Desperté con el sonido de una suave melodía, una mezcla de susurros y risas que reconocí al instante. Abrí los ojos lentamente, parpadeando para acostumbrarme a la luz del sol que se colaba por las cortinas de mi habitación. Lo primero que vi fue a mis padres, sonriendo de oreja a oreja, sosteniendo un pastel pequeño con velas encendidas. —¡Feliz cumpleaños, cariño! —dijo mi mamá, su voz melodiosa mientras se acercaba a la cama, moviendo ligeramente el pastel frente a mí. Papá estaba detrás de ella, cantando en su habitual tono algo desafinado pero encantador, el que siempre me hacía reír aunque tratara de mantenerme seria. Entre risas y amor, mis padres habían mantenido esta tradición desde que tengo memoria. Aunque ya era una adulta, en días como este me sentía como una niña de nuevo.

