A mitad de la noche, unas náuseas insoportables la hicieron despertarse y correr hasta el baño tapándose la boca. Apenas alcanzó el sanitario, se arrodilló junto al inodoro a lanzar todo lo que había comido esa noche. Estuvo más de media hora soportando las arcadas; cuando al fin cesaron, apretó el botón del inodoro y se recostó sobre la pared abrazando sus piernas. El sonido del agua lo despertó a él. Marcos se acercó a grandes zancadas al baño y se alarmó tras verla tirada en el suelo, descompensada. —Luana, ¿estás bien? —se acercó a ella y se arrodilló a su lado para sostenerla. —Creo que me intoxiqué con un aperitivo de salmón —respondió, evasiva a la realidad. —¿Seguís con ganas de vomitar? —la acomodó contra su pecho y le acarició la espalda con la palma de la mano. —No —negó co

