JoaquĂn
Me desperté temprano en el nuevo apartamento.
El espacio aĂşn se sentĂa ajeno, con sus paredes vacĂas y los muebles frĂos, como si todo lo que habĂa traĂdo conmigo no fuera suficiente para llenar el vacĂo que sentĂa.
MirĂ© el reloj y me obliguĂ© a levantarme de la cama. La noche anterior habĂa sido un verdadero desastre.
Felipe me habĂa convencido de salir a tomar algo con los empleados, asegurándome que serĂa una buena oportunidad para “conocer a la gente."
"Relájate un poco, JoaquĂn, vĂstete más casual", me habĂa dicho.
Y lo hice.
Me puse algo menos formal, una camisa y jeans, nada que gritara "CEO". Me sentĂa fuera de lugar en mi propia ropa, pero intentĂ© seguirle el juego.
Sin embargo, nada saliĂł como esperaba.
Ramiro no paraba de coquetear con las compañeras, lanzando sus comentarios asquerosos sin ninguna vergĂĽenza, y lo peor era que varias de ellas parecĂan estar acostumbradas a esa actitud, riĂ©ndose como si fuera normal.
Me incomodaba.
Y para colmo, algunas de ellas tambiĂ©n intentaron coquetear conmigo. No es que no me halagara, pero la situaciĂłn me hacĂa sentir fuera de lugar. Como si estuviera atrapado en un escenario donde todos jugaban un papel que yo no sabĂa interpretar.
Al final, lo Ăşnico que logrĂ© fue estar incĂłmodo toda la noche, deseando que terminara lo más rápido posible. Me fui temprano, cansado de fingir que todo estaba bien, mientras el eco de las risas y los comentarios vacĂos de Ramiro seguĂan zumbando en mi cabeza.
Esa mañana, cuando lleguĂ© a la oficina, decidĂ que las cosas serĂan diferentes.
PreparĂ© cafĂ© para todos, tratando de integrarme de alguna forma. Quizá, si empezaba con pequeños gestos, podrĂa aprender algo de esta maldita experiencia. Colocaba las tazas en fila, esperando que eso creara una atmĂłsfera más... colaborativa.
Luego, me quedé esperando. Miré el reloj.
8:00 am.
Empezaron a llegar los empleados, algunos con sonrisas forzadas y otros con las caras de cansancio tĂpicas de una mañana de lunes, aunque no lo era.
Saludé a algunos con un leve gesto de cabeza, pero a ninguno le presté demasiada atención. Mi mente estaba en otro lugar, en otra persona.
EsperĂ©, y esperĂ©. Mientras el reloj avanzaba, mis pies comenzaron a moverse de un lado a otro, como si mi cuerpo estuviera canalizando la irritaciĂłn que empezaba a crecer en mĂ.
No lo entendĂa.
8:30 am.
Mi paciencia se estaba agotando. Me crucĂ© de brazos, intentando no mirar el reloj cada cinco segundos, pero el maldito tic-tac parecĂa hacerse más fuerte con cada minuto que pasaba.
Ramiro, con su tĂpico aire desvergonzado, llegĂł a la oficina con su sonrisa de siempre y me lanzĂł una mirada cĂłmplice, como si aĂşn estuviera recordando la noche anterior.
Intenté ignorarlo.
8:40 am.
Finalmente, la puerta de la oficina se abriĂł y ahĂ estaba ella.
Camila entrĂł caminando apresurada, con su bolso al hombro y el cabello suelto, desordenado. Estaba claramente apurada, pero no mostrĂł signos de arrepentimiento o culpa por llegar tarde. Simplemente caminĂł hacia su escritorio, como si nada hubiera pasado.
La rabia se encendiĂł en mĂ al instante.
"Cuarenta minutos tarde. ÂżQuiĂ©n se creĂa que era?"
Todo lo que habĂa intentado hacer esa mañana; el cafĂ©, el esfuerzo por seguir el maldito plan de Felipe, parecĂa desvanecerse al ver su actitud despreocupada.
CaminĂ© hacia su escritorio sin pensarlo demasiado, mis pasos eran firmes y rápidos. SentĂa cĂłmo el enfado se acumulaba en mi pecho, pero intentĂ© no explotar... aunque me costaba. Me parĂ© frente a ella.
—Llegaste tarde —dije, sin molestarme en suavizar mi tono. Directo, como era habitual en mĂ cuando las cosas no salĂan como esperaba.
Camila levantĂł la vista con una mezcla de sorpresa y, para mi frustraciĂłn, un ligero destello de indiferencia. No pareciĂł afectada por mi tono ni por el hecho de que yo, un simple "pasante", la estaba enfrentando de esa manera.
—SĂ, lo siento. Se me hizo tarde... —respondiĂł, acomodándose en la silla mientras iniciaba sesiĂłn en su computadora como si la conversaciĂłn ya estuviera cerrada.
Se me hizo tarde... Claro. Esa era su excusa, y en cualquier otra circunstancia, habrĂa entendido. Pero no hoy, no cuando yo estaba intentando hacer un esfuerzo por... algo, su actitud me colmaba la paciencia.
—Cuarenta minutos tarde —recalquĂ©, cruzándome de brazos. SentĂa mis mĂşsculos tensarse, y me costaba mantener la calma.
Ella me mirĂł, levantando una ceja como si estuviera viendo a alguien que no comprendĂa del todo. Luego volviĂł a su pantalla, con una tranquilidad que me sacaba de quicio.
