Mis manos temblaban ligeramente mientras cerraba la puerta detrás de ellos. No podía creer lo que estaba sucediendo. Hernán, en mi casa, compartiendo una cena con mi familia, como si todo fuera normal. No tenía ni idea de cómo iba a salir de esto, pero una cosa estaba clara: ahora estaba atrapada en su juego.
Mi madre salió de la cocina con una sonrisa cordial en el rostro. Siempre estaba preparada para recibir invitados, pero no tenía idea de quién era realmente el hombre que estaba a punto de conocer.
—Querida, te presento a Hernán Silvestre, —dijo mi padre con entusiasmo, colocando una mano en el hombro de mi madre—. Ya conoció a nuestra princesa, Emily.
La palabra "princesa" nunca había sonado tan fuera de lugar. Sentí la mirada de Hernán sobre mí, pero intenté no mostrar nerviosismo. Mi madre, ajena a la tensión, sonrió encantada.
—Es un placer conocerlo, señor Silvestre, —dijo mi madre mientras le extendía la mano con amabilidad.
Hernán tomó su mano con una sonrisa que solo a él le podía salir tan natural y calculada al mismo tiempo. —El placer es todo mío, señora Smith. Veo que la belleza es de familia, —dijo con un tono suave que hizo que mi madre se ruborizara ligeramente.
Mi corazón latía con fuerza, intentando procesar lo que acababa de presenciar. Hernán entregó las rosas a mi madre, que las recibió con una sonrisa complacida.
—¡Oh, qué hermosas! Gracias, señor Silvestre. Voy a ponerlas en agua enseguida, —dijo, antes de dirigirse a la cocina.
Mientras mi madre desaparecía momentáneamente, Hernán se giró hacia la entrada y con un gesto sutil le indicó a alguien que estaba fuera. Hasta ese momento, no me había dado cuenta de que **Peter**, el hombre que me había llevado a casa esa noche en la camioneta, estaba allí, de pie como una sombra en la puerta.
Peter entró en silencio, con una botella de vino en una mano y una caja elegante en la otra. No había notado su presencia antes, lo cual me puso aún más nerviosa. ¿Cuánto tiempo había estado ahí? ¿Había estado observando todo desde las sombras?
Hernán asintió hacia Peter, quien caminó hacia mi padre y le entregó la caja con respeto, antes de colocar la botella de vino en la mesa.
—Este es un pequeño regalo para usted, señor Smith, en agradecimiento por esta noche, —dijo Hernán con su tono suave pero imponente.
Mi padre, claramente impresionado, abrió la caja. Lo que había dentro era impactante: un reloj elegante, de una marca de lujo que solo había visto en revistas. Era más que un simple regalo, era una declaración.
—Es... es hermoso, —dijo mi padre, sin palabras, mientras tomaba el reloj entre sus manos—. No era necesario, Hernán, de verdad.
—Nada es demasiado cuando se trata de agradecer una amistad en ciernes, —respondió Hernán, con esa sonrisa que hacía que todo pareciera perfectamente natural, aunque yo sabía que nada lo era.
Sentí un nudo en el estómago. No solo había entrado en mi casa, sino que estaba ganando a mi familia con cada palabra, cada gesto. Todo esto era parte de su juego, y aunque mis padres no lo sabían, yo sí. Sabía que Hernán no estaba aquí solo por negocios.
Pero lo más inquietante era que yo no tenía idea de cómo detenerlo.
La cena había comenzado, y aunque todo parecía normal en la superficie, no podía dejar de sentirme atrapada en un escenario que Hernán había creado cuidadosamente. La conversación alrededor de la mesa era animada, fluida. Hernán se comportaba de manera impecable, como si fuera el invitado perfecto, un caballero educado y atento.
—Por favor, —dijo Hernán con una sonrisa encantadora—, llámenme Hernán. Solo Hernán.
Mis padres rieron, encantados por su cercanía y la familiaridad que mostraba. Lo adoraban, podía verlo en sus rostros. Mi madre, quien era más cautelosa con las primeras impresiones, ya se había rendido ante su encanto, mientras que mi padre no podía dejar de hablar sobre lo agradecido que estaba por su visita.
