Samantha: No tengo otra salida

1247 Words
Entré directamente a la cocina, aún era temprano, pero no había dormido nada. La visita del papá de las gemelas me preocupa mucho.  ―Buenos días ―dijo una voz sutil y suave desde la puerta de la cocina. Era Lucía. ―¡Hola! ¿Hambre? ―Movió su cabeza de arriba abajo―. ¿Dónde está Lucí? ―¡Aquí estoy!―dijo con voz de dormida en medio de un bostezo, arrastrando su cobija hasta la silla.   Los recuerdos de lo que era mi vida hace pocos meses me torturaban al ver la sonrisa de mis hermanas, era la misma de mi madre; sus labios finos y rosados que me hablaban y me besaban cada noche antes de dormir. Sí, sé que no soy ninguna niña, pero ella me cuidaba y me protegía como si lo fuera, y quizás por eso ahora que no está me cuesta mucho estar sin ella. Pero al mismo tiempo no me arrepiento de nada; de cada abrazo que me dio o que le di sin importarme nada; de esas noches que nos quedábamos hablando hasta el amanecer; de esas salidas al parque con mis hermanitas riendo y divirtiéndonos también como dos niñas más, y de tantos momentos felices que tuvimos.  ― ¡El desayuno pronto aterrizará en sus platos!  Mi madre solía jugar con ellas casi todo el tiempo, incluso al momento de desayunar. Jugaban al avión, que ella era la aeromoza que las atendía; o al restaurante. Incluso varias veces les dibujó un menú para que eligieran qué querían comer. Cada día junto a ellas lo disfrutaba al máximo; y por supuesto, me incluía. Ahora que ya no está entre nosotros me duele mantener vivo su recuerdo, aunque sé que es lo mejor para las niñas.  ―¡Sí! Aterriza en el mío primero, por favor ―dijo, Lucía, colocando sus manos en el aire.  ―Buenos días― Escuché a mi tía Kate decir desde la puerta junto al sonido de sus llaves. ―Hola, tía… ¿desayunaste? ―¡Ven, tía! ―añadió, Lucí ―. Aún el avión tiene un puesto disponible―Tomó su cobija y le señaló el asiento. Mi tía les siguió el juego, aunque en el fondo no le agradaba mucho sonreír desde que…  La observé y le sonreí sosteniendo el sartén con los panqueques listos para aterrizar también en su plato. Compartimos unos minutos y la visita que esperaba pero que no deseaba, llegó: Arturo.  ―Niñas, vamos arriba ―dijo mi tía Kate al darse cuenta de que Arturo estaba esperando en la puerta. Con mis manos temblorosas me acerqué a ellas ―Vayan arriba con Tía Kate.  Me acerqué a la entrada despacio, y mientras mi mano sostenía el pomo de la puerta, los recuerdos de mi madre junto a Arturo inundaron mi mente; pero no dejé que tomaran el control y simplemente abrí la puerta.  Arturo es un hombre alto, bien parecido, con ligeras canas más en su lado derecho que en el izquierdo, que se camuflan con su cabello castaño claro y el hoyuelo que se le forma en su mejilla, igual al de Lucí, en el lado derecho de su rostro. Lucía también lo tiene, pero en el lado izquierdo.  ―Hola, Samanta ―dijo el sonriendo y observando a mi alrededor esperando encontrar a las niñas. En sus manos sostiene dos grandes peluches con globos y una cesta de dulces. ―Se están vistiendo. ―¿Saben que estoy aquí? ―En cualquier momento bajan, será una sorpresa. ―Gracias… ¿cómo estás? ―preguntó y extendió su mano con un sobre. ―Estoy bien… ¿Qué es esto? ―Ábrelo cuando me vaya, por favor. ―¿Qué es? ―insistí. Las sorpresas no me gustaban. ―Es una carta de tu mamá… No me preguntes nada, en la carta está todo. Intenté abrirla, pero él me detuvo. ―Léela después... ―Está bien―Coloqué el sobre en una mesa pequeña junto al sillón de la sala. Lo invité a sentarse y a lo lejos se escuchaban las voces de Luci y de Lucía. ―Deben estar grandísimas ―dijo el con sus ojos llenos de agua que intentaba sostener con fuerza para no llorar en ese momento. ―Sí, están grandes y hermosas. ―Igual a su madre. ―De eso no hay duda ―pronuncié con un ligero nudo en mi garganta. ―Samy, ¿Dónde estás? ―dijeron al unisonó sus tiernas vocecitas. Me puse de pie rápido, le sonreí a Arturo y me alejé de la sala, quería preparar a las niñas para la visita de su papá. ―Les tengo una sorpresa muy especial. ―¿Qué es? ―observaron mis manos esperando encontrar algún regalo. ―Está en la sala… Ambas sonrieron y corrieron a la sala. ―¡Papá! ―gritaron las dos emocionadas y corrieron a los brazos de Arturo que las esperaba muy emocionado arrodillado en el suelo. Me acerqué un poco más y el llanto de Arturo me estremeció; lloraba como un pequeño niño, se sentía su dolor, su arrepentimiento, sus meses de ausencia que regalos o llamadas no podían suplantar. Ellas lo abrazaron como si nunca más quisieran dejarlo ir y en ese momento entendí que él las amaba y ellas también a él. En eso no podía interferir. ―¿Puedo llevarlas a pasear? ―Me preguntó, Arturo, aún con sus ojos rojos de llorar y con voz entrecortada. ―¡Claro que sí! ―Gracias… ―observó a las niñas y se sentaron a ver los dulces y los peluches. Me retiré y los dejé solos.  En la cocina mi tía Kate estaba llorando. ―¿Estas bien? ―dije con mi mano en su espalda. ―Sí… ―Limpió sus lágrimas rápido y movió ligeramente su hombro para que quitara mi mano―. ¿Las niñas? ―Con Arturo jugando en la sala. Van a ir de paseo. ―Qué bueno… ―dijo ella aun en medio de un par de lágrimas que intento detener con una servilleta. No le dije nada y me senté a su lado. Podía llorar conmigo aun sin decirme la razón, pero no me atreví a decir una sola palabra. Cambiar el tema era lo mejor que podía hacer en ese momento para hacerla sentir mejor. ―Voy a esperar que las niñas y Arturo se vayan para llamar a Martina. ―Ya veo que nada te hará cambiar de opinión. ―No… Tengo que hacerlo… ¿Por qué no lo entiendes? ―No se trata de entenderlo o no. Ir con ella puede ser doloroso para ti, será enfrentarte a ese pasado que aunque no quieras, es parte de ti. Ella es la madre de tu papá… ―No tengo papá… ―Claro que lo tienes y te vas a acercas más a él estando con Martina. ―Solo van a ser pocos días. ―Lo sé, pero… ¿y si en esos días te encuentras con él? ―Ahora no quiero pensar en eso. Solo necesito que Arturo se vaya para poder llamar a Martina, hacer la mudanza, entregar esta casa, dejarte a las niñas; e irme de aquí lo más pronto posible. Me quedé en silencio por algunos segundos y recordé la carta en la sala. Una carta de mi mamá, pero la intriga y el miedo me paralizaban. Necesitaba leerla, pero a la vez no quería hacerlo. 
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