cuando abrí el mensaje, todo mi cuerpo se puso frío al instante.
“Desconocido
"No deberías bañarte en ropa interior."
Mi corazón comenzó a latir con fuerza. Miré a mi alrededor rápidamente, buscando alguna señal de quién podría haber enviado ese mensaje. No había nadie cerca, nadie que pareciera estar prestando atención a nosotras. La playa seguía tan desierta como cuando llegamos. Mis manos temblaban mientras sostenía el teléfono, y una sensación de pánico comenzó a instalarse en mi pecho.
Antes de que pudiera procesar lo que acababa de leer, otro mensaje apareció en la pantalla.
“Desconocido
"El n***o te queda bien. Me pregunto cómo te verías en lencería blanca."
Sentí un escalofrío recorrerme de pies a cabeza. Miré de nuevo a mi alrededor, pero no había nadie visible. ¿Cómo alguien podía estar viéndome? El hecho de que supiera lo que llevaba puesto me hizo sentir extremadamente expuesta, como si estuviera siendo observada sin saber desde dónde. Mi respiración se volvió errática, y el pánico comenzó a apoderarse de mí.
Sara y Valentina seguían jugando en el agua, ajenas a lo que estaba pasando. Debía mantener la calma, al menos hasta que pudiera entender qué estaba ocurriendo. Pero cada vez que intentaba tranquilizarme, las palabras del mensaje se repetían en mi cabeza, como un eco siniestro.