Al siguiente día, profusamente soñoliento, rebuscando tu calor, ese calor que me fue arrebatado. Ya no podía creer que nunca más sentiría tus abrazos, que nunca más escucharía tus latidos ni probaría tus besos. Esos besos que se quedaron grabados en mi piel y mi mente.
Sé que no te gustaría verme en este estado, pero realmente no puedo evitarlo.
Perdido en mis pensamientos, un sonido muy agudo y molesto me interrumpió. Era el timbre. Bajé a ver de quién se trataba. Era el cartero, quien me saludó, me dio el pésame y me entregó una carta. Al abrirla, me di cuenta de que era una notificación sobre dónde se haría tu funeral. Sería en el mismo lugar donde nos casamos. Al principio no tuve ganas de presentarme, pero realmente quería despedirme de ti como no fui capaz de hacerlo en tu velorio.
Sin pensarlo, fui por el traje que usamos en nuestra boda y me presenté. Desde que llegué, se sintió un aura super pesada. Todos se me quedaban viendo como esperando que me desmoronara.
Y te vi ahí, tan tranquila, como si nada hubiera pasado. Inmediatamente me vinieron todos esos recuerdos a la mente, de esos bellos momentos donde te tenía que despertar porque te quedabas dormida y llegabas tarde a tu trabajo.
No pude evitar tener una conversación contigo y te empecé a hablar sobre lo difícil que había sido desde tu partida, la manera en como me resguardé en nuestra casa apenas recibí la noticia. No quise saber nada sobre este mundo. Pude notar cómo mi vista se empezó a hacer borrosa, me costaba respirar. No pude evitar darte un beso en la frente y despedirme de ti para siempre. El beso se sintió eterno. Simplemente no quería alejarme de ti ni un solo segundo. Sentí como todo mi mundo se caía ante mis pies de nuevo.
De reojo pude notar una silueta de un hombre. Al voltear a verlo de forma disimulada, lo reconocí. Me llevaba una importante diferencia en altura y estaba musculado. Llevaba tatuajes hasta el cuello y la cara, pero hubo uno que llamó mi atención. Era una simbología de una especie de pandilla, la misma que mi esposa me había advertido sobre ellos. Ese símbolo estaba en todos los lugares de la casa, en la computadora, en carpetas y en algunos diarios. Lo cual era normal por tu trabajo como detective privado.
Vi cómo el sujeto pasó a despedirse de ti. Estaba rodeado de escoltas, los cuales portaban armas de fuego a simple vista. Vi cuando el sujeto encendió un cigarrillo, fumó un poco y te lo apagó en la cara. Toda mi sangre empezó a hervir y no pude evitar salir en contra de él y golpearlo directo en el rostro. Solo volteó a verme con una cara arrogante y sonrió. Vi cómo todos sus guardias se abalanzaron en mi contra. Me agarraron a la fuerza y empezaron a golpearme. Estaban a punto de matarme. Cerré los ojos y ahí fue cuando lo sentí. Un gran cuchillo con el cual me habían apuñalado. Después de eso solo caí al suelo. Ellos siguieron dándome patadas hasta que se cansaron. Con mucha dificultad pude abrir los ojos y ahí lo vi. Solo estaba ahí burlándose de mí. Solo paró de burlarse para escupirme y después se retiraron.
Nadie me socorrió. Todos se habían ido. Mi vista se puso roja. Sentía mis pulmones colapsados y varias costillas rotas. No pude evitar desmayarme.