Martín arrastró la silla de ruedas de Joshua hasta la mesa del comedor y le sirvió un desayuno excesivamente completo, cargado de proteínas. —Me preocupé por tus músculos y sé que necesitás mucha proteína para la rehabilitación. Es tu desayuno favorito, Alex —le dijo, señalando la mesa con un tono falsamente cordial. Joshua, paralizado por el miedo a ser descubierto si rechazaba la comida, se tragó el desayuno que le había preparado Martín sin pestañear, a pesar de que el sabor le resultaba repulsivo. Él y Alexander tenían gustos culinarios completamente opuestos; era, irónicamente, lo que más los había diferenciado siempre como hermanos gemelos. El día transcurrió lento y pesado. Martín observó cuidadosamente cada movimiento de Joshua, evaluando cómo iba recuperando la fuerza en s

