1. Escape

3206 Words
Capítulo Doy un fuerte suspiro hundiéndome en el asiento. Al instante miles de pensamientos abrumadores caen encima como una balde de agua fría, aprieto los dedos entre la valija en un intento por olvidar esa sensación que está provocando mi pecho, es esa identidad sin rostro que aunque puede ser un poco beneficiosa para ayudarnos a ser prudentes, experimentarla seguido suele ser muy intimidante e inoportuna, justo como ahora. ¡Oh dios mío, lo logré, mi plan funcionó! Escapé... Sin embargo, tan pronto como esos pensamientos de felicidad me inundan, enseguida la ansiedad los espanta. ¿Y si me encuentran? «Seguro que ya se dieron cuenta, deben de estar furiosos. Todo va a salir mal. Me van a conseguir seguro». Siguen rumiando en mi cabeza, lo he sentido tantas veces que he aprendido a vivir en la autoaceptación de mi propia realidad, «Nunca seré libre.» Mis pensamientos se vieron interrumpidos cuando siento un líquido caliente en el pecho; el café se ha derramado sobre mi blusa, cabe decir que lo primero que hago es cerrar los ojos reteniendo los insultos que quiero soltarle a la persona que ha estropeado mi camisa. La única que traigo conmigo. Fabuloso. Me esfuerzo por apartar la tela mojada de mi piel, está tan caliente que quema como el infierno.  Pues claro, si es café. -¡Lo siento mucho!  Levanto la vista y miro indignada al idiota... ¡Madre mía! Abro la boca embelesada recorriendo al hombre que luce apenado y preocupado. Es alto, de cabello oscuro y con facciones perfectas. «¿Es real o estoy soñando?» Voy a pellizcarme para ver si realmente no tengo a un actor de Hollywood frente a mí. Pero, el olor a café impregnado en mi ropa me trae de vuelta y recuerdo lo que el apuesto hombre ha ocasionado, así que le doy una mirada fulminante.  —¿Acaso eres ciego? —Escupo apartando la blusa pegajosa.  —De verdad lo siento, no vi el... —Abre los ojos mirando la portátil cubierta de café. —¡Maldición!  Se sienta y enciende el aparato, pero la pantalla comienza a parpadear. De pronto el monitor hace un molesto sonido ensordecedor que atrae la atención de las personas, que miran a nuestra dirección. Noto que el hombre está a punto de estampar el computador contra el suelo, es como si en cualquier momento fuese a darle un tic nervioso en el ojo. La voz de una mujer se escucha a través de los parlantes, ordenando que abrochemos los cinturones y coloquemos los espaldares de las silla en posición vertical, puesto que el avión va a despegar. Sigo las instrucciones acomodando la valija en mi regazo. Conforme vamos subiendo, quedo atrapada en medio de la variedad de edificios, puedo ver desde los más alto la ciudad en todo su esplendor. Pronto alcanzo a distinguir las nubes que rodean el avión, y me pierdo en ellas.  Ignorando que el idiota que me ha lanzado su café, se ha sentado al lado. Para completar es mi compañero de viaje. Genial.  Regreso al respaldo de mi asiento, y decido escuchar música un rato, conecto los auriculares al móvil pero este no enciende. Cierro los ojos mientras resoplo sonoramente.  Solo a mí se me ocurre viajar y no cargar el celular antes. Ahora tendré que esperar a llegar a el primer hotel que consiga, espero no sean tan caros, el dinero que traigo no me permitirá darme tantos lujos como quisiera. Aunque juntando mis ahorros y los que tomé "prestado" de tío Braxton será más que suficiente para el mes que duraré en aquel país increíblemente precioso, donde estaré a salvo de condenar mi vida para siempre casándome con un chico que no amo.                                    [...]               Cuatro semanas antes Corté el filete y llevé la carne a mi boca, dejando el cubierto al lado, rápidamente sentí ganas de escupirlo en el plato reluciente, igual que todo lo que había en ese restaurante. Odiaba esas reuniones, la mayoría aparentaban ser educados pero destilaban arrogancia, se creían mejores que el resto solo por haber estudiado es prestigiosas universidades y tener carreras que la sociedad solía catalogar como "la vida de millonarios". Y lo cierto es que así nos veíamos, nuestro apellido era reconocido en todo el país, la marca de "Palmer Hays" la más famosa joyerías de la ciudad.  —¡Atención! —Despegué la vista del elegante mantel con piedrería brillante, había tanto que llegaba a aturdirme. Tío Braxton golpeo su copa con delicadeza y  todos lo miramos esperando que hablara. —Como ya saben, la empresa pronto será dirigida por mi querida sobrina Annie, y no me puedo sentir más orgullo de que sea ella quien siga con el legado familiar. —¿Orgullo? Si claro. Plasmó una sonrisa tan falsa que me revolvió el estómago. Estiró la mano hacia mi dirección, la tomé dudosa, presentía que algo se traía en mente, conocía ese brillo perverso en su mirada prepotente. —Hijo, ¿No tienes algo para nuestra Annie? Vamos, deja los nervios, y no esperes más. Liam se incorporó de la silla, acomodó su traje Gucci, de corte italiano, que derrochaba presunción por todas partes. Él era eso, un engreído, machista y narcisista, la belleza que tenía quedaba opacada con esa personalidad tan petulante. Pero debía fingir que me agradaba, con tal de complacer a mis tíos. Recordé cuando se presentó en mi universidad, un enorme ramo de flores rojas junto a letras dentro de los globos diciendo "¿Quieres ser mi novia?" Me hicieron enmudecer. No podía creer que se hubiera tomado el atrevimiento de hacer semejante cosa, la incomodidad que sentí al notar la atención de todos sobre mí fue bochornosa. Terminé aceptando sin razonar en lo que estaba haciendo. Supongo que fue la presión del momento, pero también el motivo era otro, y no tuve el valor de negarme, porque era condescendiente. En eso me convertí, una persona que siempre ponía a los demás sobre mí. Era una simple pieza de ajedrez que podían manejar a su antojo, solo que no era ni el blanco ni el n***o.  Observé a Liam posarse al frente, tomó mi mano entrelazándola con la suya. Su postura denotaba seguridad, sus labios formaron una sonrisa notando con interés mi evidente ansiedad. Disfrutaba verme así, indefensa, vulnerable, como una oveja mansa en medio de leones feroces, a punto de devorarme.  —Desde el primer día que te vi, quedé hipnotizado con tu belleza, y allí supe que eras la mujer indicada para mí. Por eso esta noche aprovecharé la oportunidad de confesar ante todos los presentes lo enamorado que estoy de tí. Me haces feliz con solo respirar y sé que los dos nos complementamos, fuimos hechos para estar juntos. —Oh por supuesto, almas gemelas. Solté una risita sarcástica que sonó como si estuviera nerviosa. —Hoy quiero darte un regalo. Quiero regalarte mi corazón, mi sonrisa y todo lo que poseo. Quiero construir una vida junto a tí, Annie ¿te quieres casar conmigo?  Lo veo hincarse de una rodilla, sacó de su bolsillo una diminuta cajita de terciopelo n***o con dorado, allí dentro tenía un lindo anillo. Cabe destacar que el pequeño diamante azul zafiro era extremadamente llamativo, y por el jadeo que soltó Leighton se trataba de un anillo sumamente caro. Levanté la vista mirando a Liam, este sonreía con autosuficiencia esperando que respondiera. Los cuchicheos del resto me estaban aturdiendo, tío Braxton mirándome de una manera d*******e, él sabía el poder que tenía sobre mí. No amaba a Liam, y su manera de ser, de tratar a los demás incrementaba el repudio que sentía por él. Era un engreído hijo de padres millonarios que creían que por más eso podían pisotear a los demás. Pero, aún así, debía fingir que éramos la pareja perfecta de empresarios reconocidos, aunque eso no fuera cierto y mi vida quedaba muy lejos de ser perfecta.  —Cariño, no me hagas esperar más —dijo entre dientes mientras sonreía.  Tomé una larga bocanada de aire y finalmente solté la misma respuesta de siempre, porque no tenía elección, por miedo a ellos. Odiaba ser cobarde, pero  tampoco me atrevía a desafiarlos. «No lo hagas Annie»  —Yo... —sentí un enorme nudo atorarse en mi garganta, las ganas de huir de allí  cada vez se intensificó. Sin embargo no lo haría, como había pasado mucha veces. —S-sí, sí acepto. Fue un susurro bajo, pero bastó para Liam que no dudó en ponerse de pie.  Extrajo el anillo de la cajita y lo deslizó por mi dedo anular. El diamante en el centro emitía ciento de pequeños destellos con el movimiento de mi mano.  —Señora Livingston —dijo mirándome con emoción. Me acercó a él y juntó nuestros labios en un carro beso. Escuché aplausos y felicitaciones de los demás, tío Braxton y Leighton me abrazaron sonrientes, se habían salido con la suya. Nuevamente. *** Al llegar a casa subí directo a la habitación, encerrándome en ella. Cambié el largo vestido Chanel por una sencilla pijama de algodón. Caminé al baño y enjuagué mi rostro quitando todo el maquillaje. Regresé a la recamara y saqué el cuaderno lleno de retratos, los que solía hacer a escondidas para no ser descubierta, puesto que era un desperdicio de tiempo y les parecía basura a ellos, sobre todo a tío Braxton que se empeñaba en romper y botar mis lápices, pinturas y cuadernos con tal de que no verme dibujar. Por esa razón había decidido hacerlo solo cuando él no se encontrara en la mansión, es decir, los fines de semana que le tocaba ir de viaje de negocios.  