El sol apenas comenzaba a colarse por los ventanales altos del castillo cuando abrí los ojos. No sentí el peso en el pecho que solía acompañarme al despertar. No había dolor. No había dudas. Solo una claridad implacable… y una rabia seca, vieja, enterrada en lo más profundo de mí. Me senté al borde de la cama. El aire estaba más limpio. Más ligero. Como si me hubiera deshecho de algo. O de alguien. La puerta se abrió sin que la tocara. Ella entró. Llevaba puesta una de mis camisas, como si fuera lo más natural del mundo. Su cabello caía desordenado por la espalda, y esa sonrisa suya —una línea tranquila, satisfecha— me devolvió algo que reconocí como orgullo. Había elegido bien. A ella. No a la sombra de un amor que nunca fue real. Dio un paso al interior justo cuando escuchamos los pa

