Las risas de Sara y Valentina se apagaron de inmediato cuando vieron mi rostro. Debía estar pálida, porque ambas se acercaron rápidamente, con expresiones de preocupación.
—¿Emily, qué te pasa? —preguntó Valentina, mirándome fijamente.
No podía pensar con claridad. Mi mente estaba atrapada en esos mensajes inquietantes, en la sensación de estar siendo observada sin saber desde dónde ni por quién. Todo lo que quería en ese momento era alejarme de la playa, de ese lugar que de repente me hacía sentir tan vulnerable.
—Tenemos que irnos, ahora, —dije mientras me ponía la ropa apresuradamente, mis manos temblando con cada botón que abrochaba.
—¿Por qué? ¿Qué pasa? —Sara me miró con una mezcla de desconcierto y preocupación.
—Después te lo explico, pero no quiero estar aquí, —respondí, mi voz más firme de lo que me sentía por dentro.
Sara y Valentina, aún sin entender, comenzaron a vestirse rápidamente también. Sabían que cuando me ponía así, no había vuelta atrás. No dije nada más mientras todas recogíamos nuestras cosas y dejábamos la playa atrás. Cada paso que daba sentía cómo los ojos invisibles seguían sobre mí, como si alguien estuviera disfrutando de mi pánico. No podía deshacerme de la sensación de ser observada.
Cuando finalmente llegué a casa, subí las escaleras hacia mi habitación, sintiéndome un poco más segura al estar entre las paredes familiares de mi hogar. Sin embargo, esa seguridad era frágil. La sensación de vulnerabilidad aún no desaparecía.
Sara y Valentina me siguieron, sin decir una palabra hasta que estuvimos dentro de mi habitación. Cerré la puerta, como si eso pudiera bloquear todo lo que estaba ocurriendo.
—Emily, ¿puedes por favor decirnos qué está pasando? —preguntó Valentina con firmeza, sentándose en el borde de mi cama.
Sara, aunque más relajada, también me miraba con atención.
Solté un suspiro, sabiendo que ya no podía evitar el tema. Saqué mi teléfono y les mostré los mensajes que había recibido en la playa. Sus rostros se transformaron cuando leyeron las palabras. La diversión desapareció de inmediato.
—¿Quién te mandó esto? —preguntó Valentina, su rostro sombrío.
Antes de que pudiera responder, Sara soltó un pequeño "oh oh" mientras se mordía el labio. Ambas nos giramos hacia ella, sorprendidas por su reacción.
—¿Qué significa eso de "oh oh"? —pregunté, sintiendo que mi estómago se hundía.
Sara me miró con una expresión que mezclaba incomodidad y algo más… ¿diversión?
—Bueno… —dijo Sara lentamente, con una sonrisa algo nerviosa—. Es posible que esos mensajes sean de Hernán.
Mi cuerpo se tensó de inmediato. ¿Hernán? No, no podía ser. Él ni siquiera tenía mi número, ¿o sí?
—Eso es imposible, —dije rápidamente, aunque una parte de mí sabía que algo andaba mal—. ¿Cómo va a tener mi número?
Sara desvió la mirada, mordiéndose el labio, claramente incómoda. Y entonces lo dijo.
—Bueno... él lo tiene porque yo se lo di.
El mundo pareció detenerse. Mi corazón latió con fuerza en mis oídos. No podía creer lo que estaba escuchando.
—¿Qué? —logré decir, mi voz baja pero cargada de incredulidad.
Sara levantó las manos, intentando calmarme. —No fue para nada malo. Él me preguntó por ti y me pidió tu número. Pensé que no pasaba nada con que lo tuviera. Es mi cuñado ¿sabes?
—¿Y pensaste que era buena idea darle mi número sin decírmelo? —sentí cómo la ira comenzaba a hervir en mi interior.
—No pensé que fuera a hacer algo raro, —dijo Sara, su tono defensivo—. Vamos, Em, no lo tomes así. Es solo Hernán.
