El camino al centro comercial fue relativamente rápido, agradezco que el pervertido se ofreciera a traerme, sino estaría perdida en este lugar tan inmenso. La primera tienda a la que fuí tenían ropas muy extrañas, la descarté inmediatamente y me dirigí a la próxima tienda donde hay ropa de todos los estilos. Le tiendo la tarjeta de crédito a la chica de gafas y cabello rizado, ella mira por encima de mi hombro, enseguida sus mejillas se tornan rosadas. Avergonzada de que la haya d*********o observándolo, aparta los ojos del hombre a mi lado.
No la culpo, la verdad es que es muy atractivo, posee una belleza perfecta en términos matemáticos, es decir, la distancia entre los rasgos de su rostro es la adecuada. Tiene unos llamativos ojos azules de forma ovalada, cejas con un espesor medio, rectas con los extremos curvos, nariz delgada y perfilada, de longitud media y recta. Sus labios no son ni delgados ni gruesos, tienen la medida correspondiente. El cabello oscuro y abundante cubren parte de su frente, tiene la simetría facial perfecta.
¿Será que su perfil fue tallado por algún artista? Porque de ser así, hizo una obra de arte.
—Señorita, la tarjeta de crédito es rechazada. —Informa.
—¿Rechazada? Pero si yo... —No termino la oración. —Gracias, vendré mañana.
Doy media vuelta y salgo del lugar, no puedo describir la impotencia que siento en este momento. ¿Cómo se atrevieron?
Los detesto.
Debo contener las lágrimas que amenazan con brotar de mis ojos, ¿Y ahora que haré? Estoy sola en un país que no conozco, sin dinero, sin ropa, no tengo nada. Todo me sale mal, nunca seré feliz, ni mucho menos podré esconderme de ellos, eso es imposible. La incertidumbre por no saber qué pasará es muy abrumador. Deberé apañarmelas sóla, pero no sé hacer otra cosa aparte de pintar.
¡Oh por dios! Soy un completo fracaso.
—¡Oye! ¡Espera! —mis pensamientos se ven interrumpidos por el apuesto hombre que corre hasta detenerse al frente. Trae consigo las bolsas de la tienda. —Antes de que digas algo, necesito que me escuches.
—Bien. —Dibuja una sonrisa de boca cerrada y me entrega las bolas.
—Por lo que veo, te has quedado sin dinero, ¿Cierto? —asiento bajando la cabeza al suelo evitando mirarle. —No te conozco del todo, solo sé que te llamas Annie, y eso porque lo leí en tu colgante. —Señala la delicada cadena que adorna mi cuello. —Para resumirte en que consiste la propuesta en la que ambos nos beneficiaremos debo comentarte que lo que hago no nos afectará a ninguno de los dos.
¿Es traficante de órganos? Se da cuenta de la cara de terror que he puesto y se adelanta a decir:
—No, no tiene nada que ver con con lo que sea que estés pensado. —Suelto un suspiro de alivio. Él al contrario, rueda los ojos divertido —. ¡Vaya que tienes una gran imaginación para recrear películas! Quita ya esa cara de susto, que no se trata de nada turbio.
Sacudo la cabeza y pongo mi mejor cara. Ahora me siento tonta.
—Bueno, ¿entonces de qué trata?
—Verás, mi abuelo le dará su herencia al primero de sus nietos que contraiga matrimonio, dando a entender que un hombre en más responsable y maduro cuando tiene a una mujer a su lado. Boberías. —Chasquea la lengua. —En fin, le mentí al decirle que tenía novia y la llevaría para la próxima cena familiar dónde estarán todos mis primos que aseguran que no soy capaz de conseguir o mejor dicho, de mantener una relación estable con ninguna mujer.
—Por algo lo dirán, ¿No? —digo sin filtro.
—No tengo el más mínimo interés en comprometerme, si no han funcionado mis relaciones anteriores fue porque no quería nada serio y ellas no eran las indicadas. —explica, aunque suena a una excusa, pero en parte le cedo un poco de razón.
