Todo empieza con un mensaje. Solo uno. Uno que me quema en la palma de la mano mientras el celular vibra con la fuerza de mil secretos.
El reloj marca las 7:32 p.m., y yo estoy sentada en la mesa del comedor, rodeada de un montón de papeles que no entiendo y un silencio que me ahoga. David todavía no llega del trabajo. Se supone que se quedará hasta tarde en el bufete. “Reunión con el fiscal”, dice siempre, con esa voz tan seria que me da escalofríos.
El mensaje es de él. De Carter. Dice: "¿Nos vemos, hermosa? Estoy en el bar de siempre."
Siento un cosquilleo recorrerme desde la nuca hasta los dedos de los pies. Carter es el secretario de mi marido, y no sé en qué momento esto se nos fue de las manos. Todo empezó con un par de sonrisas robadas en la oficina de David, luego un café que se extendió más de la cuenta, y finalmente... esto. Este fuego que no se apaga. Esta locura.
Me levanto de la silla, casi tropezando con mis propios pensamientos. ¿Lo hago? ¿No lo hago? Pero ya sé la respuesta. Mis manos ya están buscando el abrigo y las llaves, y mi corazón late como si fuera a explotar. Me miro en el espejo del pasillo antes de salir. Mi cabello está un poco desordenado, como mi vida en este momento, pero eso es lo que lo hace interesante, ¿no?
El bar está a unas pocas cuadras. Camino rápido, con la bufanda tapándome hasta la nariz, como si eso pudiera ocultar mi culpa. Pero la culpa no importa cuando lo veo a él, sentado en la esquina del bar, con esa sonrisa medio torcida que me desarma por completo. Sus ojos brillan con algo que solo entiendo yo. No me saluda de inmediato. Solo me observa, y yo siento que el aire en mis pulmones se hace humo.
—Te ves hermosa —dice cuando estoy lo suficientemente cerca.
—Siempre dices eso —respondo, tratando de sonar casual, pero mi voz tiembla un poco. Él lo nota, claro que lo nota. Y esa sonrisa suya se hace más grande, más peligrosa.
Nos sentamos en una mesa al fondo, donde la luz es tenue y la gente no mira demasiado. Su mano roza la mía bajo la mesa, y es como si el mundo entero desapareciera. Nos quedamos así, en silencio, solo disfrutando de esta burbuja de tiempo que parece no pertenecer a nadie más. Mis ojos se fijan en los suyos, y siento que podría quedarme así toda la noche.
—David no sospecha nada, ¿verdad? —pregunta él, en un susurro.
Niego con la cabeza, pero la realidad es que no estoy tan segura. David no es tonto. Ha notado que estoy más distraída últimamente, pero siempre tiene sus casos y reuniones para preocuparse.
—No —respondo finalmente—. Está demasiado ocupado salvando el mundo.
Carter se ríe, y esa risa es como un bálsamo. Me hace olvidar por un momento que estoy viviendo una doble vida, que en cualquier momento todo puede explotar. Me acerco un poco más a él, mis labios casi rozando los suyos, y le susurro:
—¿Y qué hay de ti? ¿Estás dispuesto a arriesgarlo todo?
Él no duda ni un segundo.
—Por ti, siempre.
Y en ese momento, mientras nuestros labios se encuentran, el mundo desaparece. No hay abogado, ni casos, ni reuniones, ni fiscal. Solo estamos él y yo, robándonos unos segundos al reloj, robándonos el aliento en un beso que sabe a prohibido. Y no puedo evitar pensar que, por muy complicado que sea todo esto, vale la pena. Vale la maldita pena.
La noche sigue envolviéndonos en su manto de pasión. La música en el bar se vuelve más baja, y la luz, más tenue. Estoy tan cerca de Carter que puedo sentir su respiración en mi piel, caliente, peligrosa. Pero algo en mi pecho empieza a apretarse, un instinto que me grita que algo no está bien. Mis ojos se desvían hacia la ventana, hacia la calle vacía, y por un segundo, creo ver una sombra moverse. Pero cuando vuelvo a mirar, ya no hay nada.
—¿Todo bien? —pregunta Carter, rozando mi mano con la suya.