—¡Hernán me está enviando mensajes perturbadores sobre cómo me veo en ropa interior, Sara! ¡Apenas acabamos de conocerlo! —grité, mi voz temblando por la mezcla de rabia y miedo—. ¿Cómo quieres que lo tome?
Valentina se mantuvo en silencio, claramente asustada por lo que estaba pasando. Sara, por otro lado, comenzó a morderse las uñas, un gesto que hacía cuando se sentía atrapada.
—No lo pensé, ¿de acuerdo? —dijo finalmente, su tono mucho más bajo—. Pensé que solo quería hablar contigo, no que haría esto.
Me dejé caer en la cama, sintiendo el peso de lo que acababa de descubrir. Hernán tenía mi número. Y no solo eso, sino que estaba jugando conmigo, haciéndome sentir expuesta y vulnerable. Todo esto era demasiado.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Valentina en voz baja, rompiendo el silencio tenso.
No sabía la respuesta. No sabía qué hacer. Solo sabía que las cosas con Hernán estaban lejos de ser normales... y que había algo oscuro en todo esto que apenas comenzaba a salir a la superficie.
Me quedé sentada en la cama, mi respiración pesada, mientras las palabras de Sara y Valentina seguían resonando en mi mente. Hernán tenía mi número, y no solo eso, había usado esa información para enviarme esos mensajes perturbadores. No quería pensar en lo que significaba, en lo que él realmente quería de mí.
Sara, aún mordiéndose el labio, rompió el silencio con una sugerencia que me dejó perpleja.
—¿Y si le respondes? —dijo, como si fuera lo más lógico del mundo—. Al menos así sabrías qué quiere.
La miré, incrédula. ¿Responderle a Hernán?¿A un hombre que ya me había hecho sentir vulnerable, expuesta? Eso era lo último que quería hacer. La idea de abrir un canal de comunicación con él me daba escalofríos.
—No quiero saber qué quiere, Sara, —dije con firmeza—. No quiero tener ningún contacto con él. Ya suficiente con esos mensajes.
Sara frunció el ceño, claramente sin entender mi postura. Para ella, todo parecía un juego, algo emocionante y peligroso, pero no se daba cuenta de lo aterrador que era estar en mi lugar. Me estaba hablando de Hernán como si fuera un chico cualquiera, no el hombre que controlaba todo en su mundo y que ahora me tenía en el punto de mira.
—Lo entiendo, Em, pero si no le respondes, nunca sabrás por qué te escribió, —insistió, su voz más suave esta vez, como si estuviera intentando razonar conmigo—. Quizás no es lo que piensas.
No es lo que piensas. ¿Cómo podía Sara decir eso cuando los mensajes hablaban claramente de cómo me veía en ropa interior? Sentí un nudo en el estómago al recordar cada palabra.
Valentina, que había estado callada hasta ahora, finalmente habló, su tono conciliador pero directo.
—Emily, estoy de acuerdo con Sara, —dijo, cruzando los brazos mientras me miraba con una mezcla de preocupación y lógica—. Si no lo enfrentas, si no descubres lo que quiere, esto solo te va a seguir molestando. Quizás al saber qué quiere, puedes cerrar esto de una vez.
Me dejé caer hacia atrás en la cama, mirando el techo mientras mis amigas seguían observándome. No quería enfrentarlo. No quería saber qué más tenía Hernán en mente. Pero, al mismo tiempo, sabía que si no hacía algo, ese temor a lo desconocido seguiría acechándome. El miedo de ser observada, de ser controlada por alguien como él, no desaparecería solo ignorándolo.
Pero... ¿responderle realmente resolvería algo?
Me levanté lentamente, el peso de la decisión colgando en el aire. Sentía que cualquier movimiento que hiciera en este momento podía arrastrarme aún más hacia el mundo de Hernán, un mundo en el que no quería estar.
