Después de aquella noche en el despacho, algo en nuestra relación cambia. Se vuelve más profunda, más íntima. Ya no se trataba solo de deseo; es como si cada uno de nosotros entendiera mejor al otro, como si hubiéramos alcanzado un nivel de conexión que antes era impensable. Nos hemos entregado por completo, y eso nos da una sensación de libertad, de pertenencia mutua. Pasan los días, y nuestros encuentros son más suaves, más cargados de romance. Ya no hay prisa ni tensión; simplemente, disfrutamos de estar juntos, de compartir cada momento sin necesidad de esconder nada. Una tarde, mientras Carter y yo estamos en la terraza de la casa, contemplando el atardecer, siento que el tiempo se detiene. El sol se hunde en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos naranjas y rosados, y la brisa cál

