Mientras permanezco en el balcón, La brisa nocturna me golpea el rostro, pero no es suficiente para apagar el incendio que aún arde en mi interior. Mi pecho sube y baja con fuerza, como si intentara recuperar el aliento después de lo vivido. Ha sido el mejor beso, uno que todavía late en mi boca. Me llevo los dedos a los labios, recorriendo con la yema el rastro invisible de Andrea. Cierro los ojos por un segundo y, en la oscuridad tras mis párpados, la veo otra vez: su mirada encendida, su respiración entrecortada, la forma en que sus manos se aferraron a mi cuello antes de apartarse de golpe, como si hubiera despertado de un sueño prohibido. Un sueño del que no quería despertar. Sonrío con una mueca ladeada y me apoyo en la baranda, dejando que el aire frío intente enfriar algo que no