Hernán, con esa facilidad que tenía para controlar la conversación, pronto giró el tema hacia el motivo de la cena. El trabajo que le proponía a mi padre.
—Bueno, señor Smith, —dijo Hernán, tomando un sorbo del vino que había traído—, como le mencioné antes, el trabajo que quiero que haga por mí es bastante sencillo. Solo necesito que me represente legalmente. Mi equipo ya está bastante ocupado, y prefiero alguien que esté completamente dedicado a este caso en particular.
Mi padre asintió, claramente interesado, pero yo estaba paralizada por la incredulidad. ¿Por qué Hernán querría que mi padre, un abogado competente pero modesto en comparación con los grandes nombres del mundo legal, lo representara? Nada de esto tenía sentido. Hernán Silvestre era alguien que, sin duda, podría permitirse los mejores abogados del país, si no del mundo.
—Es un honor que piense en mí para esto, Hernán, —respondió mi padre, con una sonrisa orgullosa—. Pero no puedo evitar preguntarme, ¿por qué yo? Sé que tienes acceso a grandes firmas legales. ¿Por qué elegir a un pequeño abogado local como yo?
Hernán sonrió de nuevo, esa sonrisa calculada que parecía dar respuestas sin decir mucho en realidad.
—A veces, lo mejor es ir por lo más seguro y discreto. Y usted, señor Smith, tiene la reputación de ser exactamente eso: un hombre de integridad, alguien en quien puedo confiar plenamente. No necesito una firma gigantesca que vea mi caso como solo un número. Necesito a alguien que cuide mis intereses con dedicación personal, y usted es esa persona.
Todo sonaba tan perfectamente calculado, tan razonable. Cualquier otra persona, como mi padre, tomaría esas palabras como el mejor cumplido posible. Pero para mí, había algo más. Hernán no estaba diciendo toda la verdad.
Miré a Hernán mientras hablaba, intentando descifrar lo que realmente estaba ocurriendo detrás de esa fachada de encanto. Él no había venido aquí solo por negocios. Era algo personal, algo que tenía que ver conmigo, y aunque no entendía por completo sus intenciones, lo que sí sabía era que Hernán estaba acostumbrado a obtener lo que quería.
La cena continuó, pero mi mente estaba atrapada en esa duda persistente: ¿Por qué él quería que mi padre lo representara? Y más importante aún, ¿cuánto tiempo iba a seguir jugando este juego antes de revelar lo que realmente quería?
Intenté concentrarme en la comida, en la conversación animada, pero cada vez que miraba a Hernán, sentía que sus ojos se posaban en mí con una intención oculta. Sabía que algo más estaba sucediendo, y aunque mis padres no podían verlo, yo lo sentía con cada fibra de mi ser.
Y el hecho de que no pudiera entender completamente qué era lo que Hernán quería me aterrorizaba más que cualquier cosa.
La cena finalmente había terminado, y todos se encontraban charlando en la sala, relajados después de la comida. El ambiente era mucho más informal ahora, aunque la sensación de incomodidad seguía flotando en el aire, al menos para mí. Hernán, sin embargo, se mantenía perfectamente tranquilo, como si todo hubiera salido según lo planeado.
En medio de una conversación trivial, Hernán se volvió hacia mis padres y dijo, con esa misma sonrisa que lo acompañaba siempre:
—Disculpen, ¿me podrían indicar dónde está el baño?
Mi madre, siempre la perfecta anfitriona, sonrió y asintió. —Emily, querida, acompaña al señor Silvestre al baño, por favor.
Mi corazón se detuvo un segundo. ¿Por qué tenía que ser yo quien lo acompañara? Me puse de pie de manera automática, sintiendo la mirada de Hernán sobre mí. Mi cuerpo se tensó, pero traté de mantener la calma.
—Claro, —respondí, intentando que mi voz no temblara.
