Luana salió de la ducha envuelta en un nube de vapor cálido, se cubrió con una toalla enorme de algodón egipcio que le había dadó Martín. Se paró frente al espejo, limpió el vapor del cristal con una toalla de mano y se observó su feflejo con detenimiento; todavía tenía marcas en su cuello. Se tocó con las puntas de los dedos y aun tenía la zona sensible. Además, se veía ojerosa, pálida y con los ojos hinchados por el llanto retenido. Se refrescó el rostro con un poco de agua fría para despabilarse y se vistió con la ropa de Martín, que le quedaba inmensa pero resultaba increíblemente reconfortante. Salió del baño y caminó arrastrando los pies hasta el living. Se encontró a Martín de pie frente al ventanal, mirando hacia la ciudad iluminada con Félix cómodamente acurrucado en sus brazos

