La mañana siguiente llega con una sensación extraña de calma, como si el mundo hubiera decidido darnos una tregua. Me despierto entre los dos, David a un lado y Carter al otro, con el sol filtrándose por las ventanas de la cabaña. Los cuerpos de ambos hombres son un recordatorio cálido y reconfortante de lo que sucedió anoche, de lo que hemos compartido y lo que hemos aceptado. Me quedo quieta, observando a David. Su respiración es profunda y relajada, como si el peso de sus dudas y celos se hubiera desvanecido, al menos por ahora. Me sorprende lo lejos que llegamos desde esa noche en que todo salió a la luz, cuando pensé que nuestra relación se rompería en pedazos. Pero aquí está, durmiendo junto a mí, después de haberme compartido con Carter de una manera que nunca habría imaginado posi