Hernán también se levantó, disculpándose educadamente, y me siguió mientras lo guiaba hacia el baño que quedaba en la planta baja. El pasillo estaba silencioso, alejado del bullicio de la sala, lo que me hizo sentir aún más vulnerable. Cada paso que daba, mi corazón latía con más fuerza.
Al llegar frente a la puerta del baño, me giré rápidamente, abriendo la puerta para él. —Es este, —dije, intentando que todo pareciera casual, normal.
Hernán no respondió de inmediato. En lugar de eso, una sonrisa lenta se dibujó en su rostro mientras me observaba. Antes de que pudiera reaccionar, tomó mi mano, haciéndome estremecer. Un escalofrío recorrió mi cuerpo.
—¿Qué estás haciendo? —le dije con la voz quebrada, sintiendo el pánico instalarse de nuevo.
Pero antes de que pudiera retroceder, me arrastró hacia el interior del baño, cerrando la puerta detrás de nosotros. Mi espalda chocó contra la madera con fuerza, y lo siguiente que supe fue que **Hernán me tenía atrapada.
—Déjame ir, —susurré, con el miedo trepando por mi garganta.
Pero Hernán no respondió con palabras. En su lugar, inclinó la cabeza y me besó. El beso fue inesperado y firme, y durante un segundo, me quedé congelada, sin saber cómo reaccionar. Esto no era lo que quería, ¿o sí?
Lo que me sorprendió aún más fue mi propia respuesta. Pensé que lo odiaría, que me sentiría asqueada o aterrada.Pero en cambio, mi cuerpo pareció reaccionar por sí solo. Mis manos, que al principio estaban temblando, subieron instintivamente hacia su cuello, tirando de él más cerca, intensificando el beso.
La sala parecía desaparecer. Solo éramos Hernán y yo, nuestros cuerpos presionados el uno contra el otro en ese espacio confinado. El calor de su cuerpo se mezclaba con el mío, y antes de darme cuenta, me había dejado llevar por una mezcla de sensaciones que no podía controlar.
Lo que más me asustaba era que lo estaba disfrutando.
Mientras nuestros besos se volvían más intensos, sentí algo duro presionando mi parte íntima. El cuerpo de Hernán estaba completamente pegado al mío, y aunque una parte de mí sabía que esto estaba mal, la otra parte no podía detenerse.
De repente, Hernán se apartó ligeramente, sus labios a solo unos centímetros de los míos. Su respiración estaba agitada, y sus ojos brillaban con una intensidad que me hizo sentir como si estuviera atrapada en su órbita.
—Es mejor que nos detengamos antes de que cometa una locura, —susurró, su voz ronca y cargada de deseo.
Mis piernas temblaban, y por un momento, no pude decir nada. Estaba en shock por lo que había sucedido, por lo que acababa de sentir. ¿Cómo había permitido que esto ocurriera? Y lo más perturbador era que parte de mí no quería que terminara.
Pero sabía que no podía seguir. Esto no debía haber pasado.
Salí del baño con el corazón todavía acelerado, sintiendo el calor en mi rostro. Cada paso hacia la sala me parecía un desafío, como si mi cuerpo estuviera en piloto automático. Evité la mirada de mis padres, quienes seguían charlando animadamente, ajenos a lo que acababa de suceder. Sin decir nada, subí las escaleras lo más rápido que pude, sintiendo que el aire me faltaba.
Una vez en mi habitación, me derrumbé en la cama. Mi mente seguía atrapada en el caos de lo que acababa de pasar. Hernán. Todo lo que había hecho, dicho... Y lo peor, la forma en que me había dejado sintiendo cosas que no debería sentir.
Miré el reloj. Eran las nueve y media.
Solo media hora para que se cumpliera la amenaza de Hernán. Él esperaba que bajara, que subiera a su auto como si tuviera algún tipo de control sobre mí. Mi cuerpo temblaba al recordar su voz, su advertencia de que lo esperara afuera antes de las diez.
Me levanté y caminé hacia la ventana. Con el corazón en la garganta, vi a Hernán caminando con calma hacia su auto. El coche brillaba bajo las luces tenues de la calle, y él se movía como si todo estuviera bajo su control, como si supiera que iba a salirse con la suya. Me aparté de la ventana rápidamente, sintiendo cómo el pánico me apretaba el pecho.
