—(Es la del olor... ella es... es mía)—gruñó aquella criatura. Le podía entender, pero él no sabía eso y preferí callarme. Esta vez sí tenía miedo; sentía su aura, sus emociones, todo de él, y eso me estaba aterrando. Ahora ya entendía por qué Calibán actuaba así cuando lo conocí: era demasiado inocente. Pero al entrar a esta etapa de mi vida y con el conocimiento que fui recolectando de los sueños, fue un milagro que Calibán no me tomara en ese momento, porque para él aún era una niña. No podía pasar con claridad; esta criatura estaba en celo y yo era su botín. ¿Cómo es que me estaba metiendo en esto si solo iba a la huerta a cortar algo para comer durante el camino de regreso a casa? Necesitaba explicarle a esa criatura que yo no era para cortejar, pero mi voz no salía; había formado