Unos toques a la puerta interrumpieron  mis pensamientos, escondí el cuaderno debajo del enredón blanco. Acomodé los libros de la universidad simulando estudiar. —Querida, mañana temprano iremos de compras. Necesitas el vestido de boda cuanto antes. —Fruncí el ceño. —Pero, aún no hemos planeado la fecha. Leighton soltó un chasquido. —Eso es lo de menos, el vestido es lo más importante y necesitamos asegurarnos de que sea el mejor. —Rodé los ojos. —Ah, y otra cosa —Volteó a mi dirección. —Deja de comer tantos dulces y comidas grasosas que vas a engordar más de lo que estás y lucirás horrible el día de tu boda.  Caminó a la puerta y antes me miró de soslayo con una mueca de asco en su rostro. Ella siempre hacía ese tipo de comentarios hirientes, hasta el punto de obligarme a llevar una dieta estricta que me mantuviera "saludable." Al principio no le prestaba atención e intentaba ignorarla, pero sus críticas fueron cada vez más severas y terminaba vomitando lo poco que había ingerido. Todo comenzó en la adolescencia, mis padres habían muerto y me refugié en los dulces que era lo único que lograba hacerme sentir bien, a los quince años de edad mi peso aumentó y Leighton me obligó a asistir a un nutricionista, además del gimnasio que hay en la mansión.  Debo admitir que agradecía que me hubiera ayudado a arreglar mi imagen, sin embargo su obsesividad por mantenerme saludable al igual que ella era demasiado atosigante. Controlaba a su antojo todo lo que tenía que ver con la ropa que usaba, incluso mis amistades.  El celular vibró encima de la cómoda, miré la pantalla leyendo el nombre de Lauren, mi mejor amiga.  —¿Sí? —respondí colocando el móvil en mi oreja.  —¡Amiga! —chilló desde el otro lado. —Te extrañé, tuve que sentarme sola en la cafetería y ni vas a creer quién preguntó por ti. —¿Quién?  —Ryan Connor —canturreó.  —¿Ryan? —Fruncí el entrecejo sin saber de quién hablaba. —¿Es en serio? !Por dios Annie! ¿Todas mueren por ese bombón y tú no tienes idea de quién es? —Rodé los ojos divertida. —El rubio que rayó tu auto. ¡Claro, ya lo recuerdo!  Cómo olvidar a el imbécil grosero que no se disculpó por dañar el auto que me había regalado Liam, realmente no fue la gran cosa, apenas se notaba el pequeño rasguño. Sin embargo, lo que si no podía sacar de mi mente fueron aquellos grisáceos ojos que me miraron con intensidad. Escuché que venía de España y sabía hablar varios idiomas, ya entendía porqué las chicas de mi universidad estaban coladas por él nuevo.  —Ah, sí, lo recuerdo. —Me limité a decir. —Bueno, me ha pedido que te invite a la fiesta que hará Jordan en el club nocturno de su padre. —Comentó.  —No lo sé Lauren, sabes cómo son mis tíos y lo más probable es que no... —¡Tonterías! Basta de que te tengan encerrada las veinticuatro horas del día, están arruinando tu juventud. No sales de fiestas, ni siquiera te dan permiso de salir conmigo, anda Annie, al menos hazlo por mí esta vez. —Suspiré analizando sus palabras. —De acuerdo, pero solo será un rato, y luego me traes de vuelta antes que ellos se den cuenta, ¿Vale?  —¡Bien! —Gritó contenta. —¿Cómo estuvo la cena?  Mi sonrisa se borró recordando la propuesta de Liam, aún procesaba todo, había aceptado casarme con un hombre que no amaba y todo era por complacerlos a ellos, esas dos personas que se hicieron cargo de mí cuando perdí a mis padres. —Nada interesante, ya sabes, charlas aburridas, quedé con hambre puesto que solo te sirven un bocado y... —Dudé en contarle que estaba comprometida con Liam, sabía lo que Lauren pensaba de él, tampoco le agradaba al engreído de Livingston. —Y eso.  Me limité a decir, por ahora lo mantendría en secreto hasta que decidiera comentarle de la futura boda.  Boda... Mi boda, jamás imaginé que terminaría haciendo lo que tanto odiaba, casarme por obligación con un hombre que no amaba.  —¿Cómo vas con Blake? —cambié de tema. El suspiro de Lauren sonó de que todo iba de maravilla. Comenzó a contarme de la cita en el concierto de la b***a en la que tocaba el moreno de ojazos verdes, a decir verdad era muy atractivo y traía enamorada a Lauren. El chico tenía una personalidad estupenda, desde que lo conocí me infundió tanta confianza, y eso no me sucedía siempre. Había leído que era normal reaccionar así, puesto que todos en algún momento de sus vidas hemos sentido desconfianza, siendo una emoción tan desagradable que puede originarse en el temor a que nos hagan daño y/o a pasarlo mal. Y aunque también suele ser hacia una persona en concreto, en ocasiones puede darse ante una situación o cosa.  