¿Qué iba a hacer? No podía simplemente ignorarlo, pero tampoco podía salir y enfrentarme a él. Me sentía atrapada entre dos caminos, ambos llenos de peligro.
De repente, escuché unos golpes suaves en la puerta de mi habitación. El miedo me recorrió de inmediato.
—¿Emily? —La voz de mi madre resonó detrás de la puerta antes de que la abriera lentamente y asomara la cabeza—. ¿Estás bien, cariño?
Me giré hacia ella, intentando recomponerme, pero sabía que debía de estar pálida o con la mirada perdida. No podía dejar que supiera lo que estaba pasando.
—Sí, mamá —respondí con una sonrisa forzada—. Solo estoy cansada.
Mi madre me observó por un momento, sus ojos buscando algo en mi expresión. Sabía que estaba preocupada por mí, pero también confiaba en que le diría si algo estaba mal. O al menos, eso era lo que ella creía.
—Bueno, solo quería asegurarme —dijo finalmente con una sonrisa suave—. Descansa, ¿de acuerdo?
Asentí, sintiéndome aliviada de que no insistiera más. Ella me dio un beso en la frente antes de cerrar la puerta, dejándome sola una vez más con mis pensamientos.
Mi mente estaba en caos. El reloj seguía avanzando, y las diez se acercaban con cada segundo que pasaba. Sabía que Hernán estaba esperando, y aunque todo mi ser quería ignorarlo, una parte de mí sabía que la situación solo empeoraría si no hacía algo.
Pero, ¿qué iba a hacer?
Mi teléfono vibró de repente, interrumpiendo el torbellino de pensamientos en mi cabeza. Miré la pantalla. Era un mensaje de un número desconocido: "Te estoy esperando."
Respiré hondo, sintiendo cómo la ansiedad me envolvía. Sabía quién era. Sabía lo que debía hacer, aunque todo dentro de mí gritaba que no lo hiciera. Tomé un abrigo y lo eché sobre mis hombros, decidida a poner fin a esto de una vez por todas.
Bajé las escaleras en silencio, escuchando a mis padres conversando tranquilamente en la cocina. Sabían tan poco de lo que estaba ocurriendo realmente. Abrí la puerta y salí de la casa con el mayor sigilo posible, asegurándome de que no me vieran.
Miré a mi alrededor, buscando a Hernán, pero no vi nada. La calle estaba desierta, y por un momento, me pregunté si había sido todo un malentendido. Mi teléfono vibró de nuevo.
"Estoy a dos esquinas de tu casa."
El miedo seguía ahí, pero también lo hacía la determinación. No podía escapar de esto si no lo enfrentaba. Empecé a caminar por la calle, mis pasos lentos pero firmes. Pronto vi la camioneta. Negra, imponente, y con las luces tenues encendidas.
Cuando me acerqué lo suficiente, Peter, el mismo hombre que me había llevado a casa aquella noche, se bajó del auto y me abrió la puerta sin decir una palabra. Dudé por un instante, pero sabía que no tenía otra opción. Inhalé profundamente y subí al auto.
Hernán estaba sentado dentro, revisando algo en su teléfono, sin prestarme mucha atención. No dije nada. Simplemente me senté a su lado, sintiendo la incomodidad llenar el espacio entre nosotros.
Hernán levantó la vista del teléfono, una sonrisa lenta y satisfecha dibujándose en su rostro. —Así me gusta, que seas puntual.
El tono de su voz me revolvió el estómago, pero no podía dejar que me viera vulnerable. Lo miré fijamente, sin titubear, y le solté la pregunta que me había estado atormentando desde el primer mensaje.
—¿Qué es lo que quieres de mí, Hernán? —le pregunté, mi voz firme—. ¿Por qué me estás acosando?
Hernán se rió suavemente, como si mi acusación le resultara graciosa. —No te estoy acosando, Emily.
Mi sangre hirvió al escuchar sus palabras. ¿Cómo podía negar lo obvio?
