El domingo llegó con su típica tranquilidad. Mis padres, como cada semana, se estaban preparando para salir a su cita. Era una tradición que me parecía adorable. Siempre decían que esos momentos juntos eran importantes, y aunque a veces lo tomaba como una rutina más, hoy no pude evitar sonreír al verlos arreglándose con tanto entusiasmo.
—Nos vemos luego, Em, —dijo mamá mientras se ponía sus pendientes frente al espejo.
—No hagas mucho desorden, ¿eh? —agregó papá con una sonrisa en los labios, guiñándome un ojo.
—No se preocupen, disfrutaré la casa para mí sola, —les respondí riendo, sabiendo que el plan era quedarme a ver una película en la sala.
Me despedí de ellos, y una vez que la puerta se cerró, me acomodé en el sofá con mi mantita favorita. La paz de la casa vacía siempre me hacía sentir bien. Podía relajarme sin interrupciones, poner la película que quisiera y disfrutar del silencio. Decidí ver una película de esas que nunca llego a ver porque mis padres prefieren algo más ligero. Algo de suspenso, lo cual parecía apropiado considerando lo inquieta que me sentía desde la conversación con Sara sobre Tomás.
Mientras me sumergía en la trama de la película, mi teléfono vibró en la mesita de café. Al principio lo ignoré, pero la vibración persistente me obligó a tomarlo. Era un mensaje de Valentina.
“valentina
Hola, Em! Estoy en el cine y adivina qué... ¡Sara está conmigo! ¿Por qué no vienes? Vamos a ver una película juntas. Te esperamos."
Fruncí el ceño, sorprendida. No había sabido nada de Sara desde nuestra conversación en la cafetería, y la verdad es que, después de todo lo que hablamos, no esperaba que ya estuviera con Valentina. Me preguntaba si había hablado más con Tomás o si simplemente había decidido que lo que le dije no tenía importancia. De cualquier forma, me alegraba que estuviera con Valentina. Quizás pasar una tarde juntas podría calmar mis preocupaciones.
Le respondí rápidamente:
“ Emily
Claro! Dame unos minutos y voy para allá."
Me levanté del sofá y subí corriendo las escaleras para cambiarme. No tardé mucho en elegir un atuendo sencillo: unos jeans, una camiseta cómoda y mis zapatillas. Quería estar lista rápido, ya que Valentina no era de las que llegaba tarde, y menos cuando se trataba de algo tan casual como ir al cine. Me aseguré de tomar mi bolso y mi chaqueta antes de salir.
El camino al cine no era largo, así que decidí caminar. Me vino bien el aire fresco, y mientras avanzaba, pensé en la dinámica que habría entre nosotras tres una vez que llegara. No estaba segura de cómo manejaría la situación con Sara, pero una parte de mí esperaba que pudiéramos divertirnos sin que surgieran temas complicados.
Al llegar al cine, busqué a Valentina y Sara entre la multitud que esperaba en el vestíbulo. Finalmente, las vi sentadas en una de las mesas del área de comida. Me acerqué y Valentina fue la primera en notar mi presencia.
—¡Emily! —me saludó con entusiasmo, levantándose para abrazarme—. Llegaste rápido.
Sara también se levantó y me sonrió, aunque noté que su sonrisa era un poco más contenida de lo habitual.
—¡Hola, Em! Me alegra que hayas venido, —dijo ella con un tono alegre, pero algo en su mirada me decía que no había olvidado lo que hablamos el día anterior.
—No me iba a perder una tarde de cine con ustedes, —respondí, sonriendo para aligerar el ambiente.
Nos sentamos juntas, y mientras esperábamos para entrar a la sala, charlamos sobre películas y cosas triviales. Aunque la conversación fluía bien, no pude evitar preguntarme si Sara me diría algo sobre Tomás. Parecía más reservada de lo habitual, pero quizás solo estaba siendo cuidadosa.
—¿Ya saben qué vamos a ver? —pregunté, intentando distraerme de mis pensamientos.
—Estábamos pensando en algo de comedia, —respondió Valentina—. Ya sabes, algo para relajarnos y reírnos un rato.
Sara asintió, sonriendo. —Sí, me vendría bien reír un poco.
A pesar de sus palabras, no pude dejar de notar una ligera tensión en su voz. Y mientras nos dirigíamos a la sala, me pregunté si este encuentro era su manera de mostrarnos que todo estaba bien o si había algo más detrás de su aparente tranquilidad.
La película había comenzado hacía unos minutos cuando la figura de Tomás apareció de la nada. Lo vi acercarse a nuestra fila, y antes de que pudiera decir algo, se inclinó para darle un beso a Sara. Ella sonrió ampliamente, como si todo estuviera en su lugar, y luego él saludó a Valentina y a mí, inclinando levemente la cabeza.
