El espejo de mi habitación refleja una imagen que apenas reconozco. De pie en mi apartamento, llevo un vestido diseñado más para exhibirme que para vestirme. La tela se adhiere a mi piel, el encaje revela más de lo que oculta y el material traslúcido me deja expuesta. Cuando la maquillista comienza su trabajo, cierro los ojos, incapaz de enfrentar mi reflejo. No quiero ver cómo transforman mi rostro, cómo lo esconden bajo capas de productos que se sienten pesados en mi piel. La brocha sobre mis párpados y el labial en un tono mucho más atrevido de lo que jamás habría elegido me hacen sentir como una extraña para mí misma. Nunca me ha gustado el maquillaje recargado; prefiero lo natural. Pero aquí, mis preferencias no importan. No tengo voz en este proceso en el que me preparan como a un o