—¿Y qué le voy a decir? —pregunté finalmente, mi voz suave pero llena de incertidumbre.
Sara y Valentina intercambiaron una mirada, y fue Sara quien habló primero.
—No tienes que decir mucho. Solo responde, algo sencillo. Solo para ver qué quiere.
La idea de enviarle un mensaje a Hernán, de abrir la puerta a esa conversación, me daba miedo. Pero también sabía que Sara y Valentina tenían razón en algo: si no respondía, nunca sabría qué quería realmente, y ese miedo a lo desconocido seguiría creciendo.
Suspiré, sintiendo cómo mis manos temblaban un poco mientras tomaba mi teléfono. ¿Estaba realmente lista para esto?
—Está bien, —dije en voz baja, más para mí misma que para ellas—. Le responderé.
Sara sonrió, visiblemente aliviada, mientras Valentina me miraba con una mezcla de apoyo y preocupación. Tomé una respiración profunda, tratando de calmar mis nervios, y abrí la conversación en mi teléfono. El mensaje estaba ahí, esperándome, las palabras llenas de insinuaciones que todavía me hacían estremecer.
Mis dedos se movieron lentamente sobre la pantalla, y escribí algo corto, directo. Nada que mostrara miedo o debilidad.
“Emily
¿Qué quieres?"
No era perfecto, pero era todo lo que podía ofrecer en ese momento. Le di a enviar antes de poder cambiar de opinión, y en cuanto el mensaje se fue, sentí una mezcla de alivio y pánico.
Las chicas me observaban en silencio, esperando. Ahora, solo quedaba esperar su respuesta... y no tenía idea de lo que vendría después.
En cuanto envié el mensaje, mi teléfono vibró de inmediato. El nombre de Hernán apareció en la pantalla, y con un nudo en el estómago, abrí el mensaje.
"Hernán
Qué mensaje más seco."
¿Seco? ¿Qué esperaba que le dijera? No tenía intención de caer en sus juegos, ni de darle más información de la que ya tenía. Sin pensar demasiado, mis dedos volvieron a moverse rápidamente sobre la pantalla.
“Emily
No estoy para juegos, Hernán."
El silencio de la habitación era absoluto mientras Valentina y Sara me observaban, sus miradas llenas de expectativa. Minutos después, otro mensaje llegó. Mi corazón dio un vuelco cuando lo leí.
“Hernán
¿Quién dice que estoy jugando? Tranquila, Emily, solo quiero conocerte."
Sentí una mezcla de confusión y miedo. ¿Conocerme? Eso no tenía sentido. Si Hernán solo quería "conocerme", ¿por qué hacerlo de esta manera tan perturbadora? Nada de lo que decía encajaba con su actitud. Decidí enfrentarlo, aunque no tenía idea de qué estaba ocurriendo.
“Emily
¿Para qué?"—le escribí, tratando de mantener la calma.
Pasaron unos minutos en los que el silencio se hizo insoportable. Miraba el teléfono esperando su respuesta, pero nada llegaba. Mis amigas también parecían impacientes, y yo solo quería que esto acabara de una vez. Finalmente, mi teléfono vibró de nuevo, y el mensaje que leí hizo que me sintiera aún más confundida y preocupada.
“Hernán
Eso lo sabrás esta noche. Nos vemos en la cena."
Miré el mensaje una y otra vez, sin entender a qué se refería. ¿Cena? No había hablado con Hernán sobre ninguna cena. Ni siquiera sabía que existía un plan para la noche, mucho menos uno en el que estuviera involucrada. Mis manos temblaban mientras pasaba el teléfono a Sara y Valentina para que leyeran el mensaje. Ambas fruncieron el ceño al leerlo.
—¿Cena? —preguntó Valentina, visiblemente confundida—. ¿De qué está hablando?
—No lo sé, —respondí, mi voz temblando ligeramente—. No tengo idea de qué cena está hablando.