—Hola, chicas, —dijo con una voz tranquila y profunda.
Yo lo saludé con una sonrisa tensa, evitando contacto visual directo. No quería que notara que todavía no me sentía cómoda con él, aunque parecía no importarle. Se sentó al lado de Sara, y ella se acurrucó a su lado, como si esa fuera la cosa más natural del mundo.
Pasaron los minutos, pero mi atención no estaba en la película. Mis pensamientos iban y venían, fijándose en la incomodidad que Tomás me generaba. Cada vez que miraba hacia él de reojo, sentía que algo no estaba bien. Sabía que Sara se sentía segura a su lado, pero para mí seguía siendo una incógnita llena de señales de alerta.
Cerca de la mitad de la película, la sensación de incomodidad se volvió insoportable, y decidí que necesitaba un momento para despejarme. Me incliné hacia Valentina y le susurré:
—Voy al baño. No tardo.
Ella asintió, sin quitar los ojos de la pantalla, mientras yo me levantaba cuidadosamente, intentando no llamar la atención de Tomás ni de Sara.
Una vez en el baño, respiré hondo y me apoyé en el lavabo, mirando mi reflejo en el espejo. La sensación de ansiedad era palpable. ¿Qué era lo que tanto me molestaba de Tomás? Era guapo, sí, pero algo en su comportamiento me daba mala espina. Quizás estaba exagerando, pero no podía evitarlo.
Pensé en mandarles un mensaje a las chicas diciendo que me sentía mal y que me iría a casa, pero sabía que eso levantaría sospechas. No quería parecer paranoica. Decidí quedarme unos minutos más en el baño, intentando calmarme, esperando que al volver a la sala pudiera concentrarme en la película y dejar de lado mis preocupaciones.
Cuando finalmente decidí regresar, salí del baño solo para darme cuenta de que las luces de la sala estaban encendidas y la gente comenzaba a salir. ¿Cuánto tiempo había pasado en el baño? Miré a mi alrededor y vi a las personas abandonando la sala, mis amigas y Tomás entre ellas. Caminé rápidamente hacia ellos, forzando una sonrisa mientras me acercaba.
—¡Emily! —me llamó Valentina, agitándome la mano con entusiasmo—. Tomás nos acaba de invitar a la discoteca de su hermano. ¿Quieres venir?
Mi primer instinto fue negarme. No había manera de que quisiera volver a ese lugar tan exclusivo y extraño, y mucho menos pasar la noche observando cómo Tomás y Sara se ponían más y más cercanos.
—No creo que pueda, —dije, tratando de sonar natural—. Mañana tengo clases y necesito descansar.
Sara, que hasta ese momento no había dicho mucho, me miró con esa mirada que solía poner cuando quería convencerme de algo. —¡Vamos, Em! Solo será un rato. No tienes que quedarte toda la noche, pero al menos ven con nosotras.
Valentina también se unió al coro de insistencia, sonriendo. —Será divertido. Vamos Em, sólo un rato si.
Suspiré, dudando. Sabía que probablemente era mejor decir que no, pero tampoco quería dejar a las chicas solas en un ambiente que no me parecía seguro, especialmente con Tomás involucrado. Además, no quería parecer aguafiestas.
—Está bien, —acepté finalmente—. Pero solo por un rato.
Sara y Valentina sonrieron con entusiasmo, y Tomás asintió con su característica tranquilidad, como si ya supiera que terminaría aceptando. Mientras salíamos del cine, no pude evitar sentir una mezcla de alivio y aprensión. Había accedido, pero una parte de mí sabía que estaba entrando en un territorio que aún no comprendía del todo.
Nos dirigimos hacia la salida del centro comercial, y mientras caminábamos, mi mente seguía dándole vueltas a la noche que nos esperaba. No era solo la discoteca, era la sensación de que esta salida marcaría algo más importante de lo que cualquiera de nosotras podía prever.
Nos subimos al lujoso auto de Tomás, y de inmediato, Sara se pegó a él como si fuera su sombra. No le quitaba las manos de encima, acariciándole el brazo y jugueteando con su cabello, completamente absorta en su presencia. Mientras tanto, yo me acomodé en el asiento trasero, junto a Valentina, intentando mantenerme al margen y no pensar demasiado en lo que estábamos haciendo.
