La mañana siguiente llega con una claridad inesperada. Me levanto lentamente, todavía sintiendo el eco de la noche anterior. Los recuerdos del restaurante y del beso se mezclan en mi mente como fragmentos de una película borrosa. Mientras me preparo para comenzar el día, me pregunto si Ethan ha procesado lo mismo que yo, o si lo ha enterrado bajo su acostumbrada compostura impenetrable. Al salir de mi habitación, lo encuentro en la sala, impecablemente vestido como siempre, con una taza de café entre las manos. Su expresión es tranquila, pero hay algo en sus ojos que parece diferente. Por un momento, pienso en decir algo, pero decido no hacerlo. ¿Qué podría decirle? —Buenos días —dice sin levantar la vista de su taza. —Buenos días —respondo, sintiéndome extrañamente incómoda. —Hoy te l

