Leonard Era extraño lo que empezaba a sentir cada vez que veía a mis hijos —todavía me costaba asimilar esa palabra— correr por el jardín de Isa. Había un cosquilleo en el pecho, una mezcla de orgullo, ternura y… miedo. Miedo de no saber cómo ser para ellos el hombre que necesitaban. Llegué puntual a la casa esa tarde. Isa me recibió en el porche, con el cabello recogido y una serenidad que me desarmaba. —Viniste a la hora que dijiste —comentó, casi sorprendida. —Dijiste que querías constancia —respondí, intentando sonreír—. Estoy aprendiendo. Me abrió la puerta, y ahí estaban ellos: los gemelos. Jugaban en el suelo con un castillo de bloques. Se detuvieron y me miraron con esos ojos idénticos a los míos. Sentí cómo algo en mi interior cedía. —Hola —saludé, agachándome para quedar a