Sara se mordió el labio, mirándome con preocupación. —Em, ¿estás segura de que no acordaste nada con él? A veces los chicos como Hernán hacen cosas sin que te des cuenta… como, no sé, invitarte a algo sin que lo sepas hasta el último minuto.
La idea me hizo sentir aún más nerviosa. ¿Qué quería Hernán? Había algo oscuro en todo esto, algo que no encajaba y que me ponía cada vez más incómoda. No entendía por qué él estaba tan interesado en mí ni qué pretendía con esa "cena" misteriosa.
—¡Sara, es la primera vez que hablo con Hernán! ¿Cómo diablos voy a quedar. con él? —le solté, exasperada, mientras me pasaba una mano por el cabello, intentando entender cómo había llegado a este punto.
Sara levantó las manos en señal de rendición. —Lo siento, Em. Solo intento ayudarte. No pensé que todo se pondría así de raro.
Suspiré, agotada por toda la situación. Hernán estaba loco.Esa era la única conclusión a la que podía llegar.
—No quiero saber nada más de él, —dije con firmeza—. Voy a ignorar ese mensaje y seguir con mi vida. No quiero hablar más del tema.
Sin pensarlo dos veces, desbloqueé mi teléfono y busqué el número de Hernán en mi lista de contactos. Bloquear. Sentí un pequeño alivio al ver que, al menos por ahora, no podría contactarme.
Valentina y Sara se miraron en silencio. No dijeron nada más, y por un momento, pensé que al fin había terminado con esta historia. Después de despedirnos, ellas se fueron, y yo me quedé sola, con la esperanza de que bloquear el número de Hernán fuera suficiente para mantenerlo fuera de mi vida.
Decidí bajar a la cocina, pensando en distraerme un poco con el ambiente familiar. Al llegar a la sala, me detuve en seco al ver la mesa del comedor. Estaba arreglada de manera impecable, con manteles de lujo, copas de cristal y una decoración elegante que solo usábamos en ocasiones especiales.
¿Qué estaba pasando?
Me dirigí rápidamente a la cocina, donde un delicioso aroma llenaba el aire. Mi madre estaba concentrada, removiendo una cacerola en la estufa, mientras los demás platos ya estaban casi listos. Sin pensarlo mucho, tomé una cuchara para probar lo que cocinaba, pero antes de que pudiera hacerlo, ella me regañó.
—¡Emily, no hagas eso! —dijo, dándome una mirada severa, pero con un pequeño brillo en sus ojos que indicaba que no estaba tan molesta.
Me reí y dejé la cuchara de nuevo. —Lo siento, mamá. Pero, ¿qué es todo esto? ¿Por qué la mesa está tan elegante?
Ella sonrió, claramente emocionada por la ocasión. —Tu padre tiene un cliente nuevo que viene a cenar esta noche. Es un caso muy importante, y queremos recibirlo de la mejor manera posible. Así que quiero que te cambies pronto, va a llegar en cualquier momento.
Un nuevo cliente. Eso explicaba la preparación especial. Asentí, entendiendo la importancia que esto tenía para mi padre. Quería que todo saliera perfecto, y la elegancia de la mesa reflejaba eso.
—Está bien, mamá. Voy a subir a cambiarme, —le respondí, todavía sonriendo.
Subí las escaleras con rapidez, y una vez en mi habitación, me detuve por un segundo para revisar mi teléfono. Nada. Ningún mensaje, ninguna llamada. Suspiré, aliviada. Por lo menos, parecía que bloquear a Hernán había funcionado, y esperaba que no intentara buscarme de nuevo. Seguramente ya había decidido dejarme en paz.
Busqué en mi armario algo adecuado para la ocasión. Sabía que mi padre quería que la familia hiciera una buena impresión, así que me aseguré de elegir un vestido excelente, algo elegante pero no demasiado llamativo. No quería destacar más de lo necesario.
