Después de decirle a mi padre que me iba a ir temprano, se enfadó, pero me dejó marchar de todos modos. David aparcó a la vuelta de la esquina de la casa de mi padre. Me subo al asiento del copiloto y le doy un beso en la mejilla. Lo miro, pero él solo mira al frente y arranca.
A los cinco minutos nos hemos detenido en un semáforo en rojo. Lo miro y frunzo el ceño. Parece enfadado. ¿He hecho algo mal?
—¿Estás bien?—, le pregunto, pero él asiente con la cabeza.
—¿He hecho algo mal?—, le pregunto, y él niega con la cabeza. Está mas raro de lo normal.
Toca el claxon con frustración, claramente intentando que el coche de delante se ponga en marcha. Esto es un síntoma que no esta nada bien.
—Vale, está claro que pasa algo, puedes hablar conmigo... lo sabes, ¿verdad?— Quiero que me tenga confianza. Así como yo la tengo en él.
—¡FRIDA, DEJA DE HACER PREGUNTAS!—, me grita.
Aparto la mirada de él y miro hacia fuera; las lágrimas me resbalan por la cara mientras hago todo lo posible por evitar que caigan. Nunca antes me había gritado, así que, por supuesto, me asustó.
Llegamos a lo que parece ser su casa. Apaga el motor y suspira. Estoy a punto de salir, pero él bloquea la puerta.
—Déjame salir—, susurro.— después de lo que has hecho no quiero saber nada. Soy una completa tonta al pensar que quizás podrías confiar en mi, pero parece que las cosas no son reciprocas en nosotros.
Me agarra la barbilla con delicadeza para que lo mire. Su rostro se suaviza.
—Lo siento—, dice mientras junta nuestras frentes. —Lo siento mucho—, esta vez es él quien solloza. Lo miro con el ceño fruncido, odiando verlo llorar. Me parte el corazón ver como está roto, pero lo que mas me intriga es saber qué lo lleva hasta este límite.
—Oye... mírame—, le susurro y le agarro la cara. —Dime qué pasa. No me mires con esos ojos, sabes que puedes contar conmigo para lo que sea— sostengo su mano para que tome valor y me cuente qué es lo que lo está torturando.
Se muerde el labio para intentar que las lágrimas no le caigan.
—Todo... Thomas tiene pesadillas por culpa de Renata. No va a tener a sus dos padres en la misma casa por culpa de ella. Ella siempre está de z0rra, dejándome a mí solo para cuidar de Thomas. Esta situación me duele y no por ella, sino por mi hijo. Es mi única fuerza porque de no ser por el, hace mucho tiempo que hubiera mandado al carajo a Renata—. Me subo a su regazo y atraigo su cara hacia mi pecho.
—Siento mucho haberte gritado... Nunca debí descargar toda mi ira contigo—, se calma mientras le acaricio el pelo y le repito:
—No pasa nada, ¿puedes decirme por qué Thomas ha estado teniendo pesadillas sobre Renata y quizá podamos arreglarlo... juntos?—. Él asiente y procede a contarme por qué Thomas las ha estado teniendo y luego me dice que me porte lo mejor posible porque Renata está ahí.
Nos secamos las lágrimas y, antes de darnos cuenta, nos vemos envueltos en un beso apasionado. Desliza las manos bajo mi vestido para agarrarme el trasero. Me saca un suspiro y empiezo a sentirme húmeda entre mis piernas. Detesto la forma tan fácil que me mojo con este hombre, pero creo que a cualquier mujer en mi lugar le pasaría.
—Qué sexy—, susurra. —Quédate esta noche—, me dice, escucho su respiración agitada. Me encantaría, pero tengo ciertos miedos.
—Me gustaría, pero mañana tengo clase—, sonríe y me besa en la nariz.
—Puedes decirles que estás enferma y yo les diré que Thomas está enfermo, así que no podré ir mañana también—, suspiro y lo pienso.
Tendrás p0lla todo el día. Ya comételo de una vez por todas, me dice mi maliciosa consciencia.
—Vale—, intento decirlo con indiferencia, pero me sale un poco emocionado. Me aparta el pelo para mirarme el tatuaje.
—¿Cuándo es tu cumpleaños?—, pregunta.
—El 1 de julio—, sonríe y luego se inclina para besarme el cuello.
—Eso es dentro de tres meses... Sé cuál es el regalo perfecto para ti—, gimo mientras su mano se mete en mis bragas y empieza a frotarme el clít0ris. Es en este momento cuando me alegro de que haya aparcado lejos de su casa.
—¿Cuándo es tu cumpleaños?—, le pregunto. Se ríe entre dientes en mi cuello, lo que me produce vibraciones.
—El 1 de diciembre—, apunto mentalmente para recordarlo. Le daré el mejor regalo de su vida.
Muevo la cadera sobre sus dedos.
—Eso es, cabalga mis dedos, nena—, dice mientras gira más rápido.
—Me voy a correr si sigues metiéndolos de esa formas—, le digo desesperada mientras une nuestros labios y me muerde el labio inferior.
