Luana salió del ascensor y, justo en ese instante, recibió una llamada de su madre. —Hija, llamamos para saber cómo va todo —se escuchó la voz de Amanda a través de la línea, seguida por el sonido de un parlante de fondo que anunciaba el embarque de un vuelo. —No estoy bien en este momento, mamá... —suspiró pesado, buscando una esquina apartada. —¿Pero qué ocurrió? ¿Se pelearon? —Amanda se detuvo en seco en medio del pasillo del aeropuerto, con la manija de la valija sujeta con firmeza. —¿Podés venir a verme? —pidió Luana, conteniendo el llanto a duras penas. —Hija, no puedo ir ahora. Debo abordar el vuelo a Ámsterdam en una hora. Te aviso en cuanto esté de vuelta e iré a visitarte sin falta, pero contame, ¿qué pasó? —Un problema con Alexander... —Luana no aguantó más y le contó todo