Me cambié con rapidez y me miré en el espejo. Todo estaba en orden. Mi cabello caía suavemente sobre mis hombros, y el vestido azul que había elegido resaltaba lo justo sin ser excesivo. Sonreí, contenta con mi elección, y me di un último vistazo antes de bajar.
Esta sería solo una cena familiar más. O al menos, eso esperaba.
El timbre sonó justo cuando estaba terminando de acomodarme el vestido. Perfecto, pensé. Sabía que el cliente de mi padre había llegado, y como buena anfitriona, decidí ser la primera en recibirlo.
—¡Yo abro! —grité, mientras bajaba las escaleras.
Caminé hacia la puerta con una sonrisa en los labios, lista para saludar cortésmente a quienquiera que fuera. Pero cuando abrí la puerta, toda la sangre se me fue al rostro, congelándome en el lugar.
Hernán.
Estaba de pie, elegantemente vestido, con una sonrisa segura en el rostro y un ramo de rosas rojas en la mano. Las mismas rosas que se veían tan perfectas en sus manos parecían el símbolo de todo lo que estaba mal en este momento.
—¿Qué haces aquí? —logré decir en un susurro, mi corazón latiendo desbocado en el pecho. Salí rápidamente de la casa y cerré la puerta detrás de mí para evitar que mi familia viera lo que estaba pasando.
Hernán me observó, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de diversión y algo más profundo, algo que no lograba descifrar. No parecía sorprendido por mi reacción.
—Estás hermosa, Emily, —dijo en un tono suave, como si todo esto fuera lo más normal del mundo.
Me crucé de brazos, tratando de mantener el control de la situación, aunque por dentro estaba completamente desconcertada.
—Eso no fue lo que te pregunté, —respondí con firmeza, aunque mi voz temblaba ligeramente—. ¿Qué haces aquí, Hernán?
Su sonrisa se ensanchó aún más, como si disfrutara de mi incomodidad. Dio un paso hacia mí, pero mantuvo la distancia, sabiendo que yo no estaba dispuesta a dejar que se acercara más.
—Fiera como me gustan, —dijo, su tono bajo y seguro.
Antes de que pudiera responderle, la puerta detrás de mí se abrió. Mi corazón se detuvo.
—¡Bienvenido, señor Silvestre! —La voz de mi padre resonó a mi espalda, clara y amigable.
Giré lentamente, viendo a mi padre extendiendo la mano para saludar a Hernán como si fuera un viejo amigo. Mi mente no podía procesar lo que estaba sucediendo. Hernán Silvestre, el hombre que había estado acechando mis pensamientos y que me había enviado esos mensajes perturbadores, era el cliente importante de mi padre.
Hernán estrechó la mano de mi padre, su mirada nunca alejándose de mí, como si esta cena hubiera sido planeada para algo mucho más grande que una simple reunión de negocios.
—Gracias por invitarme, señor Smith. Es un placer estar aquí, —dijo Hernán con una sonrisa encantadora, la misma que había visto en la discoteca.
Mi padre le devolvió la sonrisa sin notar la tensión en el ambiente, ajeno a lo que estaba ocurriendo entre nosotros. Me sentía atrapada, como si el suelo se hubiera abierto bajo mis pies y no pudiera hacer nada para evitar caer.
—Por favor, pase. La cena ya está lista, —dijo mi padre, haciéndose a un lado para que Hernán pudiera entrar.
Hernán se inclinó hacia mí mientras pasaba, su voz suave y apenas audible cuando me dijo: —Esta será una cena inolvidable, Emily.
Mis piernas temblaban, pero traté de mantenerme firme mientras cerraba la puerta detrás de ellos. Todo lo que había querido evitar con Hernán, todo lo que había intentado bloquear, ahora estaba a unos pocos pasos de mí, sentado en la mesa de mi familia. El monstruo que había intentado dejar fuera acababa de entrar en mi hogar.
No tenía idea de cómo iba a salir de esto.