Lauren continuó hablando de su príncipe, como ella le decía, y luego tuvo que colgar ya que debía cuidar de su hermano pequeño. Nos despedimos prometiéndole que iría la la fiesta de Ryan. Me quedé observando el techo blanco adornado con la brillante lámpara de metal, mis ojos se sentían pesados y poco a poco sin darme cuenta me quedé dormida.  (***)                 Dos semanas antes  Caminé sin rumbo fijo por la acera desolada, había despertado con ganas de recorrer la ciudad, era agradable tener un día como las demás personas que por razones de la vida a pesar de no tener todo el dinero y las comodidades que yo si, eran felices, se les notaba en sus rostros cansados después de su ardua labor de trabajo, y aún así conservaban esa pizca de alegría que nada ni nadie, les podía robar. Quizás muchos pensaban que la fama era sinónimo de éxito. Pero no estaba tan segura de ello. Había una frase muy conocida que mi padre solía decirme. “Ten cuidado con lo que deseas, porque se te puede cumplir” Papá una vez me contó la historia sobre uno de los máximos representantes de la Ilustración, Voltaire, escritor y filósofo francés, que deseaba la fama. En su juventud escribió que le encantaría ser muy conocido, admirado y respetado. Muy normal en el ser humano, ¿No?  La vida así se lo cumplió. Su intelecto y talento lo convirtieron en una de las personas más célebres de Francia. El problema era que en esos tiempos, se tenía la creencia popular de que si uno conseguía una prenda de un famoso, esta atraía la “buena suerte”. Voltaire gozaba de tal fama, tanto así, que cada vez que salía a la calle, la gente le arrancaba un pedazo de su ropa. Llegó un punto en el que la fama condujo a Voltaire al hastío. Llegaba a su casa con marcas de pellizcos en la piel y su ropa en trozos. Entonces deseó que su fama se terminara. La vida se lo cumplió también. Al poco tiempo nadie se acordaba de él. En su vejez pasaba la mayor parte del tiempo con su perro. Y a su velorio asistieron unas cinco personas, y su perro. Las personas creían que esto era maravilloso, y anhelaban tenerla. Algunas de mis compañeras me envidiaban, porque según ellas, el vivir en una gran casa o conducir un lujoso auto hacía mi vida de lo más genial. Lo que no se daban cuenta, era lo infeliz que me hacía vivir complaciendo a los demás, y todo por fingir ser alguien que no era yo.  Llegué a casa más rápido de lo que pretendía, saludé al señor George, el de seguridad y entré al interior de la mansión que se encontraba en prenumbras. Subí los escalones que dirigían a la segunda planta, unos murmullos provenientes de la oficina de tío Braxton me detuvieron, sigilosamente me acerqué a su puerta sin hacer el menor ruido posible. No entendía lo que decían, sus voces se escuchaba distorsionadas, agudicé mis odios para poder oír bien. —Grecia es increíble, podremos tener la luna de miel de ensueño. —Sin duda esa era Leighton. —No lo sé, realmente el viaje será para Liam y Annie, lo que Livingston quiere es que vayamos todos para que Annie se lleven la impresión del lugar y la boda sea allí. Mientras más rápido se casen, mejor para nosotros. —Sentí un nudo formándose en mi estómago.  —Oh, vaya, viéndolo de ese modo me parece excelente su plan. Pero, ¿Crees que Annie sospeche? Esa niñita es muy lista y si llegase a enterarse del verdadero motivo del viaje, se negará a ir. —Estaban maquinado algo de una forma perversa.  Ya sabía que tío Braxton era un hombre torcido y frívolo, sin embargo no comprendía por qué tanto afán por deshacerse de mí. No le permitirá esta vez salirse con la suya, si ellos planeaban obligarme a contraer matrimonio con Liam, haría algo al respecto para que eso no sucediera.  *** Y así es como llegué hasta aquí, subida en el avión que me llevaría a Dubái, porque si mis tíos pensaron que iría a esconderme en la misma ciudad están muy equivocados. Fue muy difícil tomar la drástica decisión de viajar a un lugar que no conozco, y el simple hecho de estar sola me daba pavor, pero debía hacerlo si no quería terminar atada a un hombre despreciable. 
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