NO SOY PRESCINDIBLE

837 Words
Isabella Si alguien me hubiera advertido que trabajar con Leonard Blackwell era parecido a ser lanzada a un campo de batalla sin escudo, tal vez habría buscado otro empleo. Pero yo necesitaba este trabajo. Lo necesitaba como el aire. Y él… parecía decidido a comprobar hasta dónde podía aguantar antes de romperme. En las últimas dos semanas duplicó mi carga de trabajo. Llamadas interminables, correos urgentes a cualquier hora, documentos que debían estar listos “ayer”. —Señorita Torres, necesito esos contratos revisados en diez minutos. —Pero son ciento cincuenta páginas, señor Blackwell. —Entonces hágalo en cinco. Y yo lo hacía. Lo hacía porque sabía que mi familia contaba con mi sueldo. Porque no estaba dispuesta a darle el gusto de verme renunciar. Pero cada día era más difícil. Ese viernes, cuando pensé que por fin podría sentarme a almorzar, su voz resonó desde la oficina: —Torres, ¿está aquí para calentar la silla o para trabajar? Tragué saliva, me levanté y entré con la carpeta que acababa de terminar. Él ni siquiera me miró. Estaba de pie junto a la ventana, con el teléfono en la mano. El sol de la tarde iluminaba su perfil, haciéndolo parecer una estatua de mármol frío e inalcanzable. —Tiene una reunión a las tres con el señor Matsuda, el inversor japonés. Ya preparé el informe de la fusión y la presentación en inglés y japonés, como pidió. —¿Y la reserva para la cena? —preguntó sin levantar la vista. —Confirmada. Restaurante Hikari. Mesa privada. —Bien. Al menos hace una cosa bien. Sus palabras fueron como una bofetada. Pero no reaccioné. No podía. No debía. Leonard Cada día esperaba verla quebrarse. Esperaba que llegara llorando, pidiendo un respiro, o incluso que me lanzara la renuncia a la cara. Pero Isabella Torres era sorprendentemente resistente. Trabajaba sin quejarse. Soportaba mis comentarios mordaces con una calma que, de algún modo, me irritaba más que la sumisión. Y lo peor… su trabajo era impecable. Esa tarde, durante la reunión con Hiroshi Matsuda, me senté frente al inversor japonés mientras Isabella tomaba notas en su tablet, a un lado de la sala. Matsuda era un hombre de negocios elegante, de sonrisa cortés y mirada calculadora. Después de repasar cifras y proyecciones, hizo una pausa, como si lo que venía requiriera más delicadeza. —Señor Blackwell —dijo con un inglés casi perfecto—, estoy impresionado con su empresa. La propuesta es sólida. Pero… hay un detalle. —¿Qué clase de detalle? —pregunté, cruzando las manos sobre la mesa. —Para que el trato se cierre, necesitaría un cambio en su equipo inmediato. Lo miré, con el ceño fruncido. —¿A qué se refiere? Sus ojos se movieron brevemente hacia Isabella, que seguía escribiendo con la cabeza baja. —Su secretaria. Es… joven. Inexperta. En Japón valoramos asistentes con más edad y discreción para estos tratos. Me sentiría más cómodo si alguien con más… presencia se encargara. Un silencio gélido se apoderó de la sala. ¿Estaba sugiriendo…? —Mi secretaria no es parte del contrato, señor Matsuda. —Mi voz sonó más fría de lo que esperaba. —Lo sé. Pero la percepción lo es todo. Un pequeño cambio y podríamos cerrar con mejores condiciones. Miré a Isabella. Por primera vez en semanas, ella parecía vacilar. Bajó la mirada apenas, pero no por vergüenza. Por furia contenida. Isabella La sangre me hervía en las venas. No era la primera vez que alguien me subestimaba por mi juventud o mi apariencia sencilla. Pero escuchar que podía ser descartada como un mueble viejo era… humillante. Leonard me observaba. Sus ojos grises como acero fundido. Podía despedirme en ese mismo momento y sería completamente legal. Podía decir que sí a Matsuda y resolverlo todo. Pero no lo hizo. —Me temo que tendrá que acostumbrarse, señor Matsuda. Mi secretaria no es negociable. El inversor alzó las cejas, sorprendido. —¿Está dispuesto a arriesgar la fusión por un asistente? Leonard sonrió. Pero no era una sonrisa amable. Era la sonrisa de un depredador. —Estoy dispuesto a arriesgarla porque mi equipo no se negocia. O cerramos el trato bajo mis términos, o buscaré a otro inversor. La tensión se podía cortar con un cuchillo. Finalmente, Matsuda asintió lentamente. —Entiendo. Supongo que podemos proceder. Cuando la reunión terminó, recogí mis cosas en silencio. Mi corazón latía tan fuerte que podía escucharlo en mis oídos. —Torres. Me detuve, girándome hacia él. —Sí, señor Blackwell. Él me miró fijamente. —Quiero que quede claro algo. Su trabajo aquí no es porque yo sea indulgente. Es porque es competente. Pero no vuelva a quedarse callada cuando alguien la trate como un objeto. ¿Entendido? —Entendido. —Bien. Ahora vuelva a su escritorio. Tenemos más trabajo. Pero mientras salía de la oficina, sentí que la máscara de hielo de Leonard Blackwell había mostrado una grieta. Pequeña. Pero suficiente para dejar escapar un poco de fuego.
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