A Alejandro parecía que se lo llevaba el demonio, me despedí de César, Deacon y abracé a Fernanda. —Me encantó verlos, pero ahora debo irme. —miré a Alejandro, apretando la mandíbula—. Que estén bien. Tomada de la mano de Bastián, quien muy caballeroso se despidió de todos y de abrazo con Deacon. Había caminado dos pasos cuando habló Alejandro Orjuela. —Virginia. —Nos detuvimos, habló en español y no en inglés, como había hecho toda la reunión—. ¿Cuándo empezamos a trabajar? —Llego a Colombia el doce de enero, cae sábado, el lunes estaré en tu oficina. —Iba a hablar—. Yo le pido la dirección del lugar a Fernanda. —Di la vuelta de nuevo, salimos de esa reunión, apenas ingresamos al ascensor grité. —Vi, ¡cálmate! —Hasta las lágrimas salieron. —¡No me pidas calmarme! ¡Tu papá jugó sucio