Miré por la ventana, observando cómo las luces de la ciudad pasaban rápidamente a nuestro alrededor. Traté de relajarme, diciéndome a mí misma que solo era una noche más con las chicas, que no había nada de qué preocuparse. Pero la sensación de inquietud en mi estómago no me abandonaba. Estábamos adentrándonos en un mundo que no era el nuestro, el lado de las personas ricas y poderosas de la ciudad, un mundo que solo había visto en revistas y que siempre me había parecido lejano, casi irreal.
Tomás conducía con confianza, como si conociera cada calle de memoria. Sara reía por algo que él le había susurrado, mientras Valentina y yo permanecíamos en silencio. Yo seguía mirando por la ventana, perdida en mis pensamientos, observando cómo los edificios se volvían cada vez más elegantes y las calles más cuidadas. Pasamos junto a mansiones con grandes jardines y autos deportivos estacionados afuera, y no pude evitar sentir que estábamos fuera de lugar, como si no perteneciera allí.
Finalmente, llegamos a la discoteca. Reconocí el lugar al instante. Lo había visto en más de una revista, un sitio exclusivo donde solo la élite de la ciudad tenía acceso. Era famoso por sus fiestas extravagantes y por ser frecuentado por celebridades y empresarios poderosos. Las luces exteriores eran tenues, el nombre se podía ver desde lejos “hipnosis” brillaba con sus luces y la luz de la luna, las personas que entraban parecían sacadas de una película: vestidos caros, trajes de diseñador, joyas que brillaban bajo la luz artificial. Este no era un lugar para gente común.
—¿Aquí? —pregunté, tratando de disimular mi sorpresa, aunque claramente lo era.
Tomás sonrió desde el asiento del conductor. —Sí, es aquí. La discoteca de mi hermano. No te preocupes, estamos en la lista.
Sara me lanzó una mirada cómplice, como si esto fuera lo más emocionante del mundo, mientras Valentina simplemente observaba el lugar con curiosidad. Yo, por mi parte, sentía que mi incomodidad solo crecía.
Cuando salimos del auto, Tomás fue directo hacia la entrada, donde un par de guardias gigantes nos miraron con expresión seria. Pero apenas vieron a Tomás, sus rostros cambiaron. Uno de ellos inclinó la cabeza en señal de respeto y nos dejó pasar sin siquiera pedir identificación. Mientras caminábamos hacia dentro, no pude evitar pensar que estaba cruzando una línea invisible. Este no era nuestro mundo, pero Tomás nos estaba llevando directamente al centro de él.
Dentro, el lugar era aún más impresionante. La música retumbaba a través de los altavoces, y las luces bailaban en sincronía con el ritmo. El aire estaba lleno de perfume caro y el sonido de risas despreocupadas. La pista de baile estaba llena de personas que parecían sacadas de una pasarela, y las mesas alrededor estaban ocupadas por grupos que reían y bebían como si no hubiera mañana.
Sara estaba deslumbrada, mirando a su alrededor con los ojos bien abiertos, completamente encantada por el ambiente. Yo, en cambio, me sentía pequeña y fuera de lugar. Pero intenté disimularlo, no quería arruinarles la noche.
—Vamos a pedir algo, —dijo Tomás, tomando la mano de Sara y dirigiéndose hacia una de las mesas en el área VIP.
Valentina y yo lo seguimos, tratando de no llamar la atención. Nos sentamos en una de las mesas más apartadas, pero aún lo suficientemente cerca de la pista de baile para sentir la energía del lugar. Un camarero se acercó y Tomás, sin siquiera mirar el menú, pidió un par de tragos caros para todos.
—Aquí estamos, chicas, —dijo Tomás con una sonrisa mientras se acomodaba en la silla, pasando su brazo por los hombros de Sara—. Disfruten. Esta noche es nuestra.
Sara se rió y brindó con él, encantada por todo. Valentina sonrió, aunque parecía un poco abrumada. Yo, por mi parte, intentaba disfrutar del momento, pero algo seguía sin cuadrarme. ¿Qué hacía alguien como Tomás con nosotras? ¿Qué buscaba realmente?
Mientras me perdía en esos pensamientos, el camarero regresó con nuestras bebidas, y Sara, sin pensarlo dos veces, dio un sorbo al suyo. Valentina me lanzó una mirada de complicidad antes de tomar un pequeño trago. Yo me limité a sostener mi vaso, sin sentirme del todo segura para beber.
La música seguía retumbando, y mientras Sara y Tomás se acercaban aún más, la sensación de que algo no estaba bien seguía creciendo en mi interior.
Estábamos charlando y disfrutando, o al menos intentándolo, cuando uno de los camareros se acercó discretamente a Tomás. Se inclinó hacia él y le dijo algo en voz baja. Vi cómo Tomás asentía, con una expresión que no pude descifrar del todo. Luego, se giró hacia Sara, con una sonrisa algo más controlada que antes.
