—No pasa nada, pequeña —dijo Hernán con voz calmada—. Solo tenía trabajo, nada más. Me observaba con esa mirada intensa que siempre lograba desarmarme, pero esta vez no era suficiente. Aún sentía ese peso en el pecho, esa duda persistente que no se iba. —Y en cuanto a lo otro —continuó, dando un paso hacia mí—, eres perfecta para mí, Emily. No sé de dónde sacas esas ideas. Bajé la cabeza, sintiendo cómo la frustración y la inseguridad seguían instaladas dentro de mí, a pesar de sus palabras. Hernán se acercó más, levantando mi barbilla con suavidad para que lo mirara de nuevo. Su toque era delicado, pero había una firmeza en su gesto que me obligó a levantar la vista. —Aún estamos a tiempo de tener nuestra noche inolvidable —susurró, su voz envolviéndome, haciéndome temblar. Mi corazó