—SĂ, ya te dije que lo siento. Pero no te preocupes, recupero el tiempo.
Quise decirle que no se trataba solo de "recuperar el tiempo", que no era solo cuestiĂłn de que ella llegara tarde, sino de la actitud, de la falta de profesionalismo que tanto me frustraba.
Pero, al mismo tiempo, me di cuenta de que yo no podĂa decir nada. No era el CEO aquĂ. No era nadie, al menos no para ella.
RespirĂ© hondo, apretando la mandĂbula. Mi mirada seguĂa fija en ella, pero sabĂa que no podĂa seguir presionando. Estaba frustrado, enojado... y lo peor de todo es que habĂa algo en esa indiferencia suya que me hacĂa sentir más incĂłmodo de lo que estaba dispuesto a admitir.
—Ya que estás por aquà molestando, ¿por qué no mejor me traes un café? —dijo, sin ni siquiera mirarme.
Me quedĂ© quieto por un segundo, contando hasta diez. No era el tipo de hombre que dejaba pasar este tipo de comentarios en ese tono, pero, en esta situaciĂłn, no tenĂa más opciĂłn que seguir jugando el papel. Era solo un pasante.
Tragando mi orgullo, me girĂ© hacia la máquina de cafĂ©. No dije nada, no valĂa la pena entrar en otro enfrentamiento en ese momento.
Preparé el café con los movimientos torpes de alguien que claramente no está acostumbrado a hacer tareas tan... triviales. Se lo entregué antes de caminar hacia la oficina de Felipe. Estaba decidido a hablar con él.
Esto no podĂa seguir asĂ. EmpujĂ© la puerta con más fuerza de la necesaria y entrĂ© de una.
—Tenemos que hablar —solté, sin siquiera pensar.
Felipe, como siempre, estaba sentado en su escritorio, relajado, con esa eterna sonrisa despreocupada que a veces me sacaba de quicio.
—Primero que nada, JoaquĂn, deberĂas golpear antes de entrar —dijo, sin molestarse en levantar la vista del telĂ©fono. El tono era ligero, casi divertido.
Me quedé inmóvil por un segundo, intentando procesar lo que acababa de decir.
Golpear antes de entrar. ÂżEn serio?
Yo era el CEO de la empresa, y aquĂ estaba, siendo reprendido como si fuera un empleado novato.
—Ya oĂste, pasante —añadiĂł Felipe, con un tono burlĂłn que me decĂa lo mucho que disfrutaba de esto.
Contuve el impulso de soltarle algo grosero y di un paso atrás, cerrando la puerta de golpe. Me quedé parado frente a la puerta, mirando la madera como si de alguna forma esta situación absurda pudiera cambiar si yo lo deseaba lo suficiente.
Pero no. No habĂa vuelta atrás. RespirĂ© hondo, golpeĂ© la puerta y esperĂ©.
—Pasa —dijo Felipe, su voz cargada de diversión.
Abrà la puerta de nuevo. Entré, esta vez midiendo mis pasos.
—Y, ¿dónde está el café? —preguntó con una sonrisa.
La irritación que me recorrió el cuerpo alcanzó su punto máximo. Avancé hacia él, apoyé las manos sobre su escritorio con un golpe seco, y lo miré directo a los ojos.
—Deja los malditos juegos —le solté, cansado de la farsa, cansado de todo.
Felipe se echó hacia atrás en su silla, cruzando los brazos sobre su pecho, sin perder la sonrisa.
—¿QuĂ© pasa ahora, pasante? —dijo, todavĂa disfrutando de su pequeña broma.
Me acerqué un poco más, inclinándome hacia él.
—¿Sabes que tus empleados llegan tarde al trabajo? —le pregunté, intentando mantener mi voz baja.
Me miró por un segundo, como si estuviera evaluando si me estaba tomando en serio o no. Finalmente, soltó una pequeña risa, como si lo que acababa de decir no tuviera importancia.
—¿Llegar tarde? No, hombre, nadie llega tarde —respondió, encogiéndose de hombros, como si eso fuera un hecho indiscutible.
Me enderecĂ©, sintiendo cĂłmo la rabia volvĂa a subir por mi pecho.
—¿Alguna vez los has esperado en la entrada? —pregunté, dejando caer la pregunta como un reto.
Felipe soltó una carcajada, inclinándose hacia adelante con los codos apoyados en el escritorio.
—¿Esperarlos en la entrada? —repitiĂł, como si la idea fuera absurda. —JoaquĂn, ese es el trabajo del pasante.
Solté un suspiro, sintiendo cómo el cansancio comenzaba a pesarme en los hombros.
Estaba harto, harto de esta situaciĂłn, de tener que observar desde las sombras y no poder hacer nada al respecto. HabĂa aceptado el reto de Felipe, habĂa intentado jugar su juego, pero esto estaba empezando a salirse de control.
—Esto no puede seguir asĂ, Felipe —dije, intentando sonar razonable. —No puedo estar aquĂ solo para que te rĂas de mĂ. Necesito que esto empiece a dar resultados.
Felipe me miró por un largo segundo, su sonrisa desvaneciéndose un poco.
—Está bien, JoaquĂn —dijo, su voz más seria ahora. —Te prometo que todo esto tiene un propĂłsito. Pero necesitas aguantar un poco más. LeĂ los informes y creo que tenemos un traidor...
Me quedé en silencio, respirando hondo para controlar mi frustración.
—¿Un traidor?
—SĂ, —suspirĂł con pesar, —y solo si sigues en tu papel de pasante podrás descubrirlo...