—Tengo que irme un momento. No tardo, —le dijo, y con un beso rápido en la mejilla, se levantó de la mesa y se alejó entre la multitud.
El ambiente seguía igual de bullicioso, pero no pude evitar sentirme inquieta por su repentina partida. No pasó mucho tiempo antes de que Tomás volviera, esta vez con un aire más serio, pero manteniendo su habitual confianza.
—Mi hermano quiere conocerte, —dijo, mirando a Sara con una sonrisa cómplice—. A todas ustedes. Subamos a la otra zona.
Otra zona. Mi mente empezó a dar vueltas. ¿Otra zona? Ya estábamos en el área VIP, y desde donde nos encontrábamos, la discoteca parecía desplegarse en todo su esplendor. ¿Qué más podría haber aparte de esto?
Sara, por supuesto, estaba emocionada y no dudó en asentir. Valentina y yo nos levantamos también, siguiendo a Tomás con algo más de cautela. No sabía qué esperar, pero la sensación de estar entrando en territorio desconocido se hizo más fuerte.
Nos llevó hacia unas escaleras apartadas, casi escondidas tras una cortina. Las luces eran más tenues, y a medida que subíamos, la música y el ruido de la pista de abajo comenzaban a apagarse, como si estuviéramos dejando atrás la verdadera fiesta. Al llegar a la cima de las escaleras, un ascensor elegante, con puertas de cristal oscuro, se abrió frente a nosotros.
—¿Aquí? —preguntó Valentina en voz baja, como si no pudiera creer lo que veía.
Tomás asintió y, sin decir una palabra más, nos condujo al interior del ascensor. Cuando las puertas se cerraron, sentí cómo mi estómago se apretaba. No podía evitar pensar que estábamos entrando en un lugar al que, sinceramente, no pertenecíamos.
El ascensor subió suavemente, y cuando las puertas se abrieron, no pude creer lo que veía. Todo en ese lugar gritaba dinero. Las paredes estaban decoradas con obras de arte abstracto que parecían costar más de lo que cualquier persona promedio podría imaginar. Los muebles eran lujosos, modernos y minimalistas, y las luces suaves proyectaban una atmósfera exclusiva, casi intocable. Era un mundo aparte, oculto detrás de la fachada de la discoteca, una burbuja de riqueza y poder.
Miré a mi alrededor, incapaz de disimular mi asombro. Todo estaba hecho a la perfección, como si el más mínimo detalle hubiera sido calculado. Valentina parecía tan sorprendida como yo, mientras que Sara apenas podía contener su entusiasmo.
Entonces, algo más llamó mi atención. Una figura de pie, frente a una ventana enorme que daba una vista completa de la discoteca abajo. El hombre estaba de espaldas a nosotros, vestido completamente de n***o, con una postura relajada pero imponente. Parecía observar el mundo desde su trono privado, al margen de todo lo que sucedía a sus pies.
Tomás se acercó a él con confianza, y el hombre, sin girarse al principio, levantó un vaso y tomó un trago. Solo cuando Tomás estuvo a su lado, el hombre se volteó lentamente, y fue en ese momento cuando mi corazón dio un vuelco.
Era el hombre más guapo que había visto en toda mi vida.
Tenía el cabello oscuro y peinado con cuidado, y sus rasgos eran afilados, casi perfectos. Sus ojos, profundos y oscuros, nos recorrieron a cada una, evaluándonos sin decir una palabra. Había algo en su mirada que era a la vez hipnotizante y aterrador. Su presencia dominaba el espacio, como si fuera el centro de todo lo que ocurría en esa habitación, y el aire de autoridad que emanaba de él era palpable.
Tragué saliva, tratando de mantener la compostura. ¿Este era el hermano de Tomás? La persona que había creado todo este mundo de lujo y exclusividad. Me sentía pequeña a su lado, como si fuera una intrusa en un lugar donde no pertenecía.
—Chicas, —dijo Tomás con una sonrisa de satisfacción—. Les presento a Hernán, mi hermano.
Hernán nos observó un momento más, su expresión indescifrable, y luego sonrió levemente, pero sin perder ese aire de misterio.
—Un placer conocerlas, —dijo con una voz profunda, pero tranquila. No se movió del todo, como si no fuera necesario para él acercarse más. Todo en él reflejaba control absoluto.
—El placer es nuestro, —dijo Sara, casi extasiada, dando un paso adelante, claramente deslumbrada por la presencia de Hernán.
Yo, por mi parte, no podía quitarme la sensación de que acabábamos de cruzar una línea, y que ahora estábamos en un terreno del que sería difícil salir fácilmente.