Vuelvo a perder la vista en la horda de personas que pasan por estos lares. Avisto a una mujer como tantas con ese traje peculiar que usan aquí; y pensar que mi sueño era estar en este lugar, pero ahora me encuentro en aprietos, no tengo dinero, y me veo obligada a buscar una rápida solución. Sin embargo, no veo con claridad una salida, es como si de pronto todas las puertas se han cerrado y la única llave, la perdí. Estoy libre, pero no es la libertad que soñaba.
¡Dios! No creí que sería tan difícil seguir adelante sin el cochino dinero de mis tíos. Ese par de escorias que solo han sabido aprovecharse de la fortuna de mis padres. Cada que pienso en eso, me lleno de furia, dentro de mí hay un espiral de enfado que me atrapa y me vuelve su rehén.
—Oye, Annie... —alguien me llama y vuelvo a aterrizar sobre la tierra. Es él, agitando constantemente la mano frente a mí rostro.
Vuelvo la atención a sus ojos azules.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
—Creo tener la solución a tu problema, y también al mío.
No tengo idea qué rayos quiere decir, así que lo miro arrugando el entrecejo, varada en la confusión.
—¿A q-qué te refieres? —inquiero pestañeando curiosa.
Él se aclara la garganta, me mira profundo, esa forma de verme me aspira.
—Bueno, necesito que finjas ser mi prometida, Annie. Solo será por dos meses, nos convendría a los dos, porque tú no tienes dinero y yo puedo ayudarte económicamente si me haces ese favor.
Abro los ojos de par en par, ¡¿acaso está loco?! No puedo creer la clase de cosa que me pide hacer. Mis labios se abren ligeramente, no emana una sola palabra de mi boca. Estoy consternada y proceso toda la abrumadora información que me dice.
—Espera... —pronuncio aturdida, me falta el aire —. ¿En serio quieres que mienta y me haga pasar por tu prometida?
Sigo sin dar crédito a sus palabras.
Él, tan serio me confirma que no bromea. Y lo avala dando un leve asentimiento de cabeza.
—Sí, has escuchado bien. Me urge encontrar una prometida y veo que tú eres la candidata perfecta. Entonces, ¿qué me dices? —se atreve a sonreír, sabe que no tengo salidas y me la ofrece de una forma que no puedo declinar.
(***)
A los doce años de edad supe que quería dedicarme al arte y a la fotografía. Un retrato capta en la foto la personalidad, e incluso el alma de la persona retratada, transmitiendo en ocasiones lo que está sintiendo al espectador, cautivándolo, a pesar de que este se encuentre a kilómetros o esté a años de distancia del momento de la toma. Pero que se encarga de capturar la esencia de esa persona ya sea destacando la mirada, la pose o sus cualidades físicas en general y transmitir su estado de ánimo u otro tipo de sensaciones.
A mis tíos no les gustó esa idea, ya que estaba decidida a dar todo por ello. Recuerdo la sensación que sentí al pintar el primer cuadro, lo llevé al colegio para mostrarlo a mis amigos, la maestra me animó a tomar clases de pintura en la academia de arte y pintura. Sin embargo, tío Braxton se negó rotundamente, pero para mí el arte era todo lo que tenía y no dejaría que nada ni nadie se interpusiera en el gran sueño de ser una pintora. Así que comencé a ir a clases a escondidas durante un año y medio, hasta que una noche me descubrió haciendo el añorado retrato de mis padres. Tenía la esperanza de que quizás tío Braxton se sentiría conmovido, pero sucedió todo lo contrario, esa noche dormí en el ático oscuro y el frío suelo lleno de polvo se adhirió a mi pijama. No lloré, desde hace mucho tiempo que no lo hacía, además de que no le daría el gusto de verme llorar. Aunque fue testigo de como tío Braxton lanzaba el cuadro en la chimenea, volviéndose cenizas al instante. Desde entonces me convertí en una experta para ocultarle cosas, sobre todo si estas involucraba el pintar y participar en varios concursos de talentos para cumplir mis sueños de ser una artista igual que papá.
Suspiró melancólica.
Saco la delgada libreta que logré traer conmigo, lápices, difuminos, carboncillos y el cútter. Trazo una línea comenzando a hacer las medidas del boceto, inicio por los ojos para después dibujar los detalles simples que le darán vida a la mirada, al principio me cuesta encontrarle el mismo parecido que a ese par de zafiros azules, pero luego va tornándose tal y como lo imagino. Sin darme cuenta mis manos se mueven con libertad sobre el papel blanco, difumino al rededor de los ojos creando un sombra tenue que resalte las facciones del rostro.
