Cuando finalmente nos separamos, un torrente de emociones se agitaba dentro de mí, y sin pensarlo, dejé escapar una maldición. —¡Maldita sea...! —susurré, todavía sintiendo el calor de sus labios. Hernán levantó una ceja, divertido, pero con esa firmeza característica suya. —Cuidado con tus palabras, joven cita —dijo, su tono un tanto burlón pero con autoridad. Lo miré con los ojos entrecerrados, incapaz de contener mi frustración. —¿Ah, sí? ¿Y tú sí puedes decir groserías? —le respondí, intentando mantenerme firme a pesar de que mi cuerpo aún temblaba por la intensidad de todo lo que acababa de pasar. Hernán se encogió de hombros, sin perder su calma. —Soy mayor que tú. —Dijo eso con una sonrisa traviesa, como si eso lo justificara todo. A pesar de mí misma, no pude evitar sonreír

