Isabella El ascensor subía lento, demasiado lento para mi ansiedad. Las palabras retumbaban en mi cabeza como un tambor: “Leonard, estoy embarazada. Es tu hijo.” Respiré hondo. Era su derecho saberlo. Aunque ya no nos habláramos, aunque su silencio y su ausencia me hubieran destrozado, no podía negarle saber que había una vida creciendo dentro de mí. Al abrirse las puertas en el último piso, mi corazón latía tan fuerte que dolía. Pero lo que vi al salir del ascensor me dejó helada. Leonard —Sofía, no deberías… —intenté decir, pero su mano ya estaba en mi pecho, sus labios peligrosamente cerca de los míos. Ella sonrió. —Solo estoy cuidando de ti, Leonard. No tienes que fingir más conmigo… La aparté con brusquedad, pero en ese instante una figura familiar apareció en la entrada.

