Esa voz. Me golpeó como un puño en el estómago. Me Ella alzó la vista. Había algo en su expresión… no dolor. No miedo. Dolor por mí. —¿Eso te dijeron? —¡Eso vi! —grité—. Me lo mostraron. Cada noche. Tu risa. Tu rostro junto al suyo. Tu voz… diciendo que todo fue parte del plan. Adelina se quedó en silencio por un instante. Y luego, con una calma que me quebró, dijo: —Entonces mírame a los ojos, Leidolf. Mírame bien. Y dime que tú lo viste. No que alguien te lo mostró. Sentí el zarpazo en el pecho. El lobo dentro de mí se revolvió, confundido. No aulló. No rugió. Solo… tembló. —Tú… tú me traicionaste. —No —dijo ella, con la voz rota, pero firme—. A mí me secuestraron. Me torturaron. Me rompieron. Pero nunca hablé. Nunca dije tu nombre. Nunca solté el vínculo. Porque creí que tú ven

