Tessa Koch El sonido de la puerta cerrándose tras de sí no fue un simple ruido metálico; fue el estruendo de una guillotina cayendo sobre mi libertad. Me quedé allí, de rodillas en el centro de la alfombra gastada de mi pequeño apartamento, con los pulmones ardiendo como si hubiera estado corriendo kilómetros el silencio que siguió a su partida era denso, asfixiante, solo interrumpido por el murmullo inocente de Aratz, que había vuelto a sus bloques de madera como si el huracán que acababa de atravesar nuestra sala no hubiera cambiado el curso de nuestras vidas para siempre. Apoyé las palmas de las manos en el suelo y dejé que la primera oleada de sollozos me doblara por la mitad. Lloré por el terror de ver a mi hijo en sus brazos, lloré por la humillación de su mirada juzgando mi hoga