—¿Entonces cómo llamas los mensajes? —insistí—. ¿Y lo que hiciste en el baño? ¿Eso tampoco es acoso?
Hernán no respondió de inmediato. En lugar de eso, me miró con esos ojos que parecían traspasarme, como si pudiera ver a través de cada uno de mis pensamientos. Su sonrisa se ensanchó. —Me gustas.
Esas dos palabras me golpearon como un puñetazo en el estómago. Sentí una mezcla de incredulidad y rabia. Esto no podía estar pasando.
—Eso no puede ser, —respondí rápidamente, mi voz más alta de lo que pretendía—. ¿Sabes que solo tengo 17 años? ¿Sabes lo que eso significa?
Hernán no pareció sorprendido por mi reacción. Solo se inclinó hacia adelante, su rostro más cerca del mío, como si estuviera disfrutando de la confrontación.
—Por supuesto que lo sé, Emily, —dijo con calma, su tono suave pero lleno de una extraña amenaza oculta—. Pero eso no cambia nada.
Mi corazón latía con fuerza. ¿Qué quería decir con que no cambiaba nada? Cada vez me sentía más atrapada en un juego cuyas reglas no entendía. Y lo peor de todo, era que no sabía cómo salir de esto.
Hernán me miró con esa sonrisa que se había vuelto tan familiar, pero lo que vino después me dejó en shock.
—Sé mucho de ti, Emily —empezó a decir con una voz baja y tranquila, pero había algo en su tono que me helaba la sangre—. Tu cumpleaños es el 12 de noviembre, te gusta el color rosa, y eres alérgica al maní . También sé que te encantan los postres con fresas y que siempre te cuesta dormir los domingos porque piensas demasiado.
Mi mente no podía procesar lo que estaba escuchando. ¿Cómo sabía todas esas cosas? Cada detalle que mencionaba era íntimo, personal, algo que no debería conocer. No era posible que alguien como él tuviera esa información.
—¿Me investigaste? —le pregunté, sin poder contener el tono de incredulidad y miedo en mi voz.
Hernán se encogió de hombros con una indiferencia que me hizo sentir aún más incómoda.
—Lo que me interesa, lo investigo —respondió con calma—. No me meto con cualquiera, Emily. Y tú… tú me interesas.
El aire se volvió denso a mi alrededor. Las palabras de Hernán retumbaban en mi mente, y cuanto más las repetía, más miedo me daba. No solo me había investigado, sino que parecía haber decidido que yo formaría parte de su vida, sin importarle lo que yo pensara.
—¿Y quién dice que yo quiero meterme contigo? —le solté, intentando mantener la calma, pero mis manos temblaban ligeramente.
Antes de que pudiera reaccionar, Hernán me tomó por la cintura y me sentó en su regazo. Mi corazón dio un vuelco, y sentí una mezcla de miedo y confusión. Peter seguía afuera, en su puesto, como si nada de esto fuera extraño o inapropiado. Como si todo estuviera bajo control.
La cercanía de Hernán me hacía sentir aún más vulnerable. Intenté moverme, pero la presión de su mano en mi espalda me impidió levantarme. La firmeza de su cuerpo contra el mío era innegable, y fue entonces cuando lo sentí de nuevo: la presión firme contra mi trasero. Era obvio lo que estaba pasando.
Me di cuenta de lo que estaba presionando contra mí: su erección. Un escalofrío me recorrió el cuerpo al entender completamente la gravedad de la situación. Todo se había vuelto mucho más peligroso de lo que había imaginado.
El silencio en el auto era insoportable, solo roto por mi respiración entrecortada. No sabía qué hacer, mi mente estaba nublada, y cada segundo que pasaba me hundía más en algo de lo que no sabía cómo escapar.
Hernán se inclinó hacia mi oído, su voz baja y controlada.
—Me gustas, Emily. Y no importa lo que digas, esto va a suceder.
Las lágrimas empezaron a acumularse en mis ojos, pero las contuve. No quería que viera mi miedo, aunque sabía que ya lo había notado.