Elsa se aclaró la garganta; tampoco entendía nada de lo que estaba ocurriendo. Con los puños apretados y todos los músculos de su cuerpo tensos por la furia que sentía, se dispuso a abandonar el salón de la subasta, donde por segunda vez consecutiva había probado una cucharada de su propia medicina. Cualquiera podría pensar que, después de semejante humillación, finalmente iba a tomar conciencia y dejaría a Luana tranquila. —Vamos, Elsa, no es bueno quedarnos acá por mucho más tiempo. Las cosas se pueden poner muy feas para nosotros —Germán la tironeó del brazo y ella salió caminando con la cabeza gacha, como si hubiera una fuerza mayor que la arrastrara hacia la salida. Solo le quedaba resignarse. Alexander presenció toda la secuencia desde su rincón y se retiró derrotado del lugar. Hab

