Hernán me mira con esa mezcla de curiosidad y ternura que me hace sentir segura, como si por fin pudiera soltar el peso que llevo dentro. Me apoyo ligeramente en los almohadones de la cama, sus dedos aún rozando mi piel, y tomo una respiración profunda antes de comenzar. —Cuando tenía 15 años, yo no era como soy ahora —empiezo, sintiendo que las palabras salen lentamente, con el peso del recuerdo—. Era... diferente. No me veía como una belleza, ni mucho menos. Estaba gordita, usaba frenillos y, bueno, no era lo que podrías llamar una chica que llamara la atención. Hernán me escucha en silencio, sus ojos enfocados en mí, atentos. Me da valor para seguir. —En mi vecindario, un chico nuevo se mudó. Franco... —siento cómo el nombre aún me produce un pequeño nudo en el estómago al recordarlo