Asiento, pero mi mente está en otro lugar. En David. Algo en mi interior sabe que él no es tan ingenuo. Hace un par de días, cuando me preguntó si iba a salir con mis amigas, noté una chispa en sus ojos que me puso los pelos de punta. David es un hombre meticuloso, controlador. No se le escapa nada. "No —me repito a mí misma—, no puede saber nada". Pero el miedo empieza a filtrarse en mi cabeza como una gota que no deja de caer.
—Tengo que irme —digo de repente, levantándome de golpe.
Carter me agarra del brazo, sorprendido.
—¿Qué pasa? ¿Dije algo?
—No, no es eso. Es solo que... tengo un mal presentimiento.
Sus ojos se clavan en los míos, buscando algo que no sé si quiero que encuentre. Me suelta lentamente, su mano deslizándose por mi muñeca con una suavidad que me deja la piel ardiendo.
—Está bien —responde, pero sé que no lo está. Sé que está tan inquieto como yo.
Salgo del bar casi corriendo, con el frío golpeándome en la cara como una bofetada de realidad. Las luces de la calle parecen más brillantes, más crudas. Siento que alguien me sigue, que unos ojos se clavan en mi espalda. Me giro varias veces, pero no hay nadie. Solo el eco de mis propios pasos y mi respiración acelerada.
Llego a casa y, al abrir la puerta, me doy cuenta de que David ya está ahí. Está sentado en el sillón del salón, con su notebook cerrada sobre la mesa de café. Me mira con una expresión que no logro descifrar. Un poco de cansancio, un poco de sospecha.
—Hola —digo, tratando de sonar casual, aunque mi voz sale demasiado aguda.
—Hola, Ada —responde, sin apartar sus ojos de los míos—. Llegas tarde.
—Sí, lo siento. Me quedé hablando con las chicas después de la clase de yoga. Perdí la noción del tiempo.
Lo veo asentir lentamente, pero sé que no me cree. Su mirada es pesada, como si intentara leerme por dentro, buscar algo en mis gestos, en mi tono de voz. Siento un escalofrío recorrerme la espalda. Hace semanas que David actúa extraño, como si supiera más de lo que dice. Y hoy lo confirma.
—He estado pensando... —dice, inclinándose hacia adelante, con los codos apoyados en las rodillas—. Últimamente has estado un poco... distante. ¿Hay algo que deba saber?
Mi corazón late tan fuerte que estoy segura de que puede oírlo. Me obligo a sonreír, pero sé que mis labios tiemblan.
—¿De qué hablas? No hay nada raro, David. Solo estoy un poco cansada, supongo.
Pero no le convence mi respuesta. Lo sé porque sus ojos no parpadean, fijos en los míos, como si buscara alguna grieta por donde pudiera colarse la verdad.
—Ada, contraté a alguien para que te siguiera hoy —suelta, de golpe.
Siento que el suelo se desmorona bajo mis pies. No puedo respirar. Mis manos empiezan a temblar, y David no se pierde ese detalle. Mis ojos buscan alguna señal de que está bromeando, alguna curva en sus labios que indique que es solo un mal chiste, pero su rostro sigue siendo una máscara de frialdad.
—¿Qué...? —es lo único que alcanzo a decir.
—Sí, Ada. Alguien te siguió desde que saliste de casa hasta el bar donde te encontraste con... ese tal Carter. El secretario.
Mi estómago se hunde, mi mente corre en todas direcciones buscando una salida, una mentira que pueda salvarme. Pero David ya sabe. Lo sabe todo.
—¿Desde cuándo? —pregunto, con la voz casi quebrada.
—Suficiente como para entender que me estabas ocultando algo —responde, su voz cortante como un cuchillo.
El silencio que sigue es tan denso que parece llenar la habitación, asfixiándome. David se levanta lentamente, sus pasos resonando en mis oídos como un tamborileo constante. Siento que cada paso suyo es un golpe a mi pecho.
—Ada, dime la verdad. ¿Qué está pasando? —pregunta, y aunque su tono es firme, hay un atisbo de dolor en sus ojos. Me desconcierta.
No sé qué decir. No sé cómo salvarme de esto. Carter, el bar, las miradas furtivas, los mensajes a escondidas... todo comienza a dar vueltas en mi cabeza. Tengo que decidir, aquí y ahora, si vale la pena seguir mintiendo, o si esta es la noche en la que todo se viene abajo.