Alexander Llegamos a aquel hospital en Palermo cerca de las seis de la mañana. No tuve más remedio que apaciguar los nervios del abuelo metiéndome en el mismo auto que él rumbo al encuentro de Jennifer. Y es que así de testarudo era Nicolás Praga, quien no habría dudado en cruzar Italia de norte a sur para estar cerca de su nieta favorita. Al menos había aprovechado para dormir en el auto mientras íbamos camino al centro de salud, aquel corto descanso me permitió hallar a Michaela y Mauricio minutos después de pisar aquel poco agraciado hospital nacional. –Michaela, Mauricio. –Saludé anunciando mi presencia junto a la de Nicolás– ¿Se encuentra todo bien? ¿Cómo está Jennifer? Ninguno de los dos respondió a la brevedad, acto que desesperó al mayor entre nosotros. –Algo malo le pasó

