Corrieron hasta el paredón entre la densa niebla con las linternas apagadas y las palas en las manos; Martín llevaba la de Luana para que ella no se demorara. En el paredón, Martín fue el primero en saltar. Mat le hizo piecito a Luana y el otro la ayudó a subir desde arriba, tomándola de las manos e impulsando su cuerpo. Como era pequeña y delgada, para él fue sumamente fácil. Martín bajó del otro lado y estiró los brazos hacia el muro. —Saltá —le ordenó. Ella cerró los ojos y saltó. Martín la atrapó firmemente de la cintura y la bajó al suelo. Detrás vino Mat y los tres corrieron sigilosamente hasta el auto de Martín. Tiraron las palas, las botas y la ropa de nailon que habían usado para cubrirse de la tierra directo en el baúl. Luana se sentó en el asiento trasero y se recostó por c