—Córrete, nena, eso es lo que quiero—, es todo lo que necesitaba oír antes de correrme sobre sus dedos.
Se chupa los dedos y me sonríe con picardía. Es demasiado sexy ver como se lame los dedos con esa precisión enseñándome la lengua.
—Esta noche nos queda mucho por delante, pero ahora mismo tenemos que ir a la fiesta de un niño de cinco años.
*
Thomas, corriendo, salta a mis brazos y me abraza rodeándome la cabeza con los suyos.
—Hola, cumpleañero —, se sonroja mientras me acaricia la oreja para susurrarme algo.
—Hay una niña monísima aquí—, jadeo, y él se ríe.
—¿Quién, dónde?—. Señala a una niña con un vestido amarillo de girasoles que da vueltas con él y luego salta arriba y abajo al ritmo de la canción que acaba de sonar. —¿Por qué no te unes a ella?—, me mira como si estuviera loca.
—No sé bailar... es vergonzoso—. Empiezo a bailar con él en mis brazos y él hunde la cabeza en mis hombros mientras intenta zafarse de mis brazos.
—Papá, Frida es graciosa cuando baila—. Me detengo y le hago cosquillas mientras él agarra el brazo de su padre en busca de ayuda. —Papá, ayúdame, me está quitando el aire—. David lo saca de mis brazos y luego lo levanta en el aire antes de atraparlo. Les sonrío y luego él deja a Thomas en el suelo, quien se une a sus amigos.
Este lugar es increíble, es una fiesta luminosa con muchos juegos, un lugar para bailar, una mesa con aperitivos, un sitio para que los padres se sienten y, lo mejor de todo, ¡los globos brillan!
—Estás preciosa esta noche—, oigo susurrar una voz ronca y sexy en mi oído. Me giro hacia él y lo miro de arriba abajo. Lleva una camiseta blanca con vaqueros negros y una cadena plateada alrededor del cuello. Me muerdo el labio.
—Estás guapísimo, que bueno que todo eso es mío—, le digo.
Está a punto de decir algo, pero veo que Renata, la madre de Thomas, se acerca hacia nosotros. La ira me invade, pero me controlo recordando lo que me dijo David:
“Compórtate lo mejor posible”
Nos sonríe y luego me mira con cara de desconcierto.
—Me resultas muy familiar, espera, eres alumna de David... qué raro—, dice mientras mira a David en busca de una respuesta.
—Si quieres saberlo, Thomas le pidió que viniera. Se llevó bien con ella cuando la vimos sola en una cafetería y luego la volvimos a ver cerca de la casa de Laura y él quería invitarla asi que no tuve ningún problema en hacerlo—, aunque lo de habernos visto cerca de la casa de Laura era medio mentira, lo hizo sonar convincente.
—Hmm, vale, da igual. Tus padres están aquí. Quizá quieras entretenerlos—, dice mientras pone los ojos en blanco y se dirige arriba.
—¡Frida! Ven a ayudarme —, me grita Thomas, haciendo que otros niños miren hacia mí. Miro a David, que asiente con la cabeza en señal de aprobación. Me acerco y me agacho a su altura. —¿Has hecho slime antes?—, me pregunta. Asiento con la cabeza.
—Desde que tenía tu edad, hay todo tipo de slime que se puede hacer—, le digo. Él abre los ojos por la emoción.
Cogemos un cuenco y le ayudo con los ingredientes. Todo cambió cuando le ayudé y luego convertí la actividad en una lección para los otros niños que nos observaban en busca de instrucciones.
—Thomas, ¿me pasas el purpurina rosa, por favor?—, pregunta la niña de antes. Thomas se gira y usa su mano libre para cogerlo.
—Aquí tienes, Summer—, le dice mientras intenta hacerle un guiño. Ella se sonroja y evita el contacto visual.
Sonrío y, de repente, noto unas manos grandes y ásperas que me aprietan el trasero. Me doy la vuelta y veo a David, con una sonrisa burlona, mirando detrás de mí.
Una vez que los niños han hecho su slime, Thomas me pasa el suyo para que no se pierda mientras sigue mi consejo de bailar con Summer.
Me siento al otro lado, donde están todos los niños.
—Se te dan muy bien los niños, cariño, que bueno ver eso—, me dice Janice, la madre de David. Sonrío.
—Me encantan los niños. Espero tener algunos en el futuro. Siempre me han gustado las familias numerosas—, sonríe y me coge de la mano.
—Tendrás unos bebés preciosos, de eso puedo estar muy segura.
—Gracias—. Renata vuelve a bajar y se sirve otra Coca-Cola. Me lanza una mirada de reojo, pero no creo que se haya dado cuenta de que yo lo sabía. David está hablando con su padre y luego me mira con una mueca, pero luego mira a Renata, que se dirige hacia la puerta principal. Él corre tras ella y luego desaparece.
—¿Sabes dónde está el baño?—, le pregunto a Janice, y ella me responde.
Al entrar en el baño, estoy a punto de mirarme en el espejo, pero miro por la ventana y veo a Renata y David besándose. ¿Qué carajos está pasando acá?