Un toque en la puerta, hace que me detenga dejando el lápiz encima de la cama para ir a abrir al que sea que esté tocando.
Es un chico vestido de n***o, creo que forma parte del personal del hotel.
—Buenos días señora Palmer, le vengo a traer la cena. —Anuncia señalando el carrito dónde lleva la bandeja de comida.
Entrecierro los ojos hacia él.
—Disculpa pero no he encargado esto, creo que...
—Fuí yo, le he dicho que te lo trajera hasta tu suite. —Doy un respingo al oírlo.
—Muchas gracias Omar, puedes retirarte.
El chico da un leve asentimiento y se marcha perdiéndose por el pasillo. Miro al pervertido que ahora se encuentra cerca.
—¿Estás comprándome para que acepte la propuesta? —Suelto directa.
Rasca su nuca con nerviosismo.
—En verdad necesito que me ayudes, sino fuera tan urgente no te lo pediría, simplemente contraría a otra mujer para que finja. Créeme que muchas no dudarían en aceptar.
«Uy, pero que ego»
—¿Y por qué no lo haces? ¿Por qué tengo que ser yo? —Inquiero intrigada.
—Preciosa, no te creas tan especial, si recurrí a ti fue porque no eres igual que el resto. O bueno, eso es lo que he notado desde el primer día que te ví. Contigo no será tan complicado. —Confiesa sin tapujos. —Además te estoy ofreciendo el dinero que me pidas. Veámoslo como la solución a nuestros problemas, y cabe resaltar que haré un contrato para que estés segura que los dos saldremos beneficiados de esa farsa. Entonces, ¿Qué dices?
No necesito pensarlo, me urge el dinero, sino tendría que regresar a mi país y no me quedará de otra que casarme con Liam. Y no es lo que quiero, nadie atará mi vida a un hombre que no amo.
Levanto la vista y mis ojos se posan en los suyos, admiro la paciencia con la que me mira esperando a que hable.
—Supongo que luego hablaremos de ciertas reglas que estarán en el contrato. —Asiente lentamente. —Bien, acepto.
Extiendo mi mano y el no duda en tomarla estrechándola entre la suya que es enorme a comparación de la mía. Inmediatamente siento una leve electricidad recorrerme todo el cuerpo, por lo que la aparto con rapidez.
Él parece no notarlo. «O quizás lo supo disimular bien»
—Perfecto. Mañana te traeré el contrato para que lo firmes. —Hace el amago de irse pero se detiene. —Ah, y otra cosa. Si queremos convencer a mi familia de que lo nuestro es real, debemos hacerlo bien, y para eso tenemos que conocernos. ¿Qué te parece si mañana vamos por un café o una cena?
«¿Cómo una cita?» Normalmente lo sería si fuera de verdad y no una mentira, pero, ¿Eso que me importa? Todo lo hago por el dinero.
—De acuerdo, una cena estaría bien.
—Genial. Nos vemos mañana. —Sonríe y camina en dirección a su suite.
Doy la vuelta para ingresar a la habitación, pero recuerdo que no le he preguntado su nombre, es decir, tampoco es que tengo interés en saberlo, solo que si iba a fingir ser su prometida, al menos tenía el derecho a saber cómo se llamaba, ¿No?
Me planto frente a su puerta y golpeo la madera con mis nudillos, esta es abierta al instante.
—¿Si? —Pregunta confundido.
—Tu nombre —murmuro. Su entrecejo se frunce y aclaro mi garganta para hablar. —No me has dicho cómo te llamas.
Veo que lo toma por sorpresa, pero antes que pueda responderme una voz grave se adelanta.
—Said, ¿Por qué no contestas los mensajes? —dirijo mi mirada al señor con traje blanco que se acerca a nosotros.
¿Said? ¿Es árabe? A decir por sus rasgos es muy obvio.
Volteo a verlo y su cuerpo está tenso, mientras el hombre que acaba de hablar se detiene a mi lado.
—Abuelo... —